
Guía de Viaje a Pakistán
Introducción
Pakistán es uno de los destinos de viaje más fascinantes, sorprendentes y subestimados del mundo. Para millones de personas, el nombre del país evoca imágenes distorsionadas construidas durante décadas de cobertura mediática sesgada, pero quienes han tenido el privilegio de recorrer sus tierras regresan transformados, con historias de hospitalidad inigualable, paisajes que quitan el aliento y una riqueza cultural que rivaliza con la de cualquier nación sobre la faz de la Tierra. Pakistán no es simplemente un destino; es una experiencia que redefine la percepción que uno tiene del mundo islámico, de la historia antigua y del potencial del turismo de aventura.
Este país, ubicado en el corazón de Asia Meridional y en el cruce de civilizaciones que durante milenios conectaron el Mediterráneo con la India, China y las estepas de Asia Central, lleva grabada en su geografía y en su arquitectura la huella de imperios que cambiaron el curso de la humanidad. Aquí florecieron los cimientos de una de las civilizaciones más antiguas conocidas, la del Valle del Indo, cuyas ciudades de Mohenjo-daro y Harappa precedieron a la antigua Grecia y a Roma. Aquí pasó Alejandro Magno en su marcha hacia el este, dejando su impronta en el arte Gandara. Aquí gobernaron los emperadores mogoles, levantando mezquitas y jardines que hoy son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Y aquí se alzan las montañas más altas y salvajes del planeta, un laberinto de picos de ocho mil metros que desafía a los alpinistas más experimentados del mundo.
Los viajeros que llegan a Pakistán descubren rápidamente que las advertencias de sus gobiernos no capturan la realidad cotidiana de un país donde la tradición de la hospitalidad, conocida como melmastia entre las comunidades pastunes, es casi una religión en sí misma. El viajero extranjero es tratado no como un turista sino como un huésped, y la distinción es profunda: el huésped merece todo lo que el anfitrión puede ofrecer, desde el mejor asiento hasta el plato más generoso. Esta cultura del recibimiento hace de Pakistán un lugar donde los viajeros independientes encuentran puertas abiertas en los lugares más inesperados.
La variedad geográfica del país es asombrosa. En el sur, el Mar de Arabia baña las costas de Karachi y Baluchistán. Río arriba, la llanura aluvial del Punjab y el Sind es una de las regiones agrícolas más fértiles de Asia, atravesada por el río Indo y sus afluentes. Más al norte, el paisaje se va transformando en las estribaciones del Himalaya y el Hindu Kush, hasta llegar al Karakórum, la concentración más alta de picos de más de ocho mil metros en cualquier lugar de la Tierra. El K2, con sus 8.611 metros, se erige como la segunda montaña más alta del mundo y uno de los retos alpinísticos más extremos que existen.
Pakistán alberga seis sitios inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, cada uno representando un capítulo diferente de la historia humana: la antigua ciudad de Taxila, que floreció como encrucijada comercial y cultural durante siglos; los monumentos mogoles de Lahore como el Fuerte y los Jardines de Shalimar; el monasterio budista de Takht-i-Bahi; la necrópolis de Makli; la ciudad prehistórica de Mohenjo-daro; y la Mezquita de Shah Jahan en Thatta. Cada uno de ellos merece días de exploración tranquila y reflexiva.
La gastronomía pakistaní es otra de las grandes revelaciones para el viajero desprevenido. Lejos de ser una variante de la cocina india, tiene una identidad propia que combina influencias persas, mogolas, árabes y de las distintas regiones del subcontinente. El nihari de Lahore, cocinado a fuego lento durante toda la noche; el chapli kebab de Peshawar, fragante con especias tribales; el sajji de Baluchistán, un cordero entero asado lentamente; la cantidad y variedad de biryanis; los dulces elaborados con leche condensada y azúcar de caña: la mesa pakistaní es un viaje en sí misma.
Esta guía está diseñada para el viajero curioso, informado y respetuoso que quiere ir más allá de los titulares y descubrir por sí mismo por qué los que han visitado Pakistán coinciden casi unánimemente en que fue uno de los viajes más memorables de sus vidas. Desde los bazares medievales de Lahore hasta los glaciares del Karakórum, desde las ruinas del Indo hasta los coloridos rituales de los Kalash, Pakistán espera.
Geografía y Clima
Pakistán ocupa una superficie de aproximadamente 881.913 kilómetros cuadrados, lo que lo convierte en el trigésimo tercer país más grande del mundo por extensión. Sin embargo, lo que hace verdaderamente extraordinaria su geografía no es su tamaño sino la dramática diversidad de sus paisajes, que van desde el nivel del mar hasta altitudes superiores a los 8.600 metros en un espacio geográfico relativamente compacto.
El país limita al este con India, al noreste con China, al norte y noroeste con Afganistán, al oeste con Irán y al sur con el Mar de Arabia. Esta posición geográfica en el corazón de Asia explica por qué Pakistán ha sido durante milenios un nudo de caminos comerciales, migraciones humanas y conquistas militares.
Las grandes regiones geográficas de Pakistán pueden dividirse en cuatro zonas principales. La primera es la costa de Makran y la llanura costera del sur, a lo largo del Mar de Arabia, donde Karachi concentra la mayor población del país. Esta zona tiene un clima árido con veranos muy calurosos y veranos secos, con temperatura medias que pueden superar los 40 grados Celsius en los meses de junio y julio.
La segunda gran zona es la llanura indogangética del Punjab y el Sind, irrigada por el sistema fluvial del Indo y sus cinco afluentes principales. Esta región, una de las más fértiles del mundo, tiene un clima continental semiárido, con veranos extremadamente calurosos e inviernos frescos. Las ciudades principales de esta zona son Lahore, Multan, Faisalabad, Hyderabad y Karachi. Las temperaturas estivales pueden superar los 45 grados Celsius en ciudades como Multan, conocida como la "Ciudad del Sol Ardiente".
La tercera zona es la región montañosa del norte y el noroeste, que incluye las estribaciones del Himalaya, el Hindu Kush y el Karakórum. Esta es, para muchos viajeros, la región más espectacular del país. Los valles que se abren entre estas cadenas montañosas, como el Valle de Swat, el Valle de Hunza, el Valle de Chitral y el Valle de Naran, ofrecen paisajes de belleza sobrecogedora, con ríos de aguas torrentosas, glaciares, praderas alpinas y aldeas de arquitectura tradicional de madera y piedra. El clima en estas regiones varía enormemente según la altitud: en los valles bajos los veranos son templados y los inviernos fríos; en las zonas altas sobre los 3.000 metros los inviernos son largos y severos con nevadas abundantes, y los veranos son cortos y frescos.
La cuarta zona es la meseta de Baluchistán, que ocupa más del 40 por ciento del territorio nacional pero alberga apenas el cinco por ciento de la población. Esta extensa meseta árida y semiárida, salpicada de montañas y valles, tiene un clima extremo con veranos muy calurosos e inviernos muy fríos. A pesar de su aparente aridez, Baluchistán esconde paisajes de gran belleza, incluyendo las praderas de sabio de la meseta de Quetta, las cavernas de Baluchistán y el paisaje lunar del Hingol National Park.
El monzón de verano llega a Pakistán entre julio y septiembre, trayendo lluvias abundantes al Punjab, el Sind y las zonas orientales del país. El noroeste y Baluchistán reciben menos precipitaciones del monzón y dependen más de los sistemas de lluvia del invierno procedentes del Mediterráneo. Las temporadas de lluvias pueden causar inundaciones devastadoras en las llanuras fluviales, como las trágicas inundaciones de 2010 que afectaron a veinte millones de personas.
Para los viajeros, las mejores épocas del año varían según la región. Para las llanuras del Punjab y Sind, el período más agradable es de octubre a marzo, cuando las temperaturas son moderadas y el cielo está despejado. Para el norte montañoso, la ventana óptima es de mayo a septiembre, cuando los pasos de montaña están abiertos y las temperaturas son agradables para el senderismo. Para el trekking en las zonas altas del Karakórum, la temporada ideal es de junio a agosto.
El río Indo, conocido en la antigüedad como Sindhu y de donde provienen los nombres de India, Hindu y Pakistán, es el eje fluvial del país. Nace en el Tíbet, cruza el territorio de Cachemira administrado por Pakistán y desciende a través del Punjab y el Sind hasta desembocar en el Mar de Arabia cerca de Karachi. A lo largo de sus 3.180 kilómetros, el Indo drena una cuenca de más de un millón de kilómetros cuadrados y ha sido durante milenios la fuente de vida de una de las regiones más densamente pobladas de la Tierra.
Lahore — La Capital Cultural
Lahore es el alma de Pakistán. Ciudad de jardines y poetas, de bazares centenarios y mezquitas de mármol, de música devocional y gastronomía legendaria, la capital de la provincia del Punjab concentra en sus calles y monumentos varios siglos de historia mogola, sij y colonial britanica que se superponen como capas geológicas de una civilización en perpetuo movimiento. Con más de doce millones de habitantes, Lahore es la segunda ciudad más grande del país y su capital cultural indiscutible, el lugar donde late el corazón de la poesía urdu, donde la música qawwali alcanza sus expresiones más sublimes y donde la tradición culinaria del subcontinente se presenta en toda su exuberancia.
Llegar a Lahore es sumergirse en un caos ordenado por la costumbre. Rickshaws y motocicletas, vendedores de chai y carros de frutas, niños corriendo y comerciantes negociando: la ciudad tiene una energía que envuelve al visitante desde el primer momento. Pero bajo esta superficie vibrante y ruidosa se esconde una ciudad de profunda elegancia arquitectónica, un museo al aire libre que requiere días de exploración para empezar a revelar sus secretos.
El Fuerte de Lahore, conocido en urdu como Shahi Qila, es el punto de partida obligatorio para cualquier visitación de la ciudad. Inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con los Jardines de Shalimar, el fuerte es una colosal ciudadela mogola que comenzó a tomar su forma actual en el siglo dieciséis bajo el emperador Akbar y fue ampliada y embellecida por sus sucesores Jahangir, Shah Jahan y Aurangzeb. El complejo abarca más de veinte hectáreas y contiene una serie de palacios, mezquitas, salones de audiencia y jardines que representan algunos de los ejemplos más refinados de la arquitectura mogola en todo el mundo.
Al cruzar las murallas del fuerte, el visitante entra en un mundo suspendido en el tiempo. La Puerta Alamgiri, construida por el emperador Aurangzeb en 1673 como entrada principal desde la Mezquita Badshahi, es una estructura de ladrillo rojo de proporciones monumentales flanqueada por dos torres octagonales. Por ella han pasado emperadores y ejércitos, mercaderes y peregrinos, conquistadores y poetas. Desde lo alto de las murallas, la vista de la Mezquita Badshahi y los minaretes que se pierden en el horizonte de la ciudad es una de las más memorables del subcontinente.
Dentro del fuerte, el Sheesh Mahal o Palacio de los Espejos es el joyero arquitectónico del complejo. El interior de sus cámaras está completamente cubierto de mosaicos de espejo, creando un efecto caleidoscópico de extraordinaria belleza cuando la luz entra por las ventanas de arcos apuntados. Construido por Shah Jahan antes de que se mudara a Delhi para levantar el Taj Mahal, el Sheesh Mahal representa la cúspide del refinamiento mogol, cuando el gusto imperial combinaba la tradición artesanal del Indo con las influencias persas y el dominio técnico de los artesanos indios.
La Mezquita Badshahi, ubicada justo enfrente del fuerte al otro lado de la Explanada de Hazuri Bagh, es una de las mezquitas más grandes del mundo y uno de los monumentos más impresionantes que el Imperio Mogol legó a la humanidad. Construida entre 1671 y 1673 por encargo del emperador Aurangzeb, fue durante un siglo la mezquita más grande del mundo y aún hoy puede albergar simultáneamente a más de cien mil fieles en su patio y sus galerías. Construida en arenisca roja con detalles en mármol blanco, la Badshahi tiene un equilibrio y una proporción que la hacen parecer más ligera de lo que su escala descomunal sugeriría. Sus cuatro minaretes de 54 metros se reflejan en el estanque de abluciones del patio central, creando una imagen de simetría perfecta que ha sido fotografiada incontables millones de veces pero que nunca pierde su poder de impresionar al espectador en persona.
Los Jardines de Shalimar, construidos entre 1641 y 1642 también por Shah Jahan, representan la expresión más completa de la concepción mogola del jardín paradisíaco. Organizados en tres terrazas escalonadas de norte a sur y alimentados por un canal que todavía fluye desde el río Ravi, los jardines contienen cientos de fuentes, un estanque central y pabellones de mármol que en su época de esplendor se reflejaban en las aguas con un efecto de irrealidad luminosa. El concepto del jardín charbagh, dividido en cuatro cuadrantes por canales de agua que representan los cuatro ríos del paraíso mencionados en el Corán, alcanza en Shalimar su expresión más elaborada y sofisticada en el subcontinente. A pesar del paso de los siglos y del deterioro sufrido durante diversas etapas históricas, los Jardines de Shalimar conservan suficiente de su grandeza original para transmitir la visión estética de uno de los imperios más refinados de la historia.
La Ciudad Amurallada de Lahore es, junto con el fuerte y las mezquitas imperiales, el tercer gran pilar del patrimonio histórico de la ciudad. Conocida como el Walled City o simplemente como la ciudad vieja, esta área de aproximadamente tres kilómetros cuadrados fue el centro urbano de Lahore desde tiempos medievales hasta bien entrado el siglo veinte. Sus calles estrechas y laberínticas, sus hawelís o mansiones tradicionales de madera tallada, sus pequeñas mezquitas y shrines sufíes y sus bazares especializados forman un tejido urbano que es único en el mundo y que, pese a la presión del desarrollo moderno, conserva una autenticidad extraordinaria.
Adentrarse en la Ciudad Amurallada es una de las experiencias más intensas que Lahore puede ofrecer. Las callejuelas se van estrechando a medida que uno se aleja de las vías principales, hasta llegar a passages donde dos personas apenas pueden cruzarse. Los edificios crecen en altura pero se aproximan entre sí en los pisos superiores, creando túneles de sombra donde los vendedores ofrecen sus mercancías a la luz de bombillas desnudas. El bazar de los herreros trabaja con martillo y yunque; el mercado de telas ofrece sedas y bordados de colores encendidos; la zona de los especieros inunda el aire con aromas de cardamomo, cúrcuma y fenogreco.
El Data Darbar, el santuario dedicado al santo sufí Hazrat Data Ganj Bakhsh que vivió en Lahore en el siglo once, es el lugar de peregrinación más importante del Punjab. Cada semana, especialmente los jueves y viernes, decenas de miles de devotos se reúnen aquí para escuchar música qawwali, orar junto a la tumba del santo y buscar la baraka, la bendición espiritual. La atmósfera en el Data Darbar durante una noche de qawwali es de una intensidad emocional difícil de describir: los cantantes y músicos ejecutan piezas que se remontan siglos atrás, la multitud se mueve entre el recogimiento individual y el éxtasis colectivo, y el incienso y los pétalos de rosa perfuman el aire alrededor de la tumba iluminada.
El Minar-e-Pakistan, inaugurado en 1968, es el monumento nacional que conmemora la Resolución de Lahore de 1940, cuando el partido político que eventualmente conduciría a la creación de Pakistán adoptó formalmente el objetivo de un estado independiente para los musulmanes del subcontinente. La torre de 60 metros de altura se alza en el corazón del parque Iqbal, y desde su mirador panorámico se obtiene una de las mejores vistas de conjunto de la ciudad histórica.
El Museo de Lahore, fundado durante el período colonial británico en 1894, es una de las instituciones museísticas más importantes de Asia Meridional. Sus colecciones abarcan desde objetos de la Civilización del Valle del Indo hasta pinturas mogolas, desde armas medievales hasta arte budista Gandara. La pieza más célebre de sus colecciones es el Buda en Ayuno, una escultura del siglo segundo o tercero de nuestra era que representa a Siddhartha Gautama durante el período de ascetismo extremo previo a su iluminación. Con un realismo anatómico que muestra cada costilla, cada vena y cada músculo de un cuerpo consumido por el ayuno, esta obra maestra del arte Gandara ha fascinado a visitantes desde Rudyard Kipling, que la mencionó en su novela Kim, hasta los visitantes contemporáneos.
Ninguna visita a Lahore estaría completa sin explorar su legendaria tradición culinaria. La calle Gawalmandi Food Street es el epicentro gastronómico de la ciudad y uno de los lugares más animados de todo Pakistán durante las noches, especialmente después del anochecer cuando las familias y los grupos de amigos salen a cenar. Las fachadas de los edificios históricos están iluminadas, los cocineros trabajan ante fogones al aire libre, y el aroma de las especias y la carne asada llena el ambiente. El nihari, el plato que más se asocia con Lahore, es un guiso de jarrete de ternera o de cordero que se cocina a fuego muy lento durante toda la noche y se sirve por la mañana temprano con pan naan recién horneado y una generosa guarnición de jengibre fresco, cilantro y limón. El paya, otro clásico del desayuno lahori, es un caldo de pezuñas de cabra o cordero de sabor profundo e intenso. La famosa halwa puri, el desayuno de los domingos por excelencia, combina un sémola dulce con puri frito y dos tipos de curry de garbanzo.
El bazar de Anarkali, que lleva el nombre de una legendaria danzarina de la corte mogola que, según la tradición, fue enterrada viva por el emperador Akbar al descubrir su amor por el príncipe heredero Salim, es el mayor mercado tradicional de Lahore y un laberinto de tiendas donde se puede encontrar de todo, desde telas y joyas hasta artesanías y especias. El Bazar Androon, dentro de la ciudad amurallada, es el lugar donde encontrar los mejores cueros bordados, las más elaboradas bisutería de vidrio y los trajes tradicionales confeccionados según métodos centenarios.
La Ceremonia del Arriado de Bandera en el puesto fronterizo de Wagah, a 25 kilómetros de Lahore en la frontera con India, es quizás el espectáculo más peculiar y más concurrido de Pakistán. Cada atardecer, en ambos lados de la frontera, enormes multitudes de espectadores se congregan para presenciar una ceremonia de cambio de guardia que combina el ritual militar con algo que se asemeja a una competición deportiva de orgullo nacional. Los soldados pakistaníes, con sus vistosos uniformes negros y sus tocados de plumas negras, ejecutan movimientos marciales de extraordinaria precisión y teatralidad, coincidiendo en un coreografiado ritual de mutuo reconocimiento con sus contrapartes indias al otro lado de la verja. El espectáculo es ruidoso, colorido, emocionalmente cargado y absolutamente único en el mundo, y los asientos en el lado pakistaní suelen estar repletos de familias que jalean a sus soldados con el entusiasmo que se reserva para los partidos de cricket.
Islamabad y Rawalpindi
Islamabad, la capital federal de Pakistán, es una ciudad que no podría ser más diferente de Lahore en concepto y atmósfera. Construida desde cero en la década de los sesenta del siglo veinte para reemplazar a Karachi como capital del país, Islamabad es una ciudad planificada de bulevares amplios, embajadas modernistas y parques bien mantenidos, enmarcada por las ondulantes Colinas Margalla al norte. Es una capital concebida desde el papel por el arquitecto griego Constantinos Doxiadis, y eso se nota: tiene la racionalidad geométrica de una ciudad inventada pero carece, al menos en sus zonas modernas, de la vida orgánica que hace irresistibles a ciudades como Lahore o Karachi.
Y sin embargo, Islamabad tiene sus propios encantos. La Mezquita Faisal, visible desde casi cualquier punto de la ciudad gracias a sus cuatro minaretes de 90 metros, es una de las mezquitas más grandes del mundo y un ejemplo notable de arquitectura islámica contemporánea. Diseñada por el arquitecto turco Vedat Dalokay y construida entre 1976 y 1988 con financiación del rey Faisal de Arabia Saudí, la mezquita rompe radicalmente con la tradición clásica de cúpulas y arcos. Su sala de oración tiene la forma de una tienda de campaña beduina de ocho lados, apoyada en cuatro pilares y cubierta por una losa de hormigón que se eleva hacia el cielo en ángulos agudos. Sin cúpula central, sin arcos tradicionales, sin los elementos formales que uno asocia con la arquitectura islámica histórica, la Mezquita Faisal fue y sigue siendo uno de los edificios más debatidos de Asia Meridional. Puede albergar hasta cien mil personas en su sala de oración y los patios que la rodean.
Las Colinas Margalla, que forman el telón de fondo natural del norte de Islamabad, ofrecen a los habitantes de la capital y a los visitantes una red de senderos que ascienden a través de bosques de pino y roble hasta miradores desde donde se domina toda la ciudad. En las horas tempranas de la mañana es común encontrar familias paseando, parejas jóvenes buscando privacidad entre la arboleda y pájaros de colores brillantes que incluyen barbudos, abubillas y varios tipos de rapaces. El Parque Nacional de Margalla Hills, contiguo a la ciudad, es además hábitat de leopardos, hienas y un considerable número de especies de monos rhesus que se han adaptado a la vida en los bordes urbanos del parque.
El Museo Lok Virsa, dedicado al patrimonio folklórico y cultural de Pakistán, es quizás la mejor introducción que un visitante puede tener a la diversidad cultural del país. Sus colecciones de textiles, instrumentos musicales, artesanías tradicionales, joyas y objetos cotidianos de las distintas regiones y grupos étnicos de Pakistán ofrecen una panorámica de la riqueza cultural que el país contiene más allá de las ciudades principales. El museo organiza también actuaciones en vivo de músicos y artesanos tradicionales, lo que lo convierte en un lugar vivo y no simplemente en un repositorio de objetos del pasado.
El Monumento a Pakistán, construido en 2007 en la Colina Shakarparian de Islamabad, es el memorial nacional del país, diseñado para conmemorar la historia de Pakistán desde su fundación. Con la forma de una flor de cuatro pétalos representando las cuatro provincias del país, el monumento está revestido de mosaicos que narran la historia del país y ofrece desde sus terrazas una vista panorámica de Islamabad y las Colinas Margalla.
Rawalpindi, literalmente "a la sombra de Islamabad", es la ciudad gemela de la capital y forma con ella una aglomeración urbana de más de cuatro millones de habitantes. Mientras que Islamabad es planificada y moderna, Rawalpindi es caótica, histórica y profundamente comercial, con un carácter que recuerda más a Lahore o Karachi que a su vecina capital. El Gran Bazar de Raja, conocido simplemente como Raja Bazaar, es uno de los mayores mercados al aire libre de Asia Meridional, un laberinto de callejuelas especializadas donde se vende desde electrónica hasta especias, desde telas hasta piezas de automóvil. Para el viajero que llega directamente de Islamabad, Rawalpindi es una inmersión inmediata en el Pakistán real y cotidiano.
Taxila, a 35 kilómetros al noroeste de Islamabad, es técnicamente parte del Gran Islamabad pero merece su propio capítulo, que encontrará el lector en las páginas siguientes. Por ahora, baste decir que el Museo de Taxila, ubicado cerca de las principales ruinas arqueológicas, contiene una de las mejores colecciones de arte budista Gandara del mundo, con esculturas, relieves y objetos que abarcan varios siglos de historia artística en la encrucijada entre Oriente y Occidente.
Murree, una estación de montaña victoriana a 60 kilómetros al noreste de Islamabad a una altitud de aproximadamente 2.300 metros, fue el refugio predilecto de los funcionarios coloniales británicos durante los meses de verano cuando el calor de las llanuras se volvía insoportable. Con su arquitectura colonial, sus cafeterías y sus bosques de coníferas, Murree tiene el inconfundible aire de una hill station británica del siglo diecinueve trasplantada a los contrafuertes del Himalaya. En los fines de semana y durante el verano se convierte en el destino favorito de las familias de Islamabad y Rawalpindi que buscan escapar del calor, y la afluencia de visitantes puede ser considerable.
Taxila y la Civilización Gandara
A menos de cuarenta kilómetros al noroeste de Islamabad, en el valle del río Haro, se extiende uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de Asia: Taxila. Inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1980, Taxila no es un único sitio sino una constelación de ruinas que abarcan más de tres mil años de historia humana continua, desde el segundo milenio antes de nuestra era hasta el siglo quinto de la era común, cuando fue destruida por las invasiones de los Hunos Blancos.
La importancia de Taxila en la historia antigua es difícil de exagerar. Situada en la encrucijada de tres grandes rutas comerciales que conectaban el subcontinente indio con Asia Central, Persia y China, Taxila fue durante siglos uno de los centros intelectuales y comerciales más importantes del mundo conocido. Sus universidades, que según las fuentes antiguas podían albergar a miles de estudiantes de toda Asia, enseñaban gramática, filosofía, medicina, matemáticas y las artes militares. El médico ayurvédico Charaka, considerado el padre de la medicina antigua india, fue uno de los sabios asociados con Taxila. El estratega político Chanakya, autor del Arthashastra, el tratado de gobierno más sofisticado de la antigüedad india, también estuvo vinculado a esta ciudad.
El conquistador macedonio Alejandro Magno llegó a Taxila en el año 326 antes de nuestra era durante su campaña de conquista del mundo conocido. A diferencia de muchas ciudades de Asia que resistieron su avance, Taxila abrió sus puertas voluntariamente al macedonio, y el rey local, Ambhi, ofreció a Alejandro suministros, elefantes y su propia alianza contra su rival regional Poros. Alejandro se quedó en Taxila varios meses, durante los cuales sus filósofos y científicos interactuaron con los sabios locales en un intercambio intelectual que tendría profundas consecuencias culturales en las décadas siguientes. La fusión del arte griego con las tradiciones artísticas locales que resultó de estos contactos dio origen al arte Gandara, uno de los fenómenos artísticos más fascinantes de la historia.
Sirkap, la segunda ciudad histórica de Taxila y la que mejor representa la era helenística e indo-parta, es el sitio arqueológico más accesible y mejor conservado del conjunto. Fundada en el siglo segundo antes de nuestra era por los reyes griegos bactriano-indios, Sirkap fue planificada según el modelo hipodámico griego, con calles que se cortan en ángulo recto formando una cuadrícula regular. Esta organización urbana, tan diferente del trazado orgánico de las ciudades indias contemporáneas, refleja la profunda influencia helenística sobre la cultura de la región. Las excavaciones de Sirkap han revelado una ciudad cosmopolita donde convivían tradiciones religiosas y artísticas de origen griego, persa, indio e incluso parto y escita. Los objetos hallados incluyen esculturas que combinan iconografía griega con motivos indios, monedas bilingües con inscripciones en griego y pracrito, y cerámica que refleja múltiples influencias culturales.
La Estupa Dharmarajika es el monumento más antiguo y uno de los más venerados de Taxila. Construida originalmente en el siglo tercero antes de nuestra era por el gran emperador Ashoka del Imperio Maurya para albergar reliquias del Buda, la estupa fue ampliada repetidamente durante los siglos siguientes, acumulando una serie de capillas votivas, monasterios y estupas secundarias a su alrededor. El sitio tiene una sacralidad palpable incluso para el visitante no budista: el silencio que reina alrededor de la estupa central, el murmullo del viento entre las ruinas de los monasterios y la belleza del paisaje circundante hacen de este lugar uno de los más evocadores de todo Pakistán.
El Monasterio de Jaulian, construido en el siglo segundo o tercero de nuestra era en una colina con amplias vistas sobre el valle, es el complejo monástico mejor preservado de Taxila. Su patio central está rodeado de pequeñas celdas de meditación para los monjes, y el santuario principal contiene una notable colección de estupas votivas decoradas con figuras del Buda en diferentes posturas y momentos de su vida. Las esculturas que adornan estas estupas representan algunos de los mejores ejemplos del arte Gandara, con el modelado fluido de los ropajes, la expresión serena y compasiva de los rostros y los detalles anatómicos precisos que caracterizan esta escuela artística.
El Arte Gandara merece una consideración especial porque representa uno de los fenómenos más extraordinarios en la historia del arte mundial. Surgido en la región que hoy comprende el norte de Pakistán y el este de Afganistán aproximadamente entre el siglo primero antes de nuestra era y el siglo quinto de la era común, el arte Gandara fue el resultado de la fusión entre la tradición griega helenística, transmitida por los sucesores de Alejandro en Bactria y el Indo, y la iconografía y la espiritualidad budista india. El resultado de este encuentro sin precedentes fue una nueva forma de representar al Buda en forma humana.
Antes del arte Gandara, la tradición budista representaba la presencia del Iluminado de manera simbólica: una huella, una sombrilla, un árbol, un trono vacío. Fue en Gandara donde por primera vez los artistas representaron al Buda como figura humana, y lo hicieron adoptando los modelos iconográficos del arte griego clásico, en particular el tratamiento de la figura de Apolo. Las primeras imágenes budistas del arte Gandara muestran al Buda con rasgos netamente mediterráneos: ondas en el cabello que recuerdan al dios griego del sol, ropajes drapeados a la manera griega, cuerpo proporcionado según los cánones de la escultura helénica. Con el tiempo, estos elementos se fueron fundiendo con motivos indios y persas hasta crear un estilo único y reconocible que influyó profundamente en el arte budista de China, Corea, Japón y el sureste asiático.
El Imperio Kushan, que gobernó la región de Taxila y Gandara durante los siglos primero a tercero de nuestra era, fue el gran mecenas del arte Gandara. Los emperadores Kushan, en especial Kanishka el Grande, que convocó un importante concilio budista y fue un devoto propagador del dharma, financiaron la construcción de monasterios, estupas y obras de arte budista a una escala sin precedentes. Bajo su patronazgo, el budismo floreció en Gandara y desde allí irradió hacia Asia Central y China a través de la Ruta de la Seda, llevando consigo las imágenes del Buda en forma humana que hoy se reconocen en todos los templos budistas del mundo.
El Karakórum — El Techo del Mundo
Si hay una región en Pakistán que concentra más que ninguna otra la grandeza salvaje del planeta, esa es el Karakórum. Esta cadena montañosa, cuyo nombre en turki significa "roca negra frágil", alberga la mayor concentración de picos de más de ocho mil metros del mundo y los glaciares no polares de mayor extensión de la Tierra. Para los amantes de las montañas, el Karakórum es el lugar sagrado por excelencia, el destino con el que se sueña, la meta que define carreras alpinísticas enteras.
La Carretera del Karakórum, conocida mundialmente por sus iniciales en inglés KKH, es una de las carreteras más espectaculares del mundo y el punto de entrada más accesible a las maravillas de la región. Construida conjuntamente por Pakistán y China entre 1966 y 1978, la KKH sigue en gran medida el trazado de la antigua Ruta de la Seda y conecta Islamabad con la ciudad china de Kashgar a través del Paso Khunjerab a 4.693 metros de altitud. El tramo pakistaní de la carretera, desde Islamabad hasta el Paso Khunjerab, tiene una longitud de aproximadamente 887 kilómetros y atraviesa algunos de los paisajes más dramáticos del mundo: gargantas de granito que caen verticalmente miles de metros, ríos de color esmeralda que rugen entre paredes de roca, valles fértiles donde los álamos amarillan en otoño y aldeas tradicionales de piedra y madera que parecen haber crecido naturalmente de las montañas.
La construcción de la KKH fue una hazaña de ingeniería colosal que cobró la vida de más de novecientos trabajadores paquistaníes y chinos, una cifra que aproximadamente equivale a un muerto por cada kilómetro de carretera construido. Los desafíos técnicos fueron inmensos: la carretera debía abrirse paso a través del granito del Karakórum en algunos de los terrenos más abruptos del mundo, cruzar ríos con caudales variables y peligrosos y superar la inestabilidad geológica de una región donde los terremotos, las avalanchas y los deslizamientos de tierra son frecuentes. El resultado es sin embargo una vía de comunicación que ha transformado la vida de las comunidades de los valles del norte y abierto una de las rutas panorámicas más extraordinarias que existe para los viajeros.
El K2, con 8.611 metros sobre el nivel del mar, es la segunda montaña más alta del mundo tras el Everest y, por consenso general entre los alpinistas, la más difícil y peligrosa de las catorce montañas de más de ocho mil metros. Su nombre deriva del código topográfico asignado durante la primera medición sistemática de la cadena del Karakórum en 1856 por el topógrafo británico Thomas George Montgomerie. A diferencia del Everest, el K2 no tiene un nombre local tradicional ampliamente usado, aunque la comunidad Balti de la región lo llama Chogori, que significa simplemente "gran montaña". La tasa de mortalidad del K2 es significativamente mayor que la del Everest: por cada cuatro alpinistas que llegan a su cima, uno muere en el intento. La cara sur del K2, conocida como la Ruta Mágica, fue definida por el gran alpinista italiano Reinhold Messner como el desafío más puro del alpinismo de ochomiles.
Para la gran mayoría de los viajeros que visitan la región del K2, el objetivo no es la cumbre sino el Campo Base, a 5.150 metros de altitud al pie de la montaña. El trekking al Campo Base del K2 es considerado uno de los grandes trekkings del mundo, comparable en belleza y exigencia al de la región del Everest en Nepal. La ruta clásica parte de Skardu, la capital del Baltistán y puerta de entrada al mundo del Karakórum, y asciende por el Valle del Braldu hasta la aldea de Askole, desde donde comienza la marcha sobre el glaciar Baltoro.
El Glaciar Baltoro, con una longitud de aproximadamente 63 kilómetros, es uno de los glaciares más largos del mundo fuera de las regiones polares. Caminar sobre su superficie irregular, entre seracs de hielo y morrenas de granito, con los gigantes de ocho mil metros a ambos lados, es una experiencia que desafía los límites del lenguaje. En el itinerario clásico al Campo Base del K2, los trekkistas pasan cerca del Broad Peak (8.051 metros), el Gasherbrum IV (7.925 metros) y los Gasherbrums I y II antes de llegar a Concordia.
Concordia, a 4.600 metros de altitud en la confluencia de los glaciares Baltoro y Godwin-Austen, es quizás el lugar más impresionante de los que puede visitar un montañero no alpinista en todo el mundo. Desde este punto se abren simultáneamente vistas directas al K2, al Broad Peak, al Gasherbrum IV, al Mitre Peak y a otros gigantes de la región, creando un panorama de montañas que es literalmente sin igual en el planeta. El explorador italiano Fosco Maraini, que visitó Concordia durante la expedición italiana al K2 de 1954, la describió como "la sala del trono de los dioses de la montaña", y la expresión captura perfectamente la escala y la solemnidad del lugar.
El Valle de Hunza es el más célebre y, para muchos viajeros, el más hermoso de los valles del Karakórum. Accesible desde la KKH, el valle del río Hunza se desarrolla entre paredes de roca granítica de miles de metros y ofrece al visitante una combinación de paisajes alpinos espectaculares, aldeas históricas, ruinas de fortalezas medievales y una cultura Wakhi y Burusho con tradiciones propias que la distinguen de las demás comunidades del norte de Pakistán.
Karimabad, la capital del antiguo estado principesco de Hunza y la principal localidad turística del valle, está construida en una terraza natural a unos 2.500 metros de altitud con vistas directas a los picos nevados del Rakaposhi (7.788 metros) y el Ultar Sar (7.388 metros) al norte y al este. El Fuerte Baltit, que domina Karimabad desde una roca sobre la aldea, fue durante siglos la residencia de los Mirs, los gobernantes hereditarios de Hunza. Construido aproximadamente hace setecientos años con técnicas de construcción tibetanas, el fuerte fue ampliado y modificado durante los siglos siguientes hasta alcanzar su forma actual, que combina elementos tibetanos, mogoles y europeos. Restaurado a finales del siglo veinte con apoyo internacional, el Fuerte Baltit es hoy uno de los edificios históricos mejor conservados del norte de Pakistán y ofrece impresionantes vistas sobre el valle y los picos circundantes.
El Fuerte Altit, a unos tres kilómetros de Karimabad, es aún más antiguo que el Baltit, con partes que según los expertos datan de hace aproximadamente novecientos años. Situado sobre un peñón directamente sobre el río Hunza, el fuerte tiene una posición defensiva formidable y ha sido también objeto de una cuidadosa restauración. Las visitas guiadas al fuerte ofrecen una perspectiva única sobre la historia del estado principesco de Hunza y la vida de sus gobernantes a lo largo de los siglos.
El Lago Attabad, formado en enero de 2010 después de que un gigantesco deslizamiento de tierra bloqueara el río Hunza, es una de las formaciones geológicas más recientes y visualmente espectaculares del valle. El deslizamiento enterró aldeas enteras y creó un lago de color turquesa intenso de aproximadamente 22 kilómetros de longitud que sumergió también una sección de la KKH. Durante varios años, los viajeros y lugareños debieron cruzar el lago en barcas para continuar su camino. Hoy, con el túnel que bordea el lago completado, el Attabad se ha convertido en una atracción turística en sí misma: las excursiones en barco por sus aguas turquesas entre paredes de granito y con los picos nevados al fondo son una experiencia memorable.
El Paso Khunjerab, a 4.693 metros sobre el nivel del mar en la frontera entre Pakistán y China, es el paso fronterizo pavimentado más alto del mundo y el punto culminante de la Carretera del Karakórum. El nombre significa "Valle de la Sangre" en balti, una referencia a los bandidos que históricamente acechaban a las caravanas en este punto. Hoy es un paso perfectamente señalizado y dotado de infraestructuras fronterizas modernas, desde donde los viajeros con visado chino pueden continuar hacia Kashgar. El paisaje de la meseta de Khunjerab, con sus praderas alpinas surcadas por manadas de marmotas, sus bandadas de chovas alpinas y la posibilidad de avistar ocasionalmente el yak salvaje o incluso el esquivo leopardo de las nieves, tiene una belleza austera y monumental.
Skardu, a 2.228 metros de altitud en la confluencia de los ríos Indo y Shigar, es la capital del Baltistán y el principal punto de partida para las expediciones al K2 y al Karakórum. La ciudad en sí misma es relativamente pequeña y modesta, pero su entorno inmediato ofrece varias atracciones de primer orden: el Lago Satpara, de aguas azul índigo a pocos kilómetros de la ciudad; el Fuerte de Skardu sobre una roca imponente; el Lago Shangrila (también llamado Lower Kachura Lake), un oasis de agua esmeralda rodeado de álamos y montañas; y el acceso a la Meseta Deosai, uno de los altiplanos más altos del mundo con una biodiversidad extraordinaria que incluye el oso pardo del Himalaya.
Los Prados de Hadas, conocidos como Fairy Meadows en inglés y Joot en la lengua local, son una pradera alpina a 3.300 metros de altitud que ofrece algunas de las vistas más directas y espectaculares del Nanga Parbat (8.126 metros), la novena montaña más alta del mundo. El trayecto desde la carretera principal hasta los Prados de Hadas incluye una de las carreteras más peligrosas de Pakistán, un camino de tierra sin protecciones laterales que corre por laderas verticales sobre el Indo, y una posterior caminata de varias horas. Pero la recompensa es incomparable: el Nanga Parbat, apodado "la Montaña Asesina" por su histórica tasa de mortalidad, se eleva directamente desde el fondo del valle en una pared de nieve y roca que sube más de cuatro mil metros en una distancia horizontal de apenas unos kilómetros.
Jaiber Pajtunjuá y el Valle de Swat
La provincia de Jaiber Pajtunjuá, en el extremo noroeste de Pakistán, es el territorio de los pastunes, el grupo étnico más numeroso del mundo sin un estado propio, distribuido entre Pakistán y Afganistán. La cultura pastún, regida por el Pashtunwali, un código de honor y conducta que valora por encima de todo la hospitalidad, el valor y la lealtad a la familia y la tribu, ha sobrevivido intacta durante siglos de conquistas, invasiones e influencias externas. Visitar Jaiber Pajtunjuá es adentrarse en una cultura de una coherencia y una vitalidad extraordinarias.
El Valle de Swat, conocido en la antigüedad como Udyana y llamado en el siglo veinte "la Suiza de Oriente" por sus paisajes alpinos y sus verdes praderas, fue durante siglos uno de los grandes centros del budismo Mahayana en Asia. Sus laderas y valles estuvieron sembrados de monasterios, stupas y santuarios que recibían peregrinos de toda Asia, y el arte budista del valle de Swat, una variante local del arte Gandara, está representado en los mejores museos del mundo. Hoy, los valles de Swat ofrecen al visitante una combinación única de patrimonio budista, paisajes de montaña de gran belleza y una cultura pastún de extraordinaria riqueza y vitalidad.
Mingora, la principal ciudad del valle de Swat, es el punto de partida para explorar los numerosos sitios arqueológicos budistas de la región. El sitio de Butkara, a pocos kilómetros de Mingora, contiene los restos de un importante complejo de estupas y monasterios que datan desde el siglo tercero antes de nuestra era hasta el siglo once de la era común, cubriendo varios siglos de historia budista y arte Gandara. Las excavaciones italianas realizadas desde los años cincuenta del siglo veinte han sacado a la luz miles de esculturas, fragmentos decorativos y objetos cotidianos que iluminan la vida monástica en esta región.
Los Valles Kalash, en la región de Chitral al extremo norte de Jaiber Pajtunjuá, son el hogar de uno de los pueblos más singulares del mundo: los Kalash, un grupo de apenas tres a cuatro mil personas que conservan una religión politeísta, animista y mitológicamente compleja en medio de una región dominada por el islam. Los Kalash celebran festivales agrícolas y estacionales que incluyen música, danza, sacrificios rituales y una joyosa mezcla de lo sagrado y lo profano que contrasta vividamente con las tradiciones religiosas de sus vecinos. Las mujeres Kalash visten trajes tradicionales de gran colorido, con elaborados tocados bordados y collares de cuentas de colores que identifican su identidad cultural con orgullo.
Los tres principales valles Kalash, Bumburet, Rumbur y Birir, son pequeños y relativamente accesibles desde Chitral. El mayor, Bumburet, tiene una longitud de aproximadamente 20 kilómetros y está habitado por varias aldeas kalash intercaladas con comunidades musulmanas. La coexistencia entre kalash y musulmanes, aunque históricamente no siempre armoniosa, es hoy en general pacífica, y los kalash han podido preservar sus costumbres y rituales en un grado notable, en parte gracias al interés turístico y al apoyo de organizaciones internacionales de preservación cultural.
La ciudad de Peshawar, capital de Jaiber Pajtunjuá, es una de las ciudades más antiguas de Asia Meridional, con una historia habitada que se remonta más de dos mil años. Situada en el extremo oriental del Valle de Peshawar y a pocos kilómetros del Paso de Jaiber, Peshawar fue durante milenios el punto de paso obligado entre el subcontinente indio y Asia Central, un nudo de carreteras por donde circularon conquistas, migraciones, mercancías e ideas a lo largo de los siglos. Su nombre original en pastún, Peshawar, significa simplemente "ciudad fronteriza", una denominación que captura perfectamente su rol histórico.
El Bazar Qissa Khwani, cuyo nombre significa "el Bazar de los Narradores de Historias", es el corazón histórico de Peshawar y uno de los bazares más fascinantes de Asia Meridional. En los días del Gran Juego, cuando agentes británicos y rusos competían por el control de Asia Central en el siglo diecinueve, el Qissa Khwani era el lugar donde los viajeros procedentes del norte y del oeste compartían sus noticias y sus aventuras con los comerciantes locales. Hoy sigue siendo un mercado animado y colorido, con tiendas de especias, telas, armas decorativas, joyas de plata y los chappals de cuero trenzado característicos de la región pastún.
El Museo de Peshawar, en el edificio colonial que fue la sede del Consejo Legislativo de la Frontera del Noroeste durante el período británico, alberga una de las mejores colecciones de arte Gandara en el mundo. Sus galerías de escultura budista son un recorrido por varios siglos de arte en el que las tradiciones artísticas de Grecia, Persia, India y Asia Central se fusionaron en algo totalmente nuevo y extraordinariamente hermoso.
El Paso de Jaiber, a 45 kilómetros al oeste de Peshawar en la frontera con Afganistán, es uno de los pasos de montaña históricamente más importantes del mundo. Por sus escarpadas laderas y su estrecho desfiladero han desfilado los ejércitos de Darío el Grande, Alejandro Magno, Tamerlán, Babur y una decena de otros conquistadores que usaron esta grieta en la barrera montañosa del Hindu Kush para acceder al subcontinente indio desde Asia Central. El paisaje del paso, con sus paredes de roca cortada casi a pico y la estrechez del camino que obliga a los viajeros a pasar en fila de a uno durante kilómetros, hace comprender visceralmente por qué controlarlo equivalía a controlar el acceso a uno de los territorios más ricos del mundo.
El Monasterio Budista de Takht-i-Bahi, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1980, es el monasterio budista mejor conservado de Pakistán y uno de los más impresionantes de todo el mundo budista. Construido en el siglo primero de nuestra era en la cima de una colina aislada a unos 15 kilómetros de la ciudad de Mardan, el monasterio fue continuamente ocupado y ampliado durante varios siglos hasta su abandono definitivo en el quinto siglo. Su posición elevada, que le confería una vista de control sobre el territorio circundante y al mismo tiempo una vocación espiritual de alejamiento del mundo, fue también lo que lo salvó del saqueo y la destrucción, ya que no era fácil de alcanzar para los invasores que con frecuencia devastaban los asentamientos en los valles.
Sind y Karachi
Karachi, con más de quince millones de habitantes y contando, es la ciudad más grande de Pakistán y la séptima mayor del mundo, una megalópolis caótica, fascinante y llena de contradicciones que funciona como el corazón financiero, comercial e industrial del país. A diferencia de Lahore, que tiene una identidad cultural clara y profundamente punjabi, Karachi es una ciudad de migrantes, un crisol donde se mezclan pastunes, sindis, baluchis, mohajires (los descendientes de los musulmanes que emigraron desde India en 1947), habitantes de Hunza y del Punjab, así como comunidades de comerciantes del Golfo Pérsico, Gujarat y toda la diáspora del subcontinente.
La ciudad fue fundada como una pequeña villa pesquera a finales del siglo dieciocho y conquistada por los británicos en 1839. Bajo la administración colonial se convirtió en el principal puerto de la India occidental, y tras la creación de Pakistán en 1947 fue la primera capital del país nuevo. La llegada masiva de mohajires procedentes de las ciudades de India como Lucknow, Delhi, Hyderabad y Bombay durante la Partición transformó radicalmente el carácter de la ciudad, añadiendo una capa cultural urdu que se superpuso a las tradiciones sindis preexistentes.
El litoral de Karachi, a lo largo del Mar de Arabia, tiene varias playas y puntos de interés marítimo. La Bahía de Hawks, aunque no tiene las aguas más cristalinas del mundo, es el destino de playa más popular para los habitantes de la ciudad. El Parque Nacional de Manglares Bundal, al este de la ciudad, protege el mayor sistema de manglares de Pakistán y es un hábitat importante para numerosas especies de aves migratorias y locales.
El Mausoleo de Quaid-e-Azam, el monumento funerario del fundador de Pakistán, Muhammad Ali Jinnah, es el símbolo central de Karachi y uno de los edificios modernos más imponentes del país. Construido en mármol blanco con un techo de cobre verde sobre cuatro arcos de medio punto de considerable elevación, el mausoleo recibe a diario decenas de miles de visitantes que vienen a rendir homenaje al padre de la nación. El interior del mausoleo está decorado con mosaicos iraníes, y la tumba de Jinnah está protegida por un féretro de cristal.
La Tumba de Chaukhandi, a unos 30 kilómetros al este de Karachi, es un extenso cementerio de tumbas de arenisca que datan aproximadamente de los siglos quince al dieciocho. Las tumbas de Chaukhandi son notables por la riqueza y variedad de sus decoraciones en bajorrelieve: motivos geométricos, florales, de armas, de objetos de la vida cotidiana y de caballos para los hombres, y de joyas y adornos para las mujeres. El conjunto, distribuido sobre una colina árida en un entorno desolado, tiene una belleza espectral que resulta fascinante para los amantes de la arquitectura funeraria.
La Necrópolis de Makli, inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, es uno de los mayores cementerios del mundo, con unas 125.000 tumbas distribuidas sobre una superficie de unos diez kilómetros cuadrados en los alrededores de Thatta, a 100 kilómetros al este de Karachi. Las tumbas de Makli abarcan cuatro siglos de historia, desde el siglo catorce hasta el siglo diecisiete, y representan a las élites de los sucesivos estados que gobernaron el Sind durante este período: los Samma, los Arghun y Tarkhán, y finalmente los mogoles. La variedad y sofisticación de las formas arquitectónicas es impresionante: desde simples losas de arenisca con inscripciones coránicas hasta elaborados mausoleos de ladrillo cocido con cúpulas, arcos y decoraciones de azulejos de colores.
La Mezquita de Shah Jahan en Thatta, también inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, es una de las obras maestras de la arquitectura islámica de Asia Meridional. Construida entre 1647 y 1648 por orden del emperador mogol Shah Jahan como regalo a la ciudad de Thatta, que le había ofrecido refugio cuando huyó de su padre el emperador Jahangir, la mezquita tiene una decoración de azulejos de porcelana azul y blanca de extraordinaria calidad y sofisticación. Sus 93 cúpulas, de diferentes tamaños y dispuestas de manera que crean una acústica perfecta para la recitación del Corán, son uno de los logros técnicos y estéticos más notables de la arquitectura mogola en el subcontinente.
Mohenjo-daro, a unos 500 kilómetros al norte de Karachi en el Sind, es uno de los sitios arqueológicos más importantes del mundo y quizás el más sorprendente de Pakistán para quien no lo conoce. Inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1980, Mohenjo-daro (que en sindhi significa "Montículo de los Muertos") fue una de las principales ciudades de la Civilización del Valle del Indo, una cultura que floreció aproximadamente entre el 2600 y el 1900 antes de nuestra era y que en su apogeo fue contemporánea de las civilizaciones del Antiguo Egipto y Mesopotamia.
La Civilización del Valle del Indo
La Civilización del Valle del Indo, también llamada Civilización Harappa en honor al sitio arqueológico punjabi donde fue descubierta por primera vez en la década de 1920, es una de las civilizaciones más antiguas y más enigmáticas que ha conocido la humanidad. Floreciente aproximadamente entre el 3300 y el 1300 antes de nuestra era, con su período de madurez y máximo desarrollo entre el 2600 y el 1900 antes de nuestra era, esta civilización se extendió por una superficie que superaba la de sus contemporáneas Mesopotamia y Egipto combinadas, cubriendo la mayor parte del actual Pakistán, el noroeste de India y partes del Afganistán actual.
Lo que hace verdaderamente extraordinaria a la Civilización del Valle del Indo no es su extensión sino su sofisticación urbana, que en muchos aspectos no tiene paralelo en el mundo antiguo. Las ciudades de Mohenjo-daro y Harappa, las dos más grandes conocidas, tenían ambas una población estimada de entre cuarenta mil y cien mil habitantes en su apogeo, lo que las convertía en las mayores concentraciones urbanas del mundo en su época. Pero lo que asombra a los arqueólogos no es tanto el tamaño de estas ciudades como su organización: ambas estaban construidas según un plan de cuadrícula regular, con calles anchas orientadas en ángulo recto que dividían el espacio urbano en manzanas regulares.
El sistema de saneamiento e ingeniería hidráulica de la Civilización del Indo fue el más avanzado del mundo antiguo y no fue igualado en el subcontinente hasta el período colonial. Prácticamente cada casa en Mohenjo-daro tenía su propio cuarto de baño y estaba conectada a un sistema de alcantarillado que canalizaba las aguas residuales hacia canales cubiertos que recorrían las calles. Las aguas se almacenaban en pozos privados o en cisternas comunitarias. El Gran Baño de Mohenjo-daro, una piscina de ladrillo cocido de 12 por 7 metros sellada con betún para impermeabilizarla, era probablemente un lugar de purificación ritual de uso comunitario.
Los pesos y medidas de la Civilización del Indo estaban estandarizados con una precisión que solo es posible en una sociedad con un sistema centralizado de control comercial y administrativo. Los pesos hallados en Mohenjo-daro, Harappa y otros sitios son prácticamente idénticos entre sí, fabricados en cuarzo, jaspe y otros materiales duros, y siguen una progresión binaria que indica un sistema de medición riguroso. Los ladrillos de barro cocido usados en la construcción también siguen proporciones estandarizadas, lo que sugiere la existencia de normas técnicas aplicadas a lo largo de una extensísima área geográfica.
La escritura del Indo, con más de cuatrocientos signos identificados en miles de sellos y tablillas de arcilla, sigue siendo uno de los grandes enigmas sin resolver de la lingüística y la arqueología. A diferencia del cuneiforme mesopotámico o los jeroglíficos egipcios, cuyos sistemas de escritura fueron descodificados en el siglo diecinueve, la escritura del Indo no ha podido ser leída hasta el día de hoy a pesar de los esfuerzos de decenas de investigadores y del uso de los más sofisticados métodos computacionales. La dificultad reside en parte en la brevedad de las inscripciones conocidas (la mayoría tienen menos de cinco signos), en la ausencia de una piedra Rosetta que relacione la escritura del Indo con una lengua conocida, y en la incertidumbre sobre la familia lingüística a la que pudo pertenecer la lengua escrita.
Los sellos de la Civilización del Indo, pequeñas tablillas de esteatita grabadas con inscripciones y figuras de animales, son los objetos más característicos de esta cultura y los que más información nos han proporcionado sobre sus creencias y su organización social. El animal más frecuentemente representado en los sellos es el unicornio del Indo, un animal fantástico que combina rasgos de toro y rinoceronte y que fue probablemente un símbolo de identidad o rango social. Otros animales frecuentes incluyen el elefante, el rinoceronte, el cebú y el cocodrilo, así como figuras divinas que algunos investigadores han querido ver como antecesoras del dios Shiva del hinduismo.
Las relaciones comerciales de la Civilización del Indo con Mesopotamia están bien documentadas por fuentes arqueológicas de ambas regiones. Las fuentes cuneiformes de Ur y otras ciudades sumerias mencionan el comercio con una tierra llamada Meluhha, que los especialistas identifican con el Valle del Indo, desde donde llegaban materias primas exóticas como maderas, metales, marfil, cuentas de cornalina y quizás especias y telas. En los yacimientos del Indo se han encontrado pesos y sellos de estilo mesopotamico, confirmando la existencia de contactos directos o intermediados entre estas dos civilizaciones.
El declive de la Civilización del Indo, que comenzó aproximadamente en el 1900 antes de nuestra era y fue completándose durante los siglos siguientes, sigue siendo un tema de debate entre los arqueólogos. Las teorías propuestas incluyen cambios climáticos que habrían reducido las precipitaciones y afectado a la agricultura, cambios en el curso de los ríos que habrían dejado sin agua a las ciudades, epidemias de enfermedades infecciosas y, la más debatida, una invasión desde el exterior. La teoría de la invasión de los arios, que atribuyó el colapso de la Civilización del Indo a la llegada de pueblos indoeuropeos procedentes de las estepas de Asia Central, ha sido en gran medida descartada o replanteada por la arqueología moderna, que no encuentra evidencias de destrucciones violentas a gran escala en los yacimientos de la fase final de la civilización. Lo más probable es que el declive fue gradual y multifactorial, un proceso de siglos más que una catástrofe repentina.
Todos los Sitios del Patrimonio Mundial de la UNESCO En Pakistán
Pakistán cuenta con seis sitios inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, cada uno de los cuales representa un capítulo fundamental de la historia y la cultura de la región. Estos sitios abarcan desde la prehistoria hasta el período mogol y ofrecen al visitante una ventana privilegiada sobre milenios de civilización en el corazón de Asia.
Las Ruinas Arqueológicas de Mohenjo-daro (1980) constituyen el primero de los grandes patrimonios reconocidos por la UNESCO en Pakistán. Esta antigua ciudad del Valle del Indo, florecida entre el 2600 y el 1900 antes de nuestra era en el actual Sind, es uno de los más extraordinarios yacimientos arqueológicos del mundo. Mohenjo-daro fue el primer gran asentamiento urbano sistemáticamente planificado de la historia humana conocida, con calles en cuadrícula, sistemas de alcantarillado avanzados, edificios públicos y viviendas privadas con cuartos de baño. Las excavaciones comenzadas en los años veinte del siglo veinte revelaron una ciudad de al menos cuarenta mil habitantes en su punto álgido, con una ciudadela elevada que albergaba el Gran Baño y los edificios de administración pública, y una ciudad baja densamente habitada. El sitio está amenazado por la erosión del viento, la salinización del suelo y las inundaciones periódicas del Indo.
Las Ruinas Arqueológicas de Taxila (1980) abarcan un conjunto de sitios distribuidos a lo largo del Valle del Haro que documentan más de mil años de historia urbana continua, desde el período aqueménida hasta la invasión de los Hunos Blancos. Taxila fue sucesivamente capital del satrapía persa del Gandara, una ciudad griega bajo los sucesores de Alejandro, una metrópolis del Imperio Maurya bajo Ashoka y un floreciente centro budista bajo los emperadores Kushan. Los tres principales yacimientos, Bhir Mound (la ciudad más antigua), Sirkap (la ciudad grecoindio-parta) y Sirsukh (la ciudad kushan), documentan distintas fases y estilos urbanos. La vastedad y diversidad de los hallazgos, que incluyen monedas bilingües, esculturas de estilo griego e indio, objetos cotidianos de múltiples tradiciones culturales y restos arquitectónicos de varios tipos de edificios religiosos y civiles, hacen de Taxila uno de los yacimientos más informativos del mundo antiguo.
El Monasterio Budista de Takht-i-Bahi y las Ruinas de la Ciudad Vecina de Sahr-i-Bahlol (1980) representan el tercer sitio pakistaní en la lista de la UNESCO y el complejo monástico budista mejor conservado de todo el subcontinente. Fundado en el siglo primero de nuestra era y continuamente ampliado hasta el siglo quinto, Takht-i-Bahi fue uno de los principales centros de la vida monástica budista Gandara. Sus ruinas, incluyendo el patio principal del monasterio rodeado de celdas de meditación, el santuario principal con sus nichos para estatuas del Buda, los patios auxiliares y los depósitos de ofrendas, ofrecen una imagen excepcionalmente completa de la organización de un monasterio budista de la era Gandara.
El Fuerte de Lahore y los Jardines de Shalimar en Lahore (1981) forman el cuarto sitio pakistaní en el Patrimonio Mundial de la UNESCO y representan la cúspide del arte y la arquitectura mogola en el Punjab. El Fuerte de Lahore, cuya construcción comenzó bajo el emperador Akbar en el siglo dieciséis y fue continuada y enriquecida por sus sucesores Jahangir, Shah Jahan y Aurangzeb, es un complejo monumental que abarca más de veinte hectáreas e incluye palacios, mezquitas, jardines, salas de audiencia y salones de entretenimiento de una elegancia y una riqueza decorativa sin igual. Los Jardines de Shalimar, construidos por Shah Jahan en 1641-1642, son el ejemplo más completo y mejor preservado del jardín mogol en el Punjab, con sus tres terrazas, sus cientos de fuentes y sus pabellones de mármol blanco.
El Conjunto Histórico de Thatta (1981) comprende los monumentos históricos de la antigua capital del Sind y sus alrededores, incluyendo la Mezquita de Shah Jahan y la Necrópolis de Makli. Thatta fue durante varios siglos la principal ciudad del Sind y el centro político y cultural de la región antes de perder su importancia ante el auge de Karachi. La Mezquita de Shah Jahan, con su espectacular decoración de azulejos azules y blancos y sus 93 cúpulas, es una de las obras maestras de la arquitectura islámica del subcontinente. La Necrópolis de Makli, con sus 125.000 tumbas que representan cuatro siglos de historia de las élites del Sind, es uno de los cementerios históricos más grandes e impresionantes del mundo.
El Fuerte de Rohtas (1997), en la provincia del Punjab cerca de la ciudad de Jhelum, es el sexto sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO en Pakistán y el único que no pertenece ni al mundo antiguo ni al Imperio Mogol en su sentido estricto. Construido entre 1541 y 1543 por encargo de Sher Shah Suri, el gobernante afghano que derrocó temporalmente el poder mogol y creó su propio efímero pero notable estado, el Fuerte de Rohtas fue diseñado específicamente para controlar al rebelde raja de los Gakhars, que había apoyado al exiliado Humayun en sus intentos de reconquistar el trono. Con más de cuatro kilómetros de murallas, doce puertas monumentales y una serie de bastiones de dimensiones colosales, Rohtas es uno de los ejemplos más tempranos y mejor conservados de la arquitectura defensiva precolonial de Asia Meridional y un monumento extraordinario a la capacidad constructiva del breve estado de Sher Shah Suri.
Gastronomía Pakistaní y Cultura Culinaria
La cocina pakistaní es una de las grandes tradiciones culinarias del mundo, aunque fuera del subcontinente indio sea relativamente poco conocida. Profundamente influida por la tradición mogola con sus elaboradas especias, sus técnicas de cocina lenta y su amor por la carne y los productos lácteos, la gastronomía pakistaní es también regional en un grado notable: lo que se come en Lahore es diferente de lo que se sirve en Karachi, y la cocina pastún de Peshawar tiene poca semejanza con la de las comunidades Balti del Karakórum.
El nihari es quizás el plato más emblemático de Lahore y uno de los grandes platos de carne de cocción lenta del mundo. Consistente básicamente en jarrete de ternera o de cordero (aunque también se prepara con carne de cabra) cocinado durante horas, a veces durante toda la noche, en un caldo aromático enriquecido con una mezcla de especias que incluye cardamomo, anís estrellado, jengibre, cúrcuma y ají, el nihari tiene una profundidad de sabor que es el resultado directo de ese proceso de cocción prolongada a fuego muy bajo. El guiso se espesa con harina de trigo al final del proceso y se sirve caliente con abundante aceite burbujando en la superficie, acompañado de naan o de roti de trigo integral y una guarnición de jengibre fresco, cilantro picado, chile verde, limón y en algunos casos de tuétano que se extrae de los huesos.
El haleem, otro de los grandes platos de la cocina mogola y pakistaní, es un potaje de trigo partido, lentejas y carne de res o cordero que también requiere varias horas de cocción lenta y un proceso de martilleo o batido que homogeniza todos los ingredientes hasta crear una pasta densa y extremadamente nutritiva y sabrosa. El haleem es uno de los platos más apreciados durante el mes de Ramadán para la ruptura del ayuno, y en cualquier época del año es el almuerzo favorito de millones de pakistaníes.
La karahi, una técnica de cocina a fuego vivo en una sartén de hierro de base redondeada similar al wok chino, produce uno de los platos más característicos y sabrosos de la cocina pakistaní. El karahi de pollo o de cordero, preparado con tomates frescos, jengibre, ajo, chile verde y una cantidad generosa de ghee (mantequilla clarificada), tiene un sabor intenso y un poco picante que contrasta con la relativa sutileza de otras preparaciones pakistaníes. El karahi Peshawar, preparado con únicamente tomate, jengibre y chile sin otras especias, es considerado por muchos aficionados a esta cocina como la versión más pura y auténtica del plato.
El biryani, el arroz aromático preparado con capas de arroz basmati, carne marinada y una compleja mezcla de especias incluida la azafrán, tiene en Pakistán tantas versiones regionales como provincias y ciudades tiene el país. El biryani de Karachi, especialmente picante y aromático, es diferente del biryani de Lahore, que tiende a ser más suave y fragante; el biryani de la comunidad bohri de Karachi, con sus sabores únicos derivados de la cocina yemení, es diferente a su vez del biryani de estilo mogol que se sirve en los restaurantes más tradicionales de Lahore e Islamabad.
El chapli kebab es la contribución más célebre de la cocina pastún a la gastronomía del subcontinente. Este kebab plano de carne de ternera o de cordero picada, mezclada con cebolla, tomate, cilantro, pimiento rojo y una mezcla de especias que puede incluir semillas de granada, se fríe en una generosa cantidad de aceite o ghee hasta que queda crujiente por fuera y jugoso por dentro. El nombre chapli proviene probablemente del pastún chapli, que significa "sandalias", en referencia a la forma plana y redondeada del kebab. El chapli kebab se come con naan, pan plano o simplemente con rodajas de cebolla cruda y limón, y es uno de los platos que el viajero recuerda con más nostalgia después de haber abandonado Pakistán.
El sajji, el plato más representativo de la cocina de Baluchistán, es un cordero entero (o medio cordero, o el cuarto trasero) marinado simplemente en sal y en alguna especia aromática local, ensartado en una estaca larga y asado lentamente a fuego de leña durante varias horas hasta que la piel exterior queda crujiente y la carne interior está tierna y jugosa. El sajji requiere paciencia y un conocimiento empírico del fuego que se transmite entre generaciones de cocineros baluchis, y el resultado es un plato de una sencillez y una perfección que desmiente la falsa equivalencia entre complejidad y calidad.
El desayuno lahori es una institución en sí misma. La halwa puri, servida en los mejores establecimientos de la ciudad desde la primera hora de la mañana, combina una sémola dulce (halwa) preparada con harina de sémola tostada en ghee con azúcar y cardamomo, dos tipos de curry de garbanzo, uno más seco y especiado y otro en salsa más líquida, y puri, pan de trigo inflado frito en aceite caliente. El conjunto es calórico, aromático y sabroso en un grado que hace difícil la moderación. La lassi, la bebida tradicional del Punjab hecha con yogur batido con agua o leche, azúcar y a veces rosas o mango, es el acompañamiento perfecto para este desayuno.
La cultura del chai, el té, ocupa en Pakistán un lugar comparable al que el café ocupa en las sociedades mediterráneas. El chai doodh patti, literalmente "hojas de té y leche", es la preparación básica del té pakistaní: hojas de té negro (habitualmente de Assam o Darjeeling) cocinadas directamente en leche entera con azúcar hasta producir un brebaje espeso, cremoso y dulce de color marrón cobrizo. El chai kawa de las comunidades de habla pastún, preparado con té verde, cardamomo, canela, azafrán y a veces almendras tostadas, es una variación más delicada y fragante. El karwa chai de Cachemira, de color rosado debido al proceso de batido aireado y sazonado con bicarbonato, es quizás el más sofisticado e inusual de los tés regionales de Pakistán.
Los dulces pakistaníes forman una tradición repostera de extraordinaria riqueza y variedad. El barfi, un dulce sólido preparado con leche condensada reducida a fuego lento, azúcar y saborizantes como pistacho, cardamomo o rosas, se presenta en cuadrados plateados o diamantes recubiertos de varka, una hoja de plata comestible de grosor casi imperceptible. El gulab jamun, bolitas de leche en polvo fritas en aceite y remojadas en almíbar de rosas, es el dulce favorito de las celebraciones en casi todo el país. La jalebi, un crujiente espiral de harina de garbanzo frita y bañada en almíbar de azafrán, es el aperitivo dulce por excelencia de los festivales y los mercados callejeros. El ras malai, bolas de queso cottage fresco remojadas en leche aromatizada con cardamomo y decoradas con pistachos, es considerado por muchos el más refinado y elegante de los dulces del subcontinente.
Las frutas secas y los frutos secos de la región de Hunza y del norte de Pakistán en general tienen una reputación legendaria, en parte basada en las historias, a veces exageradas pero fundamentalmente ciertas, sobre la longevidad y la buena salud de los habitantes de Hunza, que históricamente atribuían su vigor a una dieta rica en albaricoques secos, nueces, almendras y otras frutas de los árboles que cubren las terrazas de los valles. Los albaricoques de Hunza, secos al sol según el método tradicional, tienen una concentración de sabor y nutrientes que los hace incomparables con cualquier versión comercial. En los mercados de Karimabad se venden por kilos, junto con nueces, pasas y moras secas, a precios que hacen que los viajeros suelan cargar en sus mochilas todo lo que pueden transportar.
Arte, Cultura E Historia
La historia del territorio que hoy constituye Pakistán es una de las más largas, densas y complejas del mundo, una sucesión de civilizaciones, imperios y culturas que se superpusieron, se fusionaron y se transformaron mutuamente a lo largo de milenios. Comprender esta historia es esencial para comprender el Pakistán contemporáneo y para apreciar en toda su profundidad el patrimonio cultural que el viajero encontrará en cada rincón del país.
La historia humana en la región comienza con la Civilización del Valle del Indo, ya descrita en su propio capítulo, y continúa con la llegada de las tribus ario-indoiranias alrededor del 1500 antes de nuestra era, cuyas tradiciones religiosas y literarias eventualmente dieron origen al hinduismo y al sánscrito. El Imperio Aqueménida persa, bajo Darío el Grande, conquistó la región del Gandhara y el Punjab hacia el 519 antes de nuestra era, convirtiendo estas regiones en satrapías del mayor imperio que hasta entonces había conocido el mundo. Los persas dejaron una profunda huella cultural en la región, introduciendo la administración burocrática, el arameo como lengua franca y el zoroastrismo como religión de la élite dominante.
Alejandro Magno atravesó el territorio pakistaní en 326 antes de nuestra era en lo que fue la campaña más lejana de la historia de las conquistas macedónicas. Después de cruzar el río Indo, Alejandro encontró su único campo de batalla importante en la región en la Batalla del Hidaspes, donde derrotó al poderoso rey indio Poros en una de las últimas victorias militares de su carrera. Aunque la presencia de Alejandro fue breve, sus consecuencias culturales fueron duraderas, sembrando las semillas del encuentro entre las tradiciones artísticas y filosóficas griegas y las del subcontinente que eventualmente dio origen al arte Gandara.
El Imperio Maurya, fundado por Chandragupta Maurya con el asesoramiento del estratega Chanakya, incorporó la región del Punjab y el Gandara a su dominio tras la partida de Alejandro. Bajo el gran emperador Ashoka (268-232 antes de nuestra era), el nieto de Chandragupta que abrazó el budismo después de la sangrienta conquista de Kalinga, el territorio de Pakistán vivió uno de sus períodos de mayor prosperidad y estabilidad. Los edictos de Ashoka, grabados en rocas y pilares a lo largo de todo su imperio, incluyen varios ejemplares en el actual territorio pakistaní, incluyendo los famosos edictos de Shahbazgarhi y Mansehra en la actual provincia de Jaiber Pajtunjuá.
La conquista árabe del Sind en el año 711 de la era común, encabezada por el joven general Muhammad bin Qasim a los órdenes del califato omeya, fue el primer contacto permanente del territorio pakistaní con el islam. Aunque la conquista fue inicialmente limitada al Sind y el sur del Punjab, tuvo consecuencias históricas profundas: el islam echó raíces en el subcontinente a través de este primer punto de contacto y, durante los siglos siguientes, se fue extendiendo por toda la región a través de la predicación de maestros sufíes como Data Ganj Bakhsh en Lahore y Lal Shahbaz Qalandar en el Sind.
El Imperio Mogol, fundado por Babur en 1526 tras su decisiva victoria en la Primera Batalla de Panipat, fue la culminación de siglos de cultura islámica en el subcontinente y el gran mecenas del arte y la arquitectura que el viajero encontrará en Lahore y en otras ciudades históricas de Pakistán. Babur, descendiente de Tamerlán por línea paterna y de Gengis Kan por línea materna, era un hombre de acción pero también un poeta y un amante de los jardines que escribió una autobiografía, el Baburnama, que es uno de los textos literarios más extraordinarios de la literatura turca y persa medieval.
Sus sucesores, Humayun (con cuyo reinado intermitente el imperio recuperó el impulso tras su expulsión temporal por Sher Shah Suri), Akbar (bajo quien el empire alcanzó su máxima extensión y cuya política de tolerancia religiosa fue uno de los experimentos de gobierno más avanzados de su tiempo), Jahangir (mecenas de las artes y sobre todo de la pintura en miniatura), Shah Jahan (constructor del Taj Mahal, del Fuerte Rojo de Delhi y de los grandes monumentos de Lahore) y Aurangzeb (el último de los grandes emperadores, cuya política de rigorismo religioso debilitó las bases de tolerancia sobre las que el empire había prosperado), construyeron juntos un legado cultural que impregna aún hoy la música, la arquitectura, la gastronomía y la sensibilidad estética de Pakistán.
La música pakistaní tiene en el qawwali su expresión más conocida internacionalmente. El qawwali es la música devocional sufí, cantada en reuniones de dhikr o remembranza de Dios y en las visitas a los santuarios de los santos islámicos. El cantante de qawwali y sus músicos ejecutan composiciones en urdu, punjabi, persa o arabey que buscan inducir en los oyentes un estado de elevación espiritual, un ecstasy devocional conocido como hal o wajd. El artista que llevó el qawwali al mundo entero fue Nusrat Fateh Ali Khan (1948-1997), uno de los cantantes más prodigiosamente dotados del siglo veinte, cuya voz de tenor era capaz de sostenerse en improvisaciones de horas de duración con una energía y una creatividad vocal que electrizaban a los oyentes incluso cuando no comprendían las palabras.
El arte de los camiones pakistaníes es quizás la forma de arte popular más inmediatamente visible y más característicamente pakistaní que existe. Los camiones y autocares del país son transformados por artesanos especializados en obras de arte rodantes de extraordinaria exuberancia decorativa: la carrocería pintada con motivos florales, paisajes de montaña, retratos de líderes políticos y religiosos, letreros caligráficos y escenas de la vida cotidiana; la cabina adornada con cadenas, borlas, espejos y figuras de metal; los paneles laterales decorados con tallas en madera y relieves de latón. Cada camión es una declaración de identidad regional, religiosa y personal de su propietario, y el conjunto de la flota de transporte pakistaní forma una galería de arte ambulante de una vitalidad y una originalidad difíciles de encontrar en ningún otro lugar del mundo.
El cricket es en Pakistán lo que el fútbol es en Argentina o el béisbol en Cuba: no simplemente un deporte sino una parte fundamental de la identidad nacional, el escenario donde se proyectan las esperanzas colectivas y donde los héroes nacionales alcanzan sus dimensiones míticas. La selección pakistaní de cricket, que ha producido jugadores de la categoría de Imran Khan, Wasim Akram, Waqar Younis, Inzamam-ul-Haq y Shahid Afridi, ha ganado el Campeonato Mundial de Cricket (entonces Copa del Mundo de Cricket) en 1992 bajo la capitanía de Imran Khan y ha sido finalista en múltiples ocasiones. El squash es otro deporte donde Pakistán ha producido campeones mundiales de manera consistente, incluyendo a Jahangir Khan, considerado por muchos el mejor jugador de squash de todos los tiempos, y a Jansher Khan, que ganó ocho títulos mundiales.
Trekking y Aventuras Al Aire Libre
Para los amantes de la naturaleza y las actividades al aire libre, Pakistán ofrece oportunidades que no tienen paralelo en ningún otro país del mundo. El norte del país concentra cinco de las catorce montañas de más de ocho mil metros del planeta, incluyendo el K2, el Broad Peak, el Gasherbrum I, el Gasherbrum II y el Nanga Parbat, así como glaciares, valles y mesetas de una belleza que desafía toda descripción.
El trekking al Campo Base del K2 es considerado uno de los grandes trekkings del mundo por la calidad y la escala del paisaje montañoso que ofrece. El itinerario clásico parte de Skardu en un vuelo o viaje en jeep hasta Askole, la última aldea en la ruta al K2, y desde allí avanza sobre el glaciar Baltoro durante aproximadamente cinco a siete días de marcha hasta llegar a Concordia, la confluencia de glaciares donde el K2 se revela en toda su magnificencia. La ruta completa, hasta el Campo Base y de regreso, requiere entre doce y diecisiete días de marcha y una preparación física considerable, pero no requiere habilidades técnicas de alpinismo. Lo que requiere es resistencia, aclimatación a la altitud y una tolerancia al esfuerzo físico continuado durante días.
Los Prados de Hadas, en el norte de la región de Diámir, ofrecen una de las experiencias de trekking más accesibles y más visualmente impactantes del norte de Pakistán. Desde estos prados alpinos a 3.300 metros de altitud, el Nanga Parbat se eleva directamente ante el espectador en toda su masa de hielo y roca, mostrando la célebre cara Rupal, la pared más alta del mundo con una diferencia de altitud de unos 4.600 metros entre la base y la cima. Los Prados de Hadas tienen además el encanto de las praderas alpinas en verano: flores silvestres, arroyos de agua cristalina, mariposas y el sonido del viento entre los pinos.
La Meseta Deosai, a una altitud media de aproximadamente 4.000 metros sobre el nivel del mar y con una extensión de unos 3.000 kilómetros cuadrados, es uno de los altiplanos habitados más altos del mundo y un ecosistema de una rareza y una belleza extraordinarias. En verano, cuando la nieve se derrite y los ríos vuelven a fluir, la meseta se cubre de praderas alpinas de un verde intenso salpicadas de flores silvestres de vivos colores, convirtiéndose en uno de los paisajes más hermosos de Asia. La Meseta Deosai es también el hogar del oso pardo del Himalaya (Ursus arctos isabellinus), uno de los mamíferos grandes más amenazados del subcontinente, y el Parque Nacional de Deosai fue creado precisamente para proteger a esta población.
El río Indo y sus afluentes ofrecen algunas de las mejores aguas bravas de Asia para el kayak y el descenso en balsa. Los tramos más desafiantes están en las gargantas que el Indo corta a través de las montañas del norte, donde las aguas rápidas y los remolinos crean retos de grado cuatro y cinco que atraen a kayakistas expertos de todo el mundo. Las empresas de turismo de aventura con base en Gilgit y Skardu organizan expediciones de rafting que combinan el descenso de las aguas rápidas con la contemplación de paisajes montañosos de una grandiosidad excepcional.
Información Práctica de Viaje
Pakistán es hoy un destino accesible y relativamente bien organizado para el viajero independiente, con infraestructuras de transporte, alojamiento y guías turísticos que han mejorado considerablemente en los últimos años en respuesta al creciente interés del turismo internacional.
Los aeropuertos internacionales principales de Pakistán son el Aeropuerto Internacional Benazir Bhutto de Islamabad (código IATA ISB), el Aeropuerto Internacional Allama Iqbal de Lahore (LHE) y el Aeropuerto Internacional Jinnah de Karachi (KHI). Los tres tienen vuelos directos o con escala única desde la mayoría de las principales ciudades del mundo. El Aeropuerto de Peshawar (PEW) tiene vuelos regionales y algunos internacionales, y el Aeropuerto de Skardu (KDU) conecta la capital del Baltistán con Islamabad en vuelos que con frecuencia dependen de las condiciones meteorológicas.
El sistema de visados pakistaní ha experimentado una transformación positiva en los últimos años con la introducción del visado electrónico (e-visa), disponible para los ciudadanos de más de cincuenta países. El proceso de solicitud en línea es relativamente sencillo y los tiempos de respuesta suelen ser de unos pocos días. Los ciudadanos de países como Estados Unidos, el Reino Unido, los estados miembros de la Unión Europea, Canadá, Australia y muchos otros pueden obtener visados turísticos de hasta sesenta días con posibilidad de extensión. Los viajeros que planean visitar las zonas tribales o las Áreas de Cachemira administradas por Pakistán pueden necesitar permisos adicionales que gestionan las autoridades locales o las agencias de viaje.
La moneda oficial de Pakistán es la Rupia pakistaní (PKR), cuyo tipo de cambio ha experimentado volatilidad significativa en los últimos años en el contexto de las dificultades económicas del país. Los cajeros automáticos están disponibles en las principales ciudades, pero en las regiones remotas del norte el efectivo es imprescindible ya que los servicios bancarios son limitados o inexistentes. Las tarjetas de crédito son aceptadas en los hoteles y restaurantes de categoría de las grandes ciudades, pero en el resto del país el pago en efectivo es la norma.
El urdu es el idioma oficial del país y la lengua de comunicación nacional, comprendido y hablado con distintos grados de competencia por la gran mayoría de la población educada. El inglés tiene también estatus de idioma oficial y es la lengua de la administración, la educación superior, los negocios y una parte de los medios de comunicación. Las lenguas regionales incluyen el punjabi (hablado por la mayoría de la población), el sindhi, el pastún, el baluchi, el siraiki, el hindko y muchas otras lenguas de las minorías étnicas del norte. Los viajeros que hablen inglés o urdu podrán comunicarse sin problemas en las ciudades principales y en los circuitos turísticos establecidos.
El código de vestimenta en Pakistán es conservador, especialmente para las mujeres. Las visitantes femeninas deben llevar ropa que cubra los brazos y las piernas, y en las zonas más conservadoras del noroeste y en los entornos religiosos se recomienda llevar también la cabeza cubierta. Los hombres deben evitar los pantalones cortos en entornos urbanos y religiosos. La ropa tradicional pakistaní, el shalwar kameez (pantalón holgado y túnica larga), es cómoda, práctica, respetuosa de las costumbres locales y fácilmente disponible en los bazares a precios muy asequibles.
La hospitalidad pakistaní está justificadamente considerada entre las más generosas y genuinas del mundo. El concepto pastún del melmastia, la obligación sagrada de recibir y atender al huésped, se extiende con variantes a todas las regiones y grupos étnicos del país. Los viajeros independientes que se aventuran fuera de los circuitos turísticos establecidos descubrirán con frecuencia que se les invita espontáneamente a compartir una comida, a tomar el chai o incluso a pasar la noche en casa de personas que acaban de conocer. Este tipo de encuentros, que pueden ser inicialmente desconcertantes para los viajeros procedentes de culturas donde la privacidad y la desconfianza hacia los extraños son la norma, son a menudo los recuerdos más valiosos que los visitantes se llevan de Pakistán.
La seguridad es un tema que preocupa legítimamente a muchos viajeros potenciales, y es importante abordarlo con honestidad y matices. Pakistán es un país grande y diverso donde las condiciones de seguridad varían enormemente según la región y el momento. Las grandes ciudades de Islamabad, Lahore, Karachi y Peshawar, así como los circuitos turísticos del norte, son en general seguros para los visitantes extranjeros que toman las precauciones habituales. Las regiones fronterizas con Afganistán y algunas zonas de Baluchistán tienen situaciones más complejas que requieren información actualizada y en muchos casos acompañamiento oficial. La consulta de los consejos de viaje actualizados de las autoridades del país de origen, así como el contacto con agencias de viaje locales de confianza, es el mejor punto de partida para planificar un itinerario seguro.
Festivales y Eventos
El calendario festivo de Pakistán combina celebraciones religiosas islámicas, festivales culturales regionales y eventos modernos que atraen a visitantes de todo el mundo. Participar en alguno de estos eventos puede transformar radicalmente la experiencia de viaje, añadiendo dimensiones de color, música, emoción y contacto humano que ninguna visita a los monumentos puede ofrecer por sí sola.
El Festival de Polo de Shandur, celebrado cada año en julio en el Paso de Shandur a 3.734 metros sobre el nivel del mar, es quizás el festival deportivo más espectacular de Pakistán. El Paso de Shandur, en el corazón de las montañas que separan el Chitral del Gilgit-Baltistán, alberga el que se reclama como el campo de polo más alto del mundo. Durante tres días, los equipos de Chitral y de Gilgit se enfrentan en partidos de polo de estilo libre que se juegan según reglas más informales que el polo moderno: los jugadores pueden ser muchos, las reglas son flexibles y el juego es de una ferocidad y una velocidad que contrasta con la elegancia a veces afectada del polo de tipo europeo. El festival atrae a miles de espectadores que acampan en los prados alpinos alrededor del campo, y la combinación de deportes, música folk, danzas tribales y el paisaje montañoso hace de Shandur uno de los festivales más memorables de Asia.
Los Festivales Kalash son los eventos culturales más únicos de Pakistán y quizás de toda Asia Meridional. Los tres festivales principales del calendario Kalash son el Chilam Joshi en mayo, que celebra la llegada de la primavera y el regreso de los rebaños a los pastos de verano; el Uchal en agosto, que conmemora la elaboración del queso en los pastos de altura; y el Chaomos en diciembre, el festival más importante, que marca el solsticio de invierno y es una celebración de varios días de música, danza, rituales de purificación, sacrificios y festines comunitarios. La participación de los visitantes en estos festivales es bienvenida, pero requiere sensibilidad y respeto hacia las tradiciones y la privacidad de una comunidad que vive bajo una presión creciente de asimilación.
El Eid ul-Fitr, que marca el fin del mes de ayuno de Ramadán, y el Eid ul-Adha, que conmemora la disposición de Abraham a sacrificar a su hijo, son las dos festividades religiosas más importantes del calendario islámico y los momentos en que el país entero se paraliza durante varios días para la celebración familiar, la oración comunitaria y la distribución de comida y regalos entre los más desfavorecidos. Visitar Pakistán durante el Eid puede ser una experiencia extraordinaria de participación en una celebración colectiva de dimensiones nacionales, aunque también implica enfrentarse a la dificultad de conseguir transporte y alojamiento.
El Festival Literario de Lahore, celebrado anualmente en enero o febrero, es el principal evento cultural de este tipo en Pakistán y uno de los festivales literarios más importantes de Asia Meridional. Durante varios días, autores, poetas, periodistas, académicos y artistas pakistaníes e internacionales debaten sobre literatura, política, cultura y sociedad ante audiencias que suelen agotar las capacidades de los recintos. El festival refleja la vibrante vida intelectual de Lahore y es un recordatorio de que Pakistán tiene una tradición literaria en urdu y en inglés de gran riqueza y calidad.
El festival de cometas Basant, una celebración de la llegada de la primavera con raíces en la tradición hindú que los lahori de todas las religiones han abrazado con entusiasmo durante generaciones, fue durante décadas una de las experiencias más festivas y coloridas del año en Lahore. Los tejados de la ciudad se llenaban de personas lanzando cometas, los hilos de nailon con polvo de vidrio competían en combates aéreos y el cielo de Lahore se convertía en un tapiz de papel de colores. Aunque el festival ha sido prohibido o restringido en años recientes por razones de seguridad relacionadas con los hilos cortantes, su espíritu persiste en la memoria cultural lahori.
Compras
Los mercados y bazares de Pakistán ofrecen al visitante una experiencia de compras que es en sí misma una forma de turismo cultural y donde se pueden encontrar artesanías de una calidad y una autenticidad que es cada vez más difícil de hallar en Asia Meridional.
El arte de los camiones pakistaníes, en miniatura, ha encontrado un mercado entre los compradores internacionales. Platillos, bandejas, marcos de fotos y todo tipo de objetos decorados con los motivos coloridos del arte de los camiones, incluyendo flores, pájaros, paisajes y caligrafía árabe, están disponibles en varios mercados de Islamabad y Lahore especializados en artesanía.
Los chappal de Peshawar, sandalias de cuero trenzado de suela gruesa que se han fabricado en la Ciudad Amurallada de Peshawar desde hace siglos, son uno de los objetos artesanales más apreciados y más auténticamente pakistaníes que el viajero puede adquirir. Cómodos, duraderos y con un carácter estético que mezcla la funcionalidad pastún con cierta elegancia informal, los chappal de Peshawar han encontrado fanáticos en todo el mundo.
El ajrak, la tela serigrafíada del Sind con sus elaborados patrones geométricos en azul índigo y rojo, es uno de los textiles más reconocibles de Pakistán. Producido con técnicas de bloque de madera que se remontan siglos atrás, el ajrak se usa tradicionalmente en el Sind como chal, como turbante o como manta, y es también un símbolo de identidad y orgullo cultural sindhi que se regala en ocasiones especiales. Los mejores ajraks, confeccionados con telas de algodón de alta calidad y tintes vegetales naturales, pueden costar considerablemente más que las versiones comerciales de menor calidad, pero son obras de artesanía de gran valor.
Los chales de Cachemira, tejidos con la lana del ibis de montaña o con pashmina de la cabra del Himalaya, son el artículo de lujo por excelencia del norte de Pakistán. Los auténticos chales de pashmina, de una suavidad y una calidez incomparables, representan cientos de horas de trabajo artesanal y tienen precios acordes. En los mercados de Islamabad y Lahore, así como en las tiendas de artesanía del Valle de Hunza, se puede encontrar una amplia gama de calidades y precios.
La cerámica azul de Multan es otra de las grandes tradiciones artesanales de Pakistán, directamente ligada a la influencia persa y central-asiática que llegó con los conquistadores mogoles. Los azulejos, vasijas, platos y objetos decorativos de cerámica azul y blanca de Multan tienen una estética que recuerda a la porcelana de Delft o a la cerámica portuguesa, pero con motivos claramente islámicos: arabescos, inscripciones coránicas, flores de loto y patrones geométricos que se combinan con una maestría que es el resultado de siglos de práctica artesanal.

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