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Guía de Viaje a Túnez

Guía de Viaje a Túnez

Velocidad

Introducción

Túnez es uno de los destinos más fascinantes y menos explorados del mundo mediterráneo, un país que reúne en su pequeño territorio milenios de historia, una diversidad paisajística asombrosa y una hospitalidad que ha cautivado a viajeros desde tiempos inmemoriales. Situado en el extremo nororiental del continente africano, este país actúa como un puente natural entre Europa y África, entre el mundo árabe y el mediterráneo, entre las arenas del Sahara y las aguas azules del Mediterráneo. En apenas unos días de viaje es posible contemplar las ruinas de una de las ciudades más poderosas del mundo antiguo, perderse en los laberínticos zocos de una medina medieval, cenar bajo las estrellas en un campamento del desierto y bañarse en playas de arena blanca que rivalizan con los mejores del mundo.

Túnez es un país que sorprende por su variedad. En el norte, las montañas del Atlas Telliano descienden hacia costas verdes y fértiles donde florecen los olivares y los viñedos. En el centro, la llanura esteparia se extiende hacia el horizonte, punteada por los minaretes de antiguas ciudades árabes. En el sur, el Gran Sahara despliega todo su esplendor: dunas de arena dorada, oasis de palmeras datileras, gargantas de roca roja y un cielo nocturno tan cargado de estrellas que parece imposible. Y entre medias, una infinita variedad de paisajes intermedios que incluyen salinas gigantescas, oasis de montaña, valles fluviales, islas con flamencos y pueblos pintados de blanco y azul sobre acantilados mediterráneos.

Pero Túnez no es solo paisaje. Es también historia en estado puro. Aquí se levantó Cartago, la gran rival de Roma, la ciudad fundada por la legendaria reina fenicia Dido cuyas guerras contra la República Romana sacudieron el mundo antiguo. Aquí predicó el islam una de las primeras generaciones de seguidores del Profeta, fundando en Kairuán la primera gran ciudad islámica de África. Aquí construyeron los romanos anfiteatros, capitolios, termas y foros que hoy se conservan entre los mejor preservados del mundo. Aquí vivió Ibn Jaldún, el padre de la sociología moderna, y aquí surgió en 2010 la chispa que encendió la Primavera Árabe y transformó el mundo.

El viajero que llega a Túnez se encuentra ante un mosaico cultural de extraordinaria riqueza. La población tunecina es mayoritariamente árabe y bereber, descendiente de las tribus amazigh que poblaron el norte de África antes de la llegada de los fenicios, pero lleva en su ADN el rastro de fenicios, romanos, vándalos, bizantinos, árabes, otomanos y colonos franceses. Esta mezcla ha producido una cultura única: una cocina que combina el cuscús bereber con las especias árabes y la técnica mediterránea, una arquitectura que mezcla el patio andaluz con el minarete islámico y la columnata romana, una música que une el flamenco hispanoárabe con los ritmos africanos subsaharianos. Túnez es, en definitiva, un país donde cada piedra cuenta una historia y donde cada plato es un viaje en el tiempo.

Este artículo pretende ser una guía exhaustiva para el viajero que desee descubrir Túnez en toda su profundidad. No se trata de un recorrido superficial por los grandes monumentos, sino de un viaje de inmersión en la cultura, la historia, la gastronomía y los paisajes de un país que merece ser conocido con el respeto y la curiosidad que se merecen los grandes destinos del mundo. Desde la medina de Túnez hasta las dunas de Douz, desde el Coliseo de El Jem hasta la sinagoga de Djerba, desde los zafiros del Mediterráneo hasta las arenas doradas del Sahara, esta guía acompañará al lector en un viaje memorable.

Geografía y Clima

Túnez es el país más pequeño del Magreb, pero su geografía encierra una diversidad extraordinaria que desafía las expectativas de quienes lo imaginan como un destino puramente desértico. Con una superficie de 163.610 kilómetros cuadrados, menos grande que el estado de Florida o la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, el país se extiende desde el paralelo 37 norte, a la altura de Sicilia, hasta el paralelo 30 norte, en pleno corazón del Sahara. Esta posición geográfica única determina una variedad climática y paisajística que pocos países de tamaño similar pueden igualar.

El norte del país está dominado por las estribaciones del Atlas Telliano, una cadena montañosa que entra desde Argelia y recorre el noroeste tunecino de oeste a este. Esta zona, conocida como la Kroumirie y la Mogods, es sorprendentemente verde y húmeda, cubierta de bosques de alcornoques, pinos y encinas. El punto más alto del país es el Jebel Chambi, con 1.544 metros de altitud, situado en el centro-oeste cerca de la ciudad de Kasserine. Las montañas del norte reciben precipitaciones anuales que pueden superar los 1.500 milímetros en las zonas más expuestas al Mediterráneo, lo que las hace perfectas para la agricultura y el senderismo.

La costa norte y noreste es una sucesión de golfos, penínsulas y llanuras costeras de extraordinaria fertilidad. El Golfo de Túnez, donde se asienta la capital, es una amplia bahía enmarcada al norte por el Cabo Blanc, el punto más septentrional de África, y al sur por la península del Cap Bon. Esta última es una de las regiones agrícolas más productivas del país, famosa por sus cítricos, sus viñedos y sus campos de flores. La costa oriental, el Sahel, es una franja litoral relativamente plana y muy urbanizada, con importantes ciudades como Hammamet, Sousse, Monastir y Sfax, separadas por playas largas y arenosas que han convertido esta costa en el principal destino turístico de masas del país.

El centro del país es una gran llanura escalonada, la alta estepa y la baja estepa, que desciende gradualmente desde el oeste hacia el este. Esta región, de clima semiárido, está dominada por los cultivos de cereal, los olivares y los pastizales. Las ciudades romanas de Sbeitla y El Jem, el anfiteatro más espectacular del norte de África, se levantan en esta región central. Hacia el sur, la llanura esteparia se transforma gradualmente en la zona presahariana, una franja de transición entre el mundo mediterráneo y el desierto, caracterizada por los chotts, grandes lagos salados que se extienden durante cientos de kilómetros.

El gran Chott el-Djerid, con más de 5.000 kilómetros cuadrados de superficie, es el mayor lago salado de África y uno de los paisajes más extraordinarios del país. En invierno puede llenarse parcialmente de agua, pero en verano se convierte en una inmensa llanura de sal blanca y reluciente, atravesada por la carretera que une Tozeur con Kebili. Los espejismos que se forman sobre su superficie son tan espectaculares que han sido filmados en numerosas ocasiones. Al sur del Chott, el paisaje se transforma definitivamente en el desierto sahariano: dunas de arena, hamadas (llanuras de grava), montañas de roca volcánica y oasis de palmeras que sobreviven gracias a las aguas subterráneas.

El clima de Túnez sigue este patrón geográfico. El norte tiene un clima mediterráneo clásico, con inviernos suaves y lluviosos y veranos calurosos y secos. La capital, Túnez, tiene temperaturas medias de 11 grados en enero y 33 grados en agosto, con precipitaciones concentradas entre octubre y abril. La costa oriental es similar, aunque algo más seca. El interior del país tiene un clima más continental y árido, con veranos más calurosos y fríos más intensos en invierno, especialmente en las zonas de montaña. El sur sahariano es extremadamente árido, con precipitaciones anuales inferiores a los 100 milímetros y temperaturas que pueden superar los 50 grados en verano. Sin embargo, las noches en el desierto pueden ser sorprendentemente frías, especialmente en invierno, cuando las temperaturas pueden bajar a cero o incluso por debajo.

La primavera, entre marzo y mayo, es la mejor estación para visitar el país en su conjunto. Las temperaturas son agradables en todo el territorio, las lluvias han terminado en el norte y el sur aún no ha alcanzado sus temperaturas extremas. Los campos de amapolas y otras flores silvestres tiñen de rojo las llanuras del centro y el norte, y los olivares exhiben su follaje más verde y vigoroso. El otoño, entre septiembre y noviembre, es igualmente recomendable: las temperaturas estivales han cedido, el mar aún está templado para el baño y los paisajes del interior recuperan su frescura tras el verano. El invierno es fresco pero perfectamente soportable en el norte y el centro, y es la mejor estación para visitar el Sahara, cuando el calor extremo no representa ningún peligro. El verano, especialmente en julio y agosto, puede ser agotador en el interior y el sur, aunque la costa es muy agradable gracias a la brisa mediterránea.

Túnez y el Norte

La ciudad de Túnez, capital del país homónimo, es una metrópolis de más de dos millones de habitantes que combina una historia milenaria con la modernidad de una capital árabe contemporánea. Fundada en tiempos prerromanos y refundada como capital del estado tunecino islámico en el siglo IX, la ciudad creció durante siglos en torno a su Gran Mezquita y su medina, hasta que la colonización francesa construyó en el siglo XIX y XX una ciudad nueva de estilo europeo que se extiende desde la Puerta del Mar hacia el este. El resultado es una ciudad dual, con una parte antigua de calles tortuosas y palacios árabes y una parte moderna de bulevares arbolados y edificios art-déco, unidas por la gran avenida Habib Bourguiba, el corazón moderno de la capital.

La Medina de Túnez es uno de los conjuntos urbanos históricos mejor conservados del mundo árabe y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Su laberinto de calles, adarves y pasadizos cubiertos encierra una de las mayores concentraciones de monumentos medievales del Mediterráneo: más de 700 monumentos entre mezquitas, madrasas, zawiyas, palacetes, hammams y mercados cubiertos. Pasear por la medina es una experiencia que transporta al visitante a la época de los califas: el aroma del jazmín y del incienso flota en el aire, los artesanos trabajan en sus talleres de cobre y cuero siguiendo técnicas centenarias, los vendedores de especias exhiben sus pirámides de coloridos polvos y los clientes regatean en una lengua que mezcla el árabe dialectal tunecino con palabras turcas, francesas y bereberes.

El centro espiritual y físico de la medina es la Gran Mezquita Ez-Zitouna, la Mezquita de la Aceituna, fundada en el año 698 de nuestra era y ampliada en sucesivas épocas hasta alcanzar su forma actual. Es la mezquita más antigua e importante de Túnez y fue durante siglos una de las más grandes universidades islámicas del mundo, donde estudiaron teología, filosofía y jurisprudencia miles de alumnos llegados de todo el norte de África y Al-Andalus. La mezquita no es accesible al interior para los no musulmanes, pero el paseo por sus alrededores permite admirar sus imponentes columnas de mármol, sus mosaicos zéllij de colores, el minarete cuadrado de influencia aghlabí y los zocos especializados que se organizan a su alrededor: el zoco de los libreros, el de los perfumeros, el de los joyeros y el de los fabricantes de chechia, el característico gorro rojo tunecino.

Los zocos de la medina de Túnez están organizados por oficios según una tradición que se remonta a la época medieval. El Souk el-Trouk era el mercado de los artesanos turcos, el Souk el-Attarine el de los perfumeros y especieros, el Souk el-Birka el de los esclavos en la antigüedad y hoy convertido en mercado de joyería, y el Souk el-Kaddachine el de los fabricantes de zapatos. El Souk el-Leffa es el gran mercado de telas y prendas de vestir, donde se apilan metros y metros de brocados, terciopelos, sedas y algodones de colores vivos. Los zocos del cobre son especialmente espectaculares: el sonido de los martillos sobre el metal llena el aire mientras los artesanos repujan lámparas, bandejas, teteras y otros objetos decorativos siguiendo diseños que apenas han cambiado en siglos.

La Puerta del Mar, conocida en árabe como Bab el-Bhar y coloquialmente llamada Puerta de Francia, es el punto de unión entre la medina histórica y la ciudad nueva. Esta puerta de arco tripartito construida en el siglo XIX marca el límite entre los dos mundos y es uno de los puntos de encuentro más animados de la ciudad. Al otro lado de la puerta, la avenida Habib Bourguiba se extiende hasta el lago de Túnez con sus palmeras, sus terrazas de café y su ambiente ajetreado. A lo largo de esta avenida se encuentran el Teatro Municipal de estilo art-nouveau, la Catedral de San Luis de estilo neobizantino, los grandes hoteles coloniales y los ministerios del Estado. Es el lugar donde los tunecinos pasean al atardecer, se reúnen en los cafés y, en momentos históricos como la Revolución de 2010, se concentran para manifestar su voluntad política.

El Museo Nacional del Bardo, situado en el antiguo palacio beyical a las afueras del centro histórico, es uno de los museos más importantes del mundo y alberga la mayor colección de mosaicos romanos del planeta. El edificio en sí es una joya arquitectónica: un palacio beylical del siglo XIX cuyas salas de techos artesonados y paredes decoradas con azulejos policromos alojan ahora piezas de incalculable valor arqueológico. Los mosaicos del Bardo son extraordinarios por su número, su tamaño y su calidad artística: hay mosaicos que representan escenas mitológicas, otros que muestran la vida cotidiana romana, los espectáculos del anfiteatro, las cacerías en el campo, los barcos en el mar y los dioses del Olimpo. El famoso mosaico de Ulises y las sirenas, de grandes dimensiones, es uno de los más fotografiados, pero hay docenas de piezas igualmente impresionantes en cada sala del museo. El Bardo alberga también colecciones prehistóricas, fenicias, romanas, paleocristianas, islámicas y contemporáneas, lo que lo convierte en un recorrido completo por la historia de Túnez desde los tiempos más remotos hasta la época moderna.

Sidi Bou Saïd es uno de los pueblos más fotografiados del norte de África y uno de los más encantadores del Mediterráneo. Situado sobre un acantilado de 130 metros que domina el Golfo de Túnez, a apenas 20 kilómetros de la capital, este pequeño pueblo pintado de blanco y azul es un remanso de paz y belleza que ha atraído a artistas, escritores y viajeros durante más de un siglo. El nombre del pueblo rinde homenaje a un santón sufí del siglo XIII que escogió este promontorio para su retiro espiritual y cuya tumba se conserva en una zawiya al borde del precipicio. Durante el siglo XIX, el bey hafsí decretó que todas las casas del pueblo debían pintarse de blanco con los marcos de las puertas y ventanas de azul cobalto, creando la estética característica que hoy hace famoso al lugar.

Las calles empedradas de Sidi Bou Saïd suben y bajan entre muros encalados sobre los que asoman las copas de los naranjos y las glicinas. Las puertas monumentales de madera tallada, algunas con clavos de hierro forjado en forma de mano de Fátima, son uno de los rasgos arquitectónicos más llamativos del pueblo. Las jaulas de pájaros de madera y alambre, pintadas en los colores turquesa y amarillo del pueblo, son un artículo artesanal típico que se vende en cada tienda. Desde la terraza del Café des Nattes, el café más famoso del pueblo, se domina una vista incomparable sobre el golfo de Túnez y las islas de Zembra y Zembretta. El pueblo fue frecuentado en la primera mitad del siglo XX por Paul Klee, que pintó aquí algunas de sus acuarelas más famosas, y por el compositor Barón d'Erlanger, que dedicó su vida a estudiar la música árabe y construyó el palacio Ennejma Ezzahra, hoy sede del Centre des Musiques Arabes et Méditerranéennes.

Cartago es uno de los nombres más resonantes de la historia antigua. La ciudad fundada según la tradición en el año 814 antes de Cristo por la princesa fenicia Dido, hermana del rey de Tiro, se convirtió en pocas generaciones en la potencia naval y comercial dominante del Mediterráneo occidental, controlando las costas del norte de África, el sur de la Península Ibérica, Cerdeña, Córcega y el oeste de Sicilia. Las Guerras Púnicas que la enfrentaron con Roma entre los siglos III y II antes de Cristo produjeron algunas de las batallas más épicas de la historia antigua y dieron al mundo figuras como Aníbal Barca, el general cartaginés que cruzó los Alpes con sus elefantes y derrotó a los romanos en Trebia, Trasimeno y Cannas. Pero en el año 146 antes de Cristo, tras la Tercera Guerra Púnica, Roma arrasó Cartago hasta sus cimientos, sembró de sal el suelo según la leyenda y se apropió de sus territorios africanos para fundar la provincia de África.

Las ruinas de Cartago se extienden hoy por un área residencial acomodada en las afueras de Túnez, entre Sidi Bou Saïd y Bursa, en lo que es sin duda el barrio suburbano más arqueológico del mundo: entre las villas modernas asoman columnas romanas, muros púnicos y museos al aire libre. El conjunto arqueológico de Cartago fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Los principales sitios son la Colina de Byrsa, el antiguo corazón de la ciudad púnica donde se alza ahora el Museo Nacional de Cartago con sus colecciones de exvotos y joyas fenicias; los Puertos Púnicos, donde se distinguen claramente el puerto comercial circular y el puerto militar, únicos en el Mediterráneo antiguo; el Tophet, el santuario donde según las fuentes antiguas se realizaban sacrificios infantiles; y las magnificas Termas de Antonino, el mayor conjunto termal del mundo romano fuera de Roma, cuyas gigantescas columnas reconstituidas se alzan frente al mar con una presencia imponente.

Dougga es el conjunto arqueológico romano mejor conservado del norte de África y una de las joyas absolutas del patrimonio mundial. Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997, esta ciudad romana se alza sobre una colina a 110 kilómetros al suroeste de Túnez, en una región de colinas y valles verdes que en la antigüedad era conocida por sus cultivos de trigo. La ciudad alcanzó su apogeo en los siglos II y III de nuestra era, cuando algunos de sus ciudadanos más ricos dedicaron sus fortunas a la construcción de los monumentos que hoy admiramos. El elemento más emblemático de Dougga es el Templo del Capitolio, construido en el año 166 y dedicado a la Tríada Capitolina romana formada por Júpiter, Juno y Minerva. Sus seis columnas de orden corintio y su frontón triangular se conservan casi intactos y constituyen una de las imágenes más reproducidas del patrimonio tunecino. Junto al Capitolio se extiende el foro, rodeado de los restos de los edificios públicos de la ciudad, y un poco más lejos el teatro romano, perfectamente conservado, que con sus 3.500 localidades acoge hoy un festival de teatro y música clásica cada verano. El paseo por Dougga es una experiencia memorable: entre los olivos y los cardos, entre las columnas caídas y los pavimentos de mosaico, el visitante puede imaginar con facilidad la vida cotidiana de una próspera ciudad provincial romana del siglo II.

Bulla Regia es uno de los sitios arqueológicos más insólitos y menos conocidos de Túnez. Situada en el noroeste del país, esta ciudad romana se hizo famosa en la Antigüedad por las villas subterráneas que sus habitantes más ricos construyeron bajo tierra para escapar del calor del verano. Los arqueólogos han excavado varias de estas mansiones subterráneas, que tienen una planta completa bajo el nivel del suelo con triclinios, peristilos, baños y habitaciones decoradas con mosaicos de extraordinaria calidad. El efecto al bajar las escaleras y encontrarse con un patio decorado con mosaicos a varios metros bajo tierra es absolutamente fascinante y hace de Bulla Regia una visita imprescindible para los aficionados a la arqueología romana.

Thuburbo Majus es otro de los sitios romanos del norte de Túnez, situado a unos 60 kilómetros al suroeste de la capital. Este gran conjunto arqueológico incluye el Capitolio, el foro, las termas de verano y de invierno, el templo de Mercurio, el templo de Baal-Sat, los talleres de aceite y varios mosaicos in situ. Aunque el estado de conservación es menos espectacular que el de Dougga o El Jem, el sitio tiene el encanto de los lugares poco visitados, donde el viajero puede explorar con tranquilidad entre las ruinas sin las aglomeraciones de los grandes sitios turísticos.

Hammamet es el resort turístico más antiguo y famoso de Túnez, una pequeña ciudad costera de la región del Cap Bon que a principios del siglo XX comenzó a atraer a artistas y escritores europeos seducidos por su luz, su medina y sus jardines. Hoy Hammamet es también un gran destino de turismo de masas, con una extensa zona hotelera al norte de la ciudad histórica, pero su antigua medina blanca y su kasbah medieval mantienen su encanto original. Las playas de Hammamet son largas, arenosas y de aguas claras y tranquilas, perfectas para el baño en familia. La casa que habitó George Sebastian, el millonario rumano que convirtió Hammamet en un destino de moda en los años 20, es hoy el Centro Cultural Internacional de Hammamet y acoge uno de los festivales de artes escénicas más importantes del verano tunecino.

Kairuán y el Centro de Túnez

Kairuán es una de las ciudades más sagradas del islam, la cuarta ciudad santa de la religión después de La Meca, Medina y Jerusalén, según la tradición religiosa del Magreb. Su fundación en el año 670 de nuestra era por el general árabe Uqba ibn Nafi, el conquistador del Magreb, marca el inicio de la presencia islámica en el norte de África. Según la leyenda, cuando las tropas de Uqba llegaron al lugar donde hoy se levanta la ciudad, un pájaro levantó el vuelo y al posarse de nuevo encontró debajo un cuenco de oro que el Profeta había usado en La Meca: fue la señal divina para fundar allí la nueva ciudad del islam. Kairuán se convirtió rápidamente en el centro político, religioso y cultural del Magreb islámico, y durante los siglos VIII y IX, bajo la dinastía aglabí, alcanzó un esplendor que la situó entre las primeras ciudades del mundo islámico.

La Gran Mezquita de Kairuán, también conocida como Mezquita de Uqba, es el monumento más sagrado e importante del Magreb islámico. Fundada en el año 670 y ampliada y embellecida en varias fases a lo largo de los siglos siguientes, es la mezquita más antigua de África y uno de los edificios religiosos más importantes del mundo islámico. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO junto con el conjunto de Kairuán en 1988. El edificio actual tiene planta rectangular, con un gran patio de mármol en el centro rodeado por pórticos de columnas de granito y mármol procedentes en su mayoría de los yacimientos romanos de la región. La sala de oración, a la que los no musulmanes no tienen acceso, contiene el mihrab más antiguo del mundo decorado con azulejos de loza, traídos según la tradición desde Bagdad. El minarete de tres cuerpos que se levanta sobre el lado norte del patio es considerado el prototipo de todos los minaretes del Magreb y Al-Andalus. El conjunto transmite una solemnidad y una pureza arquitectónica extraordinarias, y es quizás el monumento más emocionante de todo Túnez.

Las Cuencas Aghlabíes son otro testimonio del esplendor de Kairuán bajo la dinastía aglabí. Construidas en el siglo IX para almacenar y purificar el agua de los acueductos que abastecían la ciudad, estas dos grandes piscinas circulares de mampostería son una obra de ingeniería hidráulica de primer nivel para la época. La más grande tiene 128 metros de diámetro y 5 metros de profundidad y está conectada a una piscina de sedimentación más pequeña a través de un canal central. Aunque ya no contienen agua, la visión de estas estructuras circulares de piedra en medio del paisaje árido que rodea la ciudad tiene una belleza austera y matemática que impresiona al visitante. Las cuencas son también una prueba del alto nivel urbanístico y técnico de la civilización islámica medieval.

La Mezquita de las Tres Puertas es uno de los monumentos más pequeños pero más elegantes de Kairuán. Construida en el siglo IX y famosa por su fachada de piedra finamente esculpida, decorada con inscripciones cúficas y motivos geométricos de una delicadeza extraordinaria, es considerada uno de los más bellos ejemplos de la arquitectura islámica aghlabí. La medina de Kairuán, declarada patrimonio mundial junto con la Gran Mezquita, conserva también numerosos mausoleos de santos y santones, hammams históricos, palacios y residencias tradicionales, así como los famosos talleres de alfombras donde se fabrican las mergoum y kilim kairouaníes, reconocidas como las mejores alfombras del norte de África.

El makroudh es el dulce más emblemático de Kairuán, una pasta de sémola rellena de dátiles y especias, frita en aceite y bañada en miel o jarabe de azúcar. La ciudad es famosa en todo Túnez por la calidad de sus makroudh y las pastelerías de la medina son siempre un punto de parada obligada para los visitantes. Se dice que un verdadero makroudh de Kairuán debe estar hecho con dátiles del sur, sémola de grano fino y aceite de oliva virgen extra, y que la miel que lo baña debe ser de tomillo o de romero de la región. Es uno de esos sabores que quedan grabados para siempre en la memoria del viajero.

Sbeitla, la antigua ciudad romana de Sufetula, es uno de los conjuntos arqueológicos más impresionantes de Túnez. Situada a 250 kilómetros al suroeste de Túnez, en la alta estepa tunecina, esta pequeña ciudad romana se hizo famosa en 647 cuando fue el escenario de la batalla que marcó el inicio de la conquista árabe del Magreb, en la que el gobernador bizatino de la región, Gregorio, fue derrotado y muerto. Las ruinas de Sbeitla incluyen un foro perfectamente conservado rodeado por tres templos dedicados a los dioses capitolinos Júpiter, Juno y Minerva, cuyas columnatas y frontones se yerguen contra el cielo azul de la estepa con una majestuosidad que impresiona. El arco de triunfo del período severiano, las termas, el teatro y las basílicas paleocristianas completan un conjunto de gran interés arqueológico que merece una visita detenida.

El Jem, la antigua Thysdrus romana, alberga el monumento más espectacular y mejor conservado de Túnez: el anfiteatro romano que domina la llanura cerealista del Sahel desde hace casi diecinueve siglos. Construido a principios del siglo III de nuestra era, posiblemente durante el reinado del emperador Gordiano I que fue proclamado emperador precisamente en la ciudad, el anfiteatro de El Jem es el tercero más grande del mundo después del Coliseo de Roma y el anfiteatro de Capua, con una capacidad estimada de 35.000 espectadores. Su estado de conservación es extraordinario: las tres plantas de arcadas de piedra caliza amarilla que conforman la fachada exterior se conservan casi intactas en los dos tercios del perímetro, y el interior, con sus galerías subterráneas donde se alojaban los gladiadores y los animales, es perfectamente visitable. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1979. En verano, el anfiteatro acoge uno de los festivales de música clásica más importantes del norte de África, donde la música de Beethoven y Mahler resuena entre las mismas piedras que en la antigüedad escucharon el rugido de los leones y el clamor de la multitud.

Junto al anfiteatro, el pequeño pero excelente Museo Arqueológico de El Jem conserva algunos de los mosaicos más bellos encontrados en los yacimientos de la ciudad romana, incluyendo el extraordinario mosaico de las Musas y el de los Meses del Año. El propio suelo de la ciudad moderna esconde aún vastas riquezas arqueológicas: los jardines de las casas particulares están llenos de fragmentos de columnas y capiteles que los habitantes usan como asientos o mesas, y en los sótanos de algunos edificios se conservan mosaicos in situ que los propietarios muestran con orgullo a los visitantes.

Mahdia es una ciudad portuaria fundada en el año 916 como primera capital del califato fatimí, la dinastía ismaelita que desde Túnez extendió su poder hasta Egipto y fundó la ciudad de El Cairo. Construida en la punta de una estrecha península que avanza en el Mediterráneo, Mahdia conserva una medina histórica de gran belleza, con calles estrechas, casas blancas y la gran puerta de piedra llamada Skifa el-Kahla que da acceso al corazón de la ciudad antigua. El puerto pesquero de Mahdia, uno de los más activos de la costa tunecina, es el lugar ideal para comprar el marisco más fresco y ver los coloridos botes de pesca zarpar al amanecer. La ciudad es también famosa por sus talleres de seda y brocado, herederos de una tradición artesanal que se remonta a los tiempos fatimíes.

Sousse es la tercera ciudad de Túnez y uno de los destinos turísticos más populares del país. Su medina, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1988, es una de las más auténticas y mejor conservadas de la costa tunecina. El ribat de Sousse, una fortaleza monástica militar del siglo VIII construida para defender la costa de los ataques desde el mar, es uno de los edificios mejor conservados de la época aghlabí. Su torre de vigilancia, desde la que se domina una panorámica incomparable sobre la medina y el mar, fue durante siglos el alminar desde el que se llamaba a la oración. La Gran Mezquita de Sousse, también del siglo IX, es otro ejemplo notable de la arquitectura aghlabí, con su patio de mármol y su minarete cuadrado. El Museo Arqueológico de Sousse, situado en la kasbah, alberga una colección de mosaicos romanos de primera categoría, entre los que destaca el mosaico del Triunfo de Baco.

Port el Kantaoui es un complejo turístico de construcción moderna situado al norte de Sousse, diseñado en los años 70 como un puerto y resort integrado de estilo andaluz-árabe. Aunque artificial, el resultado es estéticamente agradable, con el puerto deportivo lleno de yates, los hoteles de cinco estrellas, los campos de golf y los restaurantes de marisco. Es el tipo de resort que atrae al turista que busca comodidad y amenidades sin necesariamente profundizar en la cultura local, pero que tiene la ventaja de estar a pocos kilómetros de las maravillas históricas de Sousse.

Monastir es la ciudad natal de Habib Bourguiba, el padre de la independencia y primer presidente de Túnez, y guarda el mausoleo donde sus restos reposan. La kasbah medieval de Monastir, restaurada y convertida en museo y hotel de lujo, es uno de los edificios más majestuosos de la costa tunecina. La ciudad es también conocida por sus festivales de música y por las espectaculares localizaciones cinematográficas que ha prestado a producciones internacionales, entre ellas La vida de Brian de los Monty Python.

Nabeul, la capital de la región del Cap Bon, es el gran centro de la cerámica tunecina. Sus talleres producen las famosas vajillas, azulejos y objetos decorativos pintados a mano con los diseños geométricos y florales en azul, verde y amarillo que son uno de los artículos artesanales más buscados por los turistas. El mercado del viernes de Nabeul, el más grande de Túnez, es un espectáculo de colores y animación donde se pueden encontrar desde alfombras y cerámica hasta aves de corral y especias. El Cap Bon propiamente dicho, la punta noreste de la península, es un paisaje de cítricos, viñedos y pueblos tranquilos que merece ser explorado con calma, lejos de los circuitos turísticos convencionales.

El Sur y el Sahara

El sur de Túnez es una tierra de contrastes radicales y de una belleza que supera cualquier descripción. Es la región de las montañas rocosas de los ksour, los graneros fortificados bereberes que se alzan como castillos medievales sobre los cerros áridos, y también la de las llanuras infinitas donde el cielo se funde con la tierra en el espejismo del horizonte. Es la tierra de los trogloditas de Matmata, que durante siglos vivieron bajo la superficie del suelo para protegerse del calor, y la de los oasis de palmeras donde el agua brota del subsuelo para nutrir una vegetación exuberante en medio del desierto. Es, sobre todo, la tierra del Sahara, el desierto más grande del mundo, que aquí comienza con toda su majestuosidad de dunas, silencio y estrellas.

Tatouine es la capital de la región más meridional y árida de Túnez, un nombre que cobró fama mundial cuando George Lucas lo utilizó como inspiración para el nombre del planeta natal de Luke Skywalker en la saga de La Guerra de las Galaxias. Y no es casualidad: los paisajes de los alrededores de Tatouine, con sus ksour (plural de ksar) en lo alto de los riscos y su árida belleza, parecen efectivamente de otro planeta. Ksar Ouled Soltane, a unos 30 kilómetros al sur de Tatouine, es el más espectacular de los ksour de la región. Este granero comunitario bereber del siglo XIV es una fortaleza circular de cuatro plantas de ghorfas (almacenes abovedados) que se organizan alrededor de dos patios. El estado de conservación es excepcional y el conjunto, especialmente fotografiado al atardecer cuando la luz de poniente tiñe de oro su piedra ocre, es uno de los más hermosos de todo el sur tunecino.

Ksar Hadada, más al norte, es otro ksar notable que fue utilizado como localización de rodaje para La Amenaza Fantasma, la primera precuela de La Guerra de las Galaxias. Sus ghorfas centenarias se alzan sobre una colina de roca rojiza con una presencia imponente y un poco fantasmagórica, y el conjunto ha sido parcialmente convertido en un pequeño hotel rural donde es posible pasar la noche en una ghorfa restaurada. La zona de Tatouine en general es un territorio extraordinario para los amantes de la arquitectura vernácula: además de los grandes ksour, numerosos pequeños almacenes y aldeas bereberes salpican el paisaje con sus siluetas evocadoras.

Matmata es quizás el pueblo más insólito de Túnez y uno de los más singulares del mundo. Los habitantes de este pueblo bereber de las montañas del sur adoptaron hace siglos una solución radical para los rigores del clima desértico: construir sus casas bajo tierra. Las trogloditas casas de Matmata están excavadas en el suelo, con patios circulares centrales rodeados de habitaciones, establos y almacenes que se acceden desde el patio a través de túneles. Desde el exterior, el paisaje no muestra ninguna señal de habitación humana: el terreno parece desierto hasta que se descubren los pozos circulares que son la entrada a los patios subterráneos. George Lucas filmó en Matmata las escenas del interior de la vivienda del tío Owen y la tía Beru en la primera película de La Guerra de las Galaxias, y el Hotel Sidi Driss, donde se hospedó el equipo de rodaje y que fue utilizado como set, sigue recibiendo hoy a los peregrinos de la saga. Aunque muchos habitantes de Matmata se han trasladado a las casas convencionales de la nueva ciudad cercana, una parte de la comunidad sigue viviendo en las viviendas subterráneas ancestrales, y varias de ellas están abiertas al público como museos vivientes.

Douz se presenta a sí misma como la Puerta del Sahara, y el título está plenamente justificado. Esta ciudad de oasis al borde de las grandes dunas del Gran Erg Oriental es el principal punto de partida para las excursiones al desierto en el sur de Túnez. El gran palmeral de Douz, con más de 400.000 palmeras datileras, es uno de los más grandes del norte de África y el principal sustento económico de la región. La ciudad alberga cada año en diciembre el Festival Internacional del Sahara, uno de los eventos culturales más espectaculares del norte de África, donde las tribus nómadas del desierto se reúnen para exhibir sus tradiciones: las carreras de camellos y caballos, los perros de caza Sloughi, la música y la danza tuareg y los trajes bereberes tradicionales. Desde Douz parten las excursiones en camello hacia las dunas del Gran Erg Oriental, donde es posible ver salir el sol sobre un mar de dunas sin ninguna señal de civilización en el horizonte, en un silencio tan absoluto que resulta casi físicamente tangible.

Ksar Ghilane es un oasis remoto y espectacular situado en el extremo sur del país, en el límite entre las palmeras y las dunas. Para llegar hasta él hay que cruzar decenas de kilómetros de pista por el desierto, pero el esfuerzo queda recompensado por la belleza del lugar: un manantial de agua termal que brota a 30 grados en medio de las dunas, rodeado de palmeras y arbustos, con las grandes dunas del Erg Oriental como telón de fondo. Los campamentos del desierto instalados en los alrededores del oasis ofrecen la experiencia más auténtica del Sahara tunecino: las noches bajo un cielo estrellado de una densidad asombrosa, el silencio roto solo por el viento entre las palmeras, el amanecer sobre las dunas de arena dorada. La excursión en quad o a caballo por las dunas circundantes es una de las aventuras más memorables que puede ofrecer Túnez.

El Chott el-Djerid es el mayor lago salado de África y uno de los paisajes más extraordinarios de todo el continente. Situado en el corazón del sur tunecino, entre las ciudades de Tozeur al norte y Kebili al este, este inmenso depósito de sal tiene más de 5.000 kilómetros cuadrados de superficie y en su mayor parte está cubierto por una costra de sal de varios centímetros de espesor. La carretera que lo atraviesa es una experiencia única: kilómetros y kilómetros de calzada flanqueada por la sal blanca, sobre la que el sol crea espejismos hipnóticos, ilusiones de agua y reflejos de un mundo invertido. En las orillas del chott crecen cristales de sal de formas caprichosas y a veces el viento levanta pequeñas tormentas de polvo blanco que cruzan la calzada. En invierno, después de las lluvias, el chott puede llenarse de agua poco profunda que atrae a flamingos rosados, garcillas y otras aves migratorias, transformando el paisaje mineral en un espejismo lleno de vida.

Tozeur es la gran ciudad oasis del sur tunecino, una ciudad de 40.000 habitantes rodeada por uno de los palmerales más grandes del mundo, con más de un millón de palmeras datileras que producen los famosos dátiles Deglet Nour, literalmente los dátiles de la luz, considerados los mejores del mundo por su transparencia, su dulzura y su delicada textura. La medina de Tozeur, construida con un ladrillo de barro cocido de color ocre dispuesto en intrincados diseños geométricos, es uno de los conjuntos arquitectónicos más originales de Túnez. El Parque Andalucía, un jardín de oasis con fuentes, palmeras y frutales que recrea el paraíso islámico en pleno desierto, es un lugar de descanso y belleza extraordinaria. Desde Tozeur parten las excursiones hacia el Chott el-Djerid, las cañadas de Mides y Chebika, dos oasis de montaña de belleza casi irreal donde el agua cae entre palmeras y flores silvestres sobre rocas de colores que van del rojo al ocre y al blanco.

Nefta, a 25 kilómetros al oeste de Tozeur, es una ciudad más pequeña y tranquila, famosa por su profunda devoción religiosa y por las decenas de cofradías sufíes que tienen aquí sus sedes. La corbeille, una gran depresión natural en el centro de la ciudad donde brotan numerosos manantiales entre las palmeras, es uno de los paisajes más pintorescos del sur. Nefta ha sido siempre un centro de espiritualidad islámica, y la presencia de las zawiya sufíes, con sus cúpulas blancas y sus festivales de música sagrada, le da un carácter particular que la distingue de las otras ciudades del sur.

Djerba es la isla más grande del norte de África, situada en el extremo sureste de la costa tunecina y unida al continente por una calzada de varios kilómetros. Con sus playas de arena blanca, sus aguas turquesas, su clima suave y su ambiente relajado, Djerba es el destino vacacional por excelencia del turismo de masas tunecino e internacional. Sus complejos hoteleros están entre los más modernos y bien equipados del norte de África, y las playas del noreste de la isla, especialmente la playa de Sidi Mehrez, se cuentan entre las más bellas del Mediterráneo. Pero Djerba es mucho más que un resort de playa: es también una isla de extraordinaria riqueza cultural y étnica, con una tradición bereber milenaria, una importante comunidad judía que se remonta a los tiempos del exilio babilónico, una colonia de artesanos del barro en el pueblo de Guellala y una tradición gastronómica de marisco y pescado que es la mejor del país.

El Museo de Guellala, situado en el pueblo alfarero del mismo nombre en el sur de la isla, es uno de los museos más originales de Túnez. Instalado en un edificio de arquitectura tradicional djerbiana sobre una colina, el museo recorre la historia y la cultura de la isla a través de escenas de vida cotidiana representadas por figuras de terracota de tamaño natural: bodas bereberes, ceremonias religiosas, talleres artesanales, fiestas populares. El pueblo de Guellala en sí es un destino fascinante: sus calles están bordeadas por talleres de alfareros que trabajan la arcilla en tornos de madera siguiendo las técnicas ancestrales y producen las tinajas, los platos y las figuritas características de la isla.

La Sinagoga El Ghriba de Djerba es el lugar de culto judío más antiguo de África y uno de los más sagrados del mundo judío. Según la tradición, fue fundada por sacerdotes judíos que huyeron de Jerusalén tras la destrucción del Primer Templo por Nabucodonosor en el año 586 antes de Cristo, lo que la haría contemporánea de los grandes templos de la antigüedad. El edificio actual es una reconstrucción del siglo XIX con una fachada azul y blanca y un interior ricamente decorado con azulejos, lámparas y ornamentos votivos. La sinagoga es el centro de una importante peregrinación anual que tiene lugar en la fiesta de Lag BaOmer, cuando miles de peregrinos judíos llegados de todo el mundo se reúnen en la isla para rezar, cantar y celebrar durante varios días en una atmósfera de devoción y alegría comunitaria.

Houmt Souk es la capital de la isla y su principal centro comercial y cultural. Su zoco cubierto, uno de los más animados de la costa tunecina, es el lugar ideal para comprar los tejidos, las alfombras, las piezas de orfebrería bereber y los objetos de cuero característicos de la isla. Los fondouks, los antiguos hospicios de mercaderes que rodeaban el zoco medieval, han sido restaurados como hoteles con encanto que son hoy una de las opciones de alojamiento más seductoras de la isla. La kasbah y la fuerte de Bordj el-Kebir, construida por los españoles en el siglo XVI, dominan el puerto de la ciudad.

Las lagunas y los sebkas (lagunas someras de agua salada) del norte y el este de Djerba son un paraíso para las aves acuáticas. Los flamencos rosados, las garzas reales, las espátulas blancas y los correlimos son visitantes habituales de estas zonas húmedas, que han convertido Djerba en un destino cada vez más popular para el ecoturismo y la observación de aves. La isla tiene también una notable tradición gastronómica: el marisco local, especialmente el pulpo, los calamares y los erizos de mar, se prepara con una sencillez que realza la calidad del producto, y el pescado a la parrilla con limón y chermoula es uno de los platos más deliciosos del país.

Sfax es la segunda ciudad de Túnez y el principal centro económico e industrial del sur del país. Su medina, una de las mejor conservadas de Túnez aunque poco visitada por los turistas, encierra una joya inesperada: la Gran Mezquita del siglo IX, los fundouks medievales y los palacetes de los grandes mercaderes sfaxianos del siglo XIX. Las islas Kerkennah, un archipiélago de corales y dunas de arena situado frente a la costa de Sfax, son un destino de una calma absoluta y una belleza tranquila, con sus pequeños pueblos de pescadores, sus palmeras inclinadas por el viento marino y sus aguas someras perfectas para el snorkel y el kayak.

El Patrimonio Romano de Norte Africa

Túnez posee una concentración de ruinas romanas que no tiene parangón fuera de Italia. Con más de cuarenta sitios arqueológicos de importancia y cientos de yacimientos menores, el país conserva más vestigios del mundo romano que cualquier otro territorio del antiguo Imperio fuera de la Península Itálica. Esta extraordinaria riqueza arqueológica no es accidental: la provincia romana de África Proconsular, que coincide aproximadamente con el territorio del Túnez moderno, fue durante los siglos I al IV de nuestra era una de las regiones más prósperas y urbanizadas del Imperio. Su trigo alimentaba a Roma, su aceite de oliva iluminaba los hogares del Mediterráneo, sus mosaicos decoraban los salones de los patricios de todo el mundo romano y sus ciudades producían emperadores, filósofos y poetas. Septimio Severo, el primer emperador africano, nació en Leptis Magna (hoy Libia), pero la provincia de África Proconsular que incluía el actual Túnez fue la cuna de Apuleyo, el autor de El Asno de Oro, y de Tertuliano y Cipriano, los grandes teólogos del cristianismo africano.

Cartago es el principio de todo: la gran ciudad púnica destruida por Roma en el 146 antes de Cristo y refundada como colonia romana por Julio César y Augusto, que se convirtió después en la segunda ciudad del Imperio Occidental, superada solo por Roma en tamaño, riqueza e influencia cultural. La Cartago romana fue una metrópolis cosmopolita de cuatrocientos mil habitantes, con un anfiteatro, un circo, termales monumentales, un odeón, teatros, templos y un puerto que albergaba la mayor flota del Mediterráneo occidental. La destrucción de la ciudad en el año 698 por las tropas árabes que conquistaban el Magreb fue tan completa que apenas quedan vestigios de su grandeza, dispersos entre el barrio residencial moderno que cubre sus ruinas. Sin embargo, lo que sobrevive, especialmente las colosales Termas de Antonino junto al mar, es suficiente para imaginar la magnitud de la ciudad antigua.

Dougga, como ya se ha dicho, es la ciudad romana mejor conservada del norte de África. Su emplazamiento sobre una colina aislada, lejos de las grandes ciudades modernas, la ha protegido del pillaje de sus materiales de construcción que ha sufrido la mayoría de los otros sitios arqueológicos de la región. El resultado es una ciudad que, aunque no habitada desde hace quince siglos, mantiene intactos o casi intactos sus principales monumentos: el Capitolio, el teatro, el templo de Saturno, el mercado, el arco de Septimio Severo, el mausoleo libio-púnico que es uno de los monumentos funerarios más antiguos de la región, las termas de los Ciclopes y las de Licinia, el foro, la basílica y cientos de metros de calzadas enlosadas. Pasear por Dougga al atardecer, cuando los turistas se han marchado y la luz dorada pone su barniz sobre las piedras antiguas, es una de las experiencias más conmovedoras que puede ofrecer el norte de África.

El Jem representa el punto culminante del mecenazgo romano en la región: la construcción de un anfiteatro de proporciones colosales en una ciudad que no era particularmente grande ni importante desde el punto de vista político, pero sí era una de las más ricas de la provincia gracias al comercio de aceite de oliva. El anfiteatro de Thysdrus, que así se llamaba la ciudad romana, fue construido sin duda para rivalizar con los grandes anfiteatros del Imperio y para afirmar la riqueza y el nivel civilizatorio de la élite local. Las dimensiones son asombrosas: 148 metros de longitud máxima, 122 metros de anchura y 36 metros de altura, con una arena de 65 por 40 metros rodeada por cuatro plantas de arcadas. La piedra caliza local, de color amarillo dorado, da al conjunto una cálida belleza que complementa la grandeza arquitectónica.

Sbeitla conserva el foro más espectacular de toda la región, con sus tres templos capitolinos que se yerguen sobre una plataforma común rodeada de columnatas. El estado de conservación del Capitolio de Sbeitla es excepcional: los tres templos dedicados a Júpiter, Juno y Minerva tienen sus frontones, columnas y la mayor parte de sus muros intactos, formando un conjunto de armonía clásica que resulta sorprendente en medio del paisaje semiárido de la alta estepa tunecina. El arco de Diocleciano que da acceso al foro desde el este, las termas del sudoeste, la iglesia de Vitales del siglo V y la basílica de Bellator completan un conjunto de gran riqueza arqueológica.

Bulla Regia es el sitio más insólito del catálogo romano tunecino: las villas subterráneas que sus ciudadanos más ricos construyeron bajo tierra para escapar del calor son únicas en el mundo romano. La Villa de la Caza, la Villa de Anfitrite, la Villa de la Pesca y la Villa de Pesca son algunas de las mejor conservadas, con sus mosaicos intactos, sus columnas de mármol y sus salas de banquetes bajo tierra. Los mosaicos de Bulla Regia están entre los más bellos de Túnez: la Venus marina de la Villa de Anfitrite, rodeada de peces y seres marinos, es una obra maestra del arte del mosaico romano.

Chemtou, en el noroeste del país, es el sitio romano tunecino menos conocido pero quizás el más singular. Aquí se explotaron durante la época romana las únicas canteras de mármol giallo antico, el mármol amarillo de Africa, que se exportaba a todo el Imperio para decorar los edificios más lujosos. Las marcas de los cinceles, los bloques a medio extraer y los sistemas de transporte del mármol son perfectamente visibles en las canteras, que tienen un museo moderno que explica la historia de la explotación. El sitio arqueológico de Chemtou incluye también un teatro, termas, un mausoleo, un puente romano y los restos de un importante santuario púnico dedicado a Baal.

Útica, la antigua ciudad fenicia a 30 kilómetros al norte de Túnez, fue en su día la ciudad más antigua del norte de África, fundada según la tradición en el año 1101 antes de Cristo, más de tres siglos antes que Cartago. Útica apoyó a Roma durante las Guerras Púnicas y fue recompensada con el estatus de ciudad aliada, evitando así la destrucción que sufrió Cartago. El museo local conserva magníficos mosaicos y la necrópolis fenicia y romana del sitio es de gran interés arqueológico, aunque el avance del aluvión del río Medjerda sobre el antiguo estuario ha desplazado la ciudad a varios kilómetros de la costa actual, lo que explica en parte la dificultad para comprender la importancia histórica del lugar.

Haidra, la antigua Ammaedara, es uno de los sitios arqueológicos más remotos y menos visitados de Túnez, situado cerca de la frontera argelina. Fue durante las guerras civiles romanas del siglo I antes de Cristo el cuartel general de la Tercera Legión Augusta, la unidad militar que mantuvo el orden en la provincia de África durante más de tres siglos. El sitio es enorme y todavía parcialmente cubierto por la vegetación, pero incluye dos grandes arcos de triunfo, una iglesia paleocristiana con uno de los baptisterios más grandes del norte de África, un mausoleo, termas, un teatro y extensas necrópolis. La UNESCO lo incluyó en la lista del Patrimonio de la Humanidad en 1997 junto con Dougga.

Los Sitios del Patrimonio Mundial de la UNESCO En Túnez

Túnez tiene el honor de contar con nueve sitios inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, una cifra notable para un país de su tamaño y que refleja la extraordinaria densidad de su legado histórico y cultural. Estos nueve sitios abarcan desde ciudades medievales islámicas hasta ruinas romanas, desde paisajes naturales hasta centros espirituales, y juntos constituyen una síntesis del viaje milenario de la civilización a través del territorio tunecino.

El Sitio Arqueológico de Cartago fue inscrito en 1979 como uno de los primeros sitios tunecinos en recibir el reconocimiento de la UNESCO. La importancia de Cartago en la historia mundial justifica por sí sola la declaración: fue durante siglos la ciudad más poderosa del Mediterráneo occidental, la gran rival de Roma, el hogar de Aníbal. Aunque las ruinas actuales representan principalmente la ciudad romana construida sobre las cenizas de la ciudad púnica, los vestigios que subsisten, desde las Termas de Antonino hasta los puertos púnicos, desde la Colina de Byrsa hasta el Tophet, componen un mosaico arqueológico de primer rango mundial.

La Medina de Túnez fue inscrita en 1979. Con su Gran Mezquita Ez-Zitouna del siglo IX, sus cientos de monumentos medievales, sus zocos especializados y su urbanismo de origen islámico clásico, la medina de Túnez es uno de los tejidos urbanos históricos mejor conservados del mundo árabe y uno de los más vivos, pues sigue siendo un espacio habitado y comercial activo.

El Anfiteatro Romano de El Jem fue inscrito en 1979. El tercero más grande del mundo y el mejor conservado fuera de Italia, este monumento de los siglos II y III representa la cúspide de la arquitectura romana en el norte de África y el testimonio más impresionante de la riqueza de la provincia de África Proconsular.

El Sitio Arqueológico de Dougga fue inscrito en 1997. La ciudad romana mejor conservada del norte de África, con su Capitolio, su teatro, sus termas y su tejido urbano casi intacto, es un texto abierto sobre la vida provincial romana en su época de máximo esplendor.

El Medina de Sousse fue inscrita en 1988. Con su ribat del siglo VIII, su Gran Mezquita del siglo IX y su kasbah medieval, la medina de Sousse es uno de los ejemplos más completos y mejor conservados de la arquitectura islámica de la primera época en el Magreb.

Kairuán fue inscrita en 1988 como conjunto que incluye la Gran Mezquita, las Cuencas Aghlabíes, la Mezquita de las Tres Puertas y la medina histórica. La cuarta ciudad santa del islam y primera gran ciudad islámica del norte de África, Kairuán representa el punto de partida de la civilización islámica en el Magreb y un hito en la historia de la arquitectura religiosa mundial.

El Parque Nacional de Ichkeul fue inscrito en 1980 como sitio natural. Situado en el norte del país, este lago y sus marismas son uno de los ecosistemas acuáticos más importantes del Mediterráneo occidental, un lugar de paso y refugio para cientos de miles de aves migratorias que cruzan el estrecho de Sicilia cada otoño y primavera. La convivencia de los flamencos, los gansos comunes, las fochas, los silvestres y las garzas con los búfalos de agua que pastan en sus orillas es un espectáculo natural único en el norte de África.

El Sitio Arqueológico de Haidra fue inscrito en 1997. La antigua Ammaedara romana, con sus arcos de triunfo, sus basílicas paleocristianas y sus necrópolis, es uno de los sitios arqueológicos más completos aunque menos visitados de Túnez.

El Kerkouane y su Necrópolis fue inscrito en 1985. Kerkouane es el único sitio púnico intacto del mundo mediterráneo: una ciudad fenicia que fue abandonada antes de la conquista romana y nunca fue reconstruida ni reutilizada, conservando así su urbanismo original con sus calles empedradas, sus casas con baños de asiento pintados de rojo y negro, y su necrópolis extramuros. El sitio, en el extremo norte del Cap Bon, es único en el mundo para el estudio de la civilización púnica.

Djerba: Testimonio de la Historia de Un Asentamiento En Una Isla (2023)

La isla de Djerba, situada frente a la costa sureste de Túnez en el Golfo de Gabès, fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2023, convirtiéndose en la novena y más reciente propiedad del Patrimonio Mundial del país. La inscripción reconoce el excepcional patrimonio multicultural de Djerba como palimpsesto de asentamiento humano que abarca más de tres milenios. El característico houch djerbi — tipo de vivienda rural fortificada desarrollada como respuesta a siglos de conquistas y piratería — se combina con mezquitas, sinagogas, iglesias y fondouks que coexisten como testimonio de la larga historia de convivencia religiosa y cultural entre comunidades musulmanas, judías y cristianas. La antigua comunidad judía de Djerba, una de las más antiguas del mundo, se centra en la Sinagoga El Ghriba, que se cree data de hace 2.500 años del período del exilio babilónico. La inscripción abarca el casco antiguo de Houmt Souk, los pueblos de pescadores tradicionales, la imponente fortaleza Borj El Kebir y el paisaje rural conformado por olivares y la singular arquitectura houch.

Gastronomía Tunecina

La cocina tunecina es una de las más vibrantes, aromáticas y sabrosas del Mediterráneo, una síntesis extraordinaria de tradiciones culinarias bereberes, árabes, judías, andaluzas, otomanas e italianas que produce platos de una riqueza y variedad sorprendentes. Es también una cocina valiente y apasionada, que no teme la harissa, la pasta de chile y ajo picante que es su condimento más emblemático y que se añade generosamente a casi todo: sopas, guisos, ensaladas, bocadillos y marinadas. La cocina tunecina es, en definitiva, la expresión culinaria de un pueblo que ha absorbido cuatro mil años de influencias mediterráneas y las ha transformado en algo completamente propio.

El cuscús es el plato nacional por antonomasia, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2020 junto con el cuscús de Argelia, Mauritania y Marruecos, un reconocimiento que celebra la tradición culinaria bereber que dio origen a este plato en el norte de África. El cuscús tunecino, o kosksi, se distingue del magrebí occidental por la intensidad de su sabor: la sémola se cocina al vapor sobre un guiso de carne o pescado y verduras aromatizado con harissa, tomate, comino, canela y cilantro, y se sirve en una fuente común de la que todos comen. El cuscús de cordero es el más tradicional, pero el de pollo, el de mariscos y el de verduras son igualmente populares. En el norte del país, el cuscús de carne suele llevar garbanzos, nabos, calabaza y judías verdes; en el sur, se prepara con dátiles y pasas para un resultado más dulce y aromático.

El brik es posiblemente el bocado tunecino más universalmente conocido y querido. Se trata de una fina hoja de pasta warka, similar a la pasta filo aunque con una textura más delicada, rellena generalmente con un huevo crudo, atún, alcaparras, perejil y queso, y luego frita en aceite de oliva hasta que queda crujiente por fuera y el huevo sigue líquido por dentro. El arte de comer un brik sin derramar la yema es una habilidad que los tunecinos dominan desde la infancia y que los extranjeros aprenden con cierta dificultad y mucha diversión. Además del brik de huevo, existen variantes rellenas de carne picada, de patata con huevo, de atún con alcaparras, y hasta dulces rellenos de almendra y miel.

La harissa merece un capítulo propio en cualquier descripción de la cocina tunecina, pues es mucho más que un condimento: es el alma de la cocina del país. Esta pasta de chiles rojos secos, molidos con ajo, sal, comino, cilantro y aceite de oliva, de la que existen docenas de versiones regionales y familiares, está presente en casi todos los platos de la gastronomía tunecina. La harissa de Nabeul, producida con los chiles del Cap Bon, es considerada la más fina y aromática. La harissa de Sfax tiene fama de ser la más picante. La harissa artesanal que se vende en los zocos de la medina de Túnez, preparada en el momento y envasada en pequeñas latas de hojalata, es uno de los regalos gastronómicos más apreciados que el viajero puede llevarse del país.

El lablabi es la sopa popular por excelencia, el plato de las noches frías y de los desayunos de los trabajadores en los mercados y los cafés de los barrios populares. Se trata de una sopa espesa de garbanzos aromatizada con comino, ajo y harissa, servida sobre trozos de pan duro bañado en el caldo y rematada con un huevo pasado por agua o crudo que se cuece en el calor del plato. El resultado es un plato contundente, nutritivo, aromático y profundamente satisfactorio que no tiene precio en una mañana de invierno en la medina de Túnez. Los mejores locales de lablabi abren solo por la mañana temprano y cierran cuando se acaba el cocido, generalmente antes del mediodía.

Las merguez son las salchichas especiadas de carne de cordero o ternera que forman parte de la cocina del Magreb y que en Túnez alcanzan su punto más aromático. Las merguez tunecinas se hacen con carne de cordero finamente picada y amasada con harissa, ajo, comino, cilantro y otras especias, y se embutyen en tripas finas de cordero antes de ahumarse ligeramente. Se comen a la parrilla o fritas, solas o en bocadillo, y son uno de los placeres callejeros más accesibles y deliciosos del país.

La ojja es un plato de tomate y pimientos estofados que se termina con huevos escalfados directamente en la salsa, aromatizado con harissa, comino y ajo. Similar a la shakshuka del Oriente Medio pero con una personalidad propia, la ojja tunecina puede ser vegetariana o enriquecida con merguez, mariscos o despojos, y se sirve en el mismo recipiente de hierro en que se ha cocinado, con pan crujiente para mojar en la salsa roja y especiada. Es un plato de desayuno o de cena informal que en los hogares tunecinos se prepara con una rapidez y facilidad envidiables.

El tajine tunecino es muy diferente del tajine marroquí: no es un guiso de carne con verduras y frutas cocido al vapor bajo un cono de terracota, sino una especie de frittata o tortilla gruesa horneada, preparada con carne picada, queso o atún mezclados con huevos y especias y cocinada en el horno hasta que queda compacta y dorada. El tajine tunecino se come frío o templado, cortado en dados, como entrante o como plato principal, y es uno de esos platos que cada familia prepara a su manera, con pequeñas variaciones en los ingredientes y las especias que convierten cada versión en algo único.

El chakchouka, plato de origen bereber que se ha extendido por todo el norte de África y el Oriente Medio, es en Túnez una preparación de pimientos, tomates, cebolla y ajo cocinados juntos hasta formar una salsa espesa y aromática sobre la que se escalfan los huevos. A diferencia de la ojja, el chakchouka no siempre lleva harissa y tiene un sabor más dulce y menos picante. Se come al desayuno o al almuerzo y es uno de los platos más populares y versátiles de la cocina tunecina.

El kefteji es un plato de frituras callejero que se ha convertido en uno de los bocadillos más populares de Túnez. Se trata de una mezcla de pimientos, patatas, calabaza y tomates fritos por separado y luego cortados en trozos irregulares y reunidos con huevo frito y harissa en un plato o en un bocadillo de pan tunecino. Los kioscos de kefteji en los mercados populares de Túnez, con sus enormes sartenes llenas de aceite borboteante y sus pirámides de verduras recién fritas, son uno de los espectáculos gastronómicos más coloridos y tentadores de la capital.

Los dulces tunecinos son un capítulo aparte en la gastronomía del país. El makroudh de Kairuán, ya mencionado, es el más famoso, pero hay muchos otros: la baklawa tunecina, diferente de la turca y la griega y preparada con capas de pasta warka, almendras, pistachos y miel perfumada con agua de rosas; los bambalouni, los roscos de masa frita bañada en miel que se venden en los mercados populares y en las playas; los ghraiba, los polvorones de sémola y almendra que se derriten en la boca; los samsa, los triángulos de pasta fina rellenos de almendras y sésamo tostados.

El marisco de Djerba merece una mención especial. La isla y sus aguas circundantes producen una abundancia extraordinaria de pulpos, calamares, gambas, cigalas, erizos de mar y peces de roca que los restaurantes de la isla preparan con una sencillez que es la mejor expresión del respeto por la calidad de la materia prima. El pulpo a la plancha con aceite de oliva, ajo y limón, las gambas a la sal, el daurade real a la brasa con hierbas y tomates cherry son platos que parecen sencillos pero que encierran una perfección que no puede improvisarse.

El aceite de oliva tunecino es uno de los mejores del mundo y uno de los más antiguos: Túnez es el quinto productor mundial de aceite de oliva y el primero del continente africano. Los olivares del Sahel, algunos de cuyos árboles tienen más de dos mil años, producen un aceite de sabor intenso y afrutado que es el ingrediente base de toda la cocina tunecina. Las variedades autóctonas como la Chemlali, la Chétoui y la Oueslati producen aceites de personalidad muy diferente que los amantes del aceite de oliva deberían explorar con la misma curiosidad enológica con que se prueba un vino.

El té de menta tunecino es el ritual de hospitalidad por excelencia. Se sirve en vasos pequeños de cristal, muy dulce y perfumado con menta fresca y a veces con piñones tostados que flotan en la superficie. La preparación tradicional del té, con la tetera levantada a gran altura para oxigenar el líquido, es un pequeño espectáculo de destreza que los hombres de los cafés de la medina realizan con gracia y precisión. En el sur del país, el té puede aromatizarse también con hojas de geranio o con flores de lavanda.

La boukha es el aguardiente de higo tunecino, una destilación tradicional de la comunidad judía del país que se elabora a partir de los higos maduros fermentados. Transparente, fragante y de un sabor suavemente afrutado con un toque de almendra amarga, la boukha se toma helada como aperitivo o digestivo y está disponible en los bares de los hoteles y los restaurantes de la capital y la costa. La cerveza Celtia, producida en Túnez desde los años de la colonización francesa, es la cerveza nacional y la más bebida del país. El vino tunecino, heredero de una tradición vinícola que se remonta a los tiempos fenicios y que fue continuada por los romanos y los colonos franceses, produce algunos tintos y rosados notables, especialmente los de la región del Cap Bon y las Suertes del Cap Bon.

Los dátiles Deglet Nour de Tozeur y la región del Jerid son los más famosos de Túnez y están entre los mejores del mundo. El nombre árabe, que significa literalmente dedo de luz, hace referencia a la translucidez de la pulpa del dátil maduro, que cuando se sostiene frente a la luz del sol deja pasar un brillo dorado. Los Deglet Nour son dátiles de tamaño mediano, de piel fina y pulpa tierna y melosa, con un sabor dulcísimo con notas de caramelo y miel. Los mejores se recogen a mano en octubre y noviembre y se venden frescos en los mercados del sur o secos y envasados en los aeropuertos y las tiendas de souvenirs de todo el país.

Arte, Cultura E Historia

La historia de Túnez es una de las más ricas y complejas del mundo, una sucesión de civilizaciones que se han depositado como capas geológicas sobre el mismo territorio, cada una dejando su huella en la lengua, la arquitectura, la cocina, la música y las costumbres de un pueblo que ha sabido absorber y transformar todas las influencias recibidas. Para entender Túnez hoy es necesario conocer al menos los grandes capítulos de su historia milenaria.

Los bereberes, o amazigh, son el pueblo original del norte de África, los habitantes de la región antes de la llegada de cualquier colonizador externo. Su presencia en el territorio que hoy es Túnez se remonta a al menos 12.000 años, según los testimonios arqueológicos del Capsiano, la cultura del Paleolítico Superior que tomó su nombre de la ciudad tunecina de Gafsa. Los amazigh hablaban lenguas propias, tenían su escritura, el tifinagh, y su religión, y habitaban el norte de África desde el Atlántico hasta el desierto de Libia. Aunque la arabización de los siglos VII al XI redujo drásticamente el ámbito del bereber en el actual Túnez, hay comunidades amazigh que han conservado su lengua y sus tradiciones hasta hoy, especialmente en el sur del país, en la isla de Djerba y en las montañas del noroeste. El renacimiento cultural amazigh de las últimas décadas ha recuperado la conciencia de esta herencia preislámica y preárabe en la sociedad tunecina contemporánea.

La colonización fenicia comenzó hacia el siglo IX antes de Cristo, cuando los marineros y mercaderes de Tiro y Sidón establecieron factorías en las costas del Mediterráneo occidental. La más famosa de estas fundaciones fue Cartago, la ciudad nueva, fundada según la tradición en el año 814 antes de Cristo por la princesa fenicia Elissa, conocida también como Dido, que huyó de Tiro después de que su hermano Pigmalión asesinara a su marido. La leyenda cuenta que los nativos del lugar le ofrecieron para construir su ciudad tanta tierra como pudiera cubrir con la piel de un buey: Elissa cortó la piel en tiras finísimas y delimitó con ellas el contorno de la Colina de Byrsa, suficiente para fundar una ciudad. Cartago creció rápidamente hasta convertirse en la capital de un Imperio comercial que controlaba las rutas del estaño de las Islas Británicas, el oro de África occidental, la plata de Hispania, el cobre de Cerdeña y el trigo del norte de África.

El gran héroe de Cartago fue Aníbal Barca, el general que en el año 218 antes de Cristo cruzó los Pirineos y los Alpes con un ejército de 50.000 infantes, 9.000 jinetes y treinta y siete elefantes de guerra para llevar la guerra directamente al territorio italiano. En los quince años siguientes derrotó a los romanos en tres batallas memorables, Trebia, Trasimeno y Cannas, y recorrió el territorio italiano de norte a sur sin que Roma pudiera detenerle. Sin embargo, la estrategia defensiva romana de Fabio Máximo, que evitó las batallas campales y atacó las líneas de suministro cartaginesas, acabó por debilitar al ejército de Aníbal, que nunca recibió los refuerzos que pedía a Cartago. La guerra terminó cuando el general romano Escipión llevó la guerra a África y derrotó a Aníbal en la batalla de Zama en el año 202 antes de Cristo. Las Tres Guerras Púnicas entre Roma y Cartago transformaron el mundo mediterráneo y abrieron el camino a la hegemonía romana.

La conquista árabe del Magreb fue uno de los movimientos más veloces y radicales de la historia. Entre el año 643 y el 711, las tropas del Islam procedentes de la Península Arábiga conquistaron toda la franja norte de África y cruzaron el estrecho de Gibraltar para iniciar la conquista de la Península Ibérica. La resistencia más notable en el actual Túnez fue la de la reina bereber conocida como la Kahina, jefa de las tribus bereberes del sur que durante años contuvo el avance árabe y fue finalmente derrotada y muerta en combate. La fundación de Kairuán en el año 670 por Uqba ibn Nafi marcó el inicio definitivo de la islamización del Magreb.

La dinastía aghlabí, que gobernó el Ifriqiya (el nombre árabe del actual Túnez) entre los años 800 y 909, fue una de las más brillantes de la historia islámica medieval. Los aghlabíes construyeron la Gran Mezquita de Kairuán en su forma actual, fundaron Sousse y Sfax, construyeron los ribats de la costa y financiaron un extraordinario florecimiento cultural y arquitectónico que dejó monumentos de primer rango. Bajo los aghlabíes, Kairuán fue una de las ciudades más cultas e influyentes del mundo islámico, y las universidades coránicas de la ciudad atraían estudiantes de Al-Andalus, el Oriente Medio y África subsahariana.

El califato fatimí, la primera gran dinastía chiíta de la historia islámica, fue fundado en el año 909 en el territorio del actual Túnez por el imán Abdullah el-Mahdi, que derrocó a los aghlabíes y estableció su capital en la nueva ciudad de Mahdia. Los fatimíes gobernaron el Ifriqiya durante menos de un siglo antes de conquistar Egipto en el año 969 y trasladar su capital a El Cairo, pero durante ese tiempo transformaron la región y dejaron monumentos notables. Fueron también los fundadores de la Universidad de Al-Azhar en El Cairo, la universidad islámica más antigua e influyente del mundo.

El dominio otomano comenzó en el año 1574, cuando las tropas del sultán Selim II tomaron Túnez a los españoles que la habían controlado desde 1535. Los otomanos gobernaron el país a través de los beys, gobernadores de estatus semi-independiente que con el tiempo se convirtieron en prácticamente soberanos autónomos. El período otomano dejó su huella en la arquitectura de la medina de Túnez, con sus palacios de estilo mediterráneo-otomano, en la decoración de los hammams y las mezquitas, y en la cocina, con la introducción de pasteles, dulces y técnicas culinarias de Anatolia y el Levante.

El Protectorado francés fue establecido en 1881, cuando las tropas francesas entraron en Túnez con el pretexto de reprimir los ataques de las tribus fronterizas contra la Argelia francesa. El Tratado del Bardo de mayo de 1881 convirtió a Túnez en un protectorado francés mientras mantenía formalmente la soberanía del bey. Los setenta y cinco años de protectorado transformaron el país: se construyeron carreteras, ferrocarriles, puertos y edificios públicos de estilo europeo, se desarrolló la agricultura de exportación de trigo, vino y aceite de oliva, se estableció un sistema educativo francés. Pero también se marginó a la población árabe de los puestos de poder, se expropiaron tierras a los propietarios tunecinos para entregarlas a colonos europeos y se instauró una discriminación institucional que alimentó el movimiento nacionalista.

Habib Bourguiba fue el gran líder de la independencia tunecina, un abogado formado en París que fundó el Partido Neodestour en 1934 y dirigió la lucha pacífica por la independencia durante más de veinte años. La independencia se logró el 20 de marzo de 1956, y Bourguiba se convirtió en el primer presidente de la República Tunecina. Su gobierno, de orientación laica y modernizadora, introdujo el Código del Estatuto Personal que abolió la poligamia y el repudio unilateral, garantizó la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, extendió la educación pública a toda la población y separó formalmente la religión del Estado. Estas reformas fueron revolucionarias para el mundo árabe y convirtieron a Túnez en el país árabe más avanzado en materia de derechos de la mujer. Bourguiba gobernó el país hasta 1987, cuando fue depuesto por su primer ministro Zine El Abidine Ben Ali, que alegó su incapacidad para gobernar.

Ben Ali gobernó Túnez durante veinticuatro años, con una administración que combinó la modernización económica con una represión política sistemática. La Primavera Árabe comenzó precisamente en Túnez: el 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi se prendió fuego en la ciudad de Sidi Bouzid para protestar contra el acoso policial, y su gesto desencadenó una ola de protestas que en pocas semanas derrocó a Ben Ali, que huyó a Arabia Saudita el 14 de enero de 2011. La Revolución de los Jazmines, como se llamó al proceso tunecino, fue la primera y más exitosa revolución de la Primavera Árabe. Túnez logró hacer una transición democrática relativamente ordenada que fue reconocida internacionalmente cuando el Cuarteto del Diálogo Nacional Tunecino recibió el Premio Nobel de la Paz en 2015.

Ibn Jaldún, nacido en Túnez en 1332 y considerado uno de los padres de la sociología, la historiografía y la economía modernas, es el intelectual tunecino más universal. Su obra monumental, la Muqaddimah, es una introducción filosófica a la historia universal que contiene análisis de la economía, la sociología, la política y la demografía que anticipan en siglos los conceptos de los pensadores europeos de los siglos XVIII y XIX. La reflexión de Ibn Jaldún sobre la asabiyya, la cohesión social que impulsa el ascenso y la caída de las civilizaciones, es considerada uno de los conceptos más originales y fecundos de la historia del pensamiento.

La música malouf es la gran tradición musical clásica de Túnez, un repertorio de cantos y piezas instrumentales de origen hispano-árabe que fue traído al norte de África por los emigrantes expulsados de Al-Andalus en los siglos XV y XVI. Los nubas, suites de composiciones que estructuran el repertorio malouf en función de los modos musicales, son interpretados por los grupos de música clásica tunecina en las asociaciones culturales de la medina y en los festivales de música árabe. El malouf tunecino se distingue del nuba argelino y del chaabi marroquí por su sofisticación armónica y su fineza interpretativa.

Las cofradías sufíes, las hermandades de devotos que practican el islam místico a través de la meditación, la música y el baile extático, tienen en Túnez una presencia muy viva. Nefta, en el sur, es el centro más importante del sufismo tunecino, con docenas de zawiyas activas donde cada semana se celebran reuniones de dhikr, la repetición rítmica del nombre de Dios, acompañada de música sagrada y a veces del baile giratorio de los derviches. Las celebraciones religiosas en honor de los santos locales, los moulids, son ocasiones de enorme fervor popular que atraen a miles de fieles de toda la región.

El patrimonio judío de Djerba, uno de los más antiguos y mejor conservados del norte de África, añade una dimensión de extraordinaria riqueza a la diversidad cultural de la isla. La comunidad judía de Djerba, que se cuenta entre las más antiguas del mundo y que según la tradición tiene sus raíces en el exilio babilónico del siglo VI antes de Cristo, ha mantenido su identidad y sus tradiciones durante más de dos milenios y medio. La sinagoga El Ghriba, el mellah (barrio judío) de Hara Seghira y el cementerio judío de la isla son testimonios de esta presencia singular en el corazón del mundo árabe.

Las localizaciones de La Guerra de las Galaxias en Túnez merecen una mención especial en cualquier artículo sobre el país, no tanto por su valor histórico como por el impacto que han tenido en el turismo cultural. George Lucas filmó en Túnez entre 1976 y 1977 las secuencias del planeta Tatooine de la primera película de la saga, utilizando los paisajes del sur tunecino, las casas trogloditas de Matmata, los ksour de Tatouine, las salinas del Chott el-Djerid y los oasis de palmeras como telón de fondo para un mundo de ciencia ficción que resonó en la imaginación de millones de espectadores en todo el mundo. Desde entonces, los fans de la saga vienen a Túnez en peregrinación para visitar los lugares donde se rodaron sus escenas favoritas.

Actividades Al Aire Libre y Naturaleza

Túnez ofrece al viajero activo una extraordinaria variedad de actividades al aire libre, desde el buceo en los arrecifes del Mediterráneo hasta las excursiones en camello por las dunas del Sahara, desde el senderismo en los bosques del norte hasta la observación de aves en las marismas del Parque Nacional de Ichkeul. La diversidad geográfica del país, con sus montañas, costas, llanuras y desiertos en un territorio relativamente pequeño, hace posible que en un solo viaje de diez días el viajero pueda practicar media docena de actividades completamente distintas en paisajes radicalmente diferentes.

Las excursiones en camello desde Douz o Ksar Ghilane son la manera más auténtica y memorable de adentrarse en el Sahara. Los guías tuareg y bereberes del sur tunecino conocen el desierto como la palma de su mano y saben llevar a los visitantes a los lugares más espectaculares: las dunas del Gran Erg Oriental en el momento en que el sol poniente las tiñe de naranja y rojo, los campamentos bereberes donde se puede dormir bajo un cielo de millones de estrellas, los pozos de agua dulce en el corazón del desierto, las huellas de los camellos salvajes y los fénecs en la arena. Es importante elegir operadores responsables que traten bien a los animales y respeten el medio ambiente del desierto.

Las excursiones en quad y todoterreno por los alrededores de Tozeur y Douz son otra opción popular para explorar el paisaje desértico con más velocidad y cobertura. Las cañadas de Mides y Chebika, los oasis de montaña a los que solo se puede llegar por pistas de tierra, son destinos especialmente espectaculares para este tipo de excursiones: las gargantas de roca multicolor, las cascadas en miniatura y las piscinas naturales entre las palmeras crean paisajes de una belleza casi surrealista.

El sandboard, el surf sobre la arena de las dunas, es una actividad relativamente reciente que se ha popularizado en el Sahara tunecino. Las grandes dunas del Gran Erg Oriental, con sus pendientes suaves y su arena fina, son perfectas para este deporte, y el alquiler de tablas está disponible en los campamentos de desierto y los operadores turísticos de Douz y Ksar Ghilane.

El Parque Nacional de Ichkeul, en el norte del país, es uno de los sitios de observación de aves más importantes del Mediterráneo occidental. Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1980, este lago de agua dulce y sus marismas circundantes acogen cada otoño e invierno a cientos de miles de aves migratorias procedentes del norte de Europa: gansos comunes, fochas, silvestres, patos, cigüeñas, garzas, espátulas y flamencos se reúnen aquí en concentraciones que en el pasado llegaron al millón de individuos. El sistema ecológico del parque, que se basa en el equilibrio entre el agua dulce del lago y el agua salada del mar que entra por el canal durante el verano, es único en el Mediterráneo y fue estudiado como modelo ecológico de referencia. Los búfalos de agua que pastan en las orillas del lago, introducidos en la antigüedad y hoy en estado semisalvaje, añaden una nota exótica al paisaje.

Las playas de Djerba están entre las más bellas del norte de África y son perfectas para todos los deportes acuáticos. Los windsurf, el kitesurf, el kayak y el paddleboard son especialmente populares en la costa norte de la isla, donde los vientos estables y las aguas poco profundas crean condiciones ideales. El snorkel es una actividad accesible para todos en las aguas cristalinas que rodean la isla, especialmente en la zona norte y este donde los fondos de posidonia albergan una rica fauna marina.

Los deportes acuáticos en Hammamet son otra opción para los viajeros de la costa este. Los grandes resorts de la zona de Hammamet Norte ofrecen acceso a esquí acuático, motos de agua, parasailing y excursiones en barco de fondo de cristal, además de las instalaciones de snorkel y submarinismo. El mar ante Hammamet es tranquilo y de poca profundidad, perfecto para las familias con niños.

El buceo en Tabarka, la ciudad costera del noroeste de Túnez, es quizás la mejor experiencia de submarinismo del país. Los arrecifes de coral y las praderas de posidonia que rodean la isla de Tabarka y el archipiélago de las islas Galite albergan una riqueza de vida marina extraordinaria para el Mediterráneo: nudibranquios, pulpos, morenas, corvinas, dentones, espáridos y una variedad de peces tropicales que se ha ido estableciendo en las cálidas aguas mediterráneas. Los centros de buceo de Tabarka ofrecen cursos para principiantes y guías para buceadores con experiencia.

El senderismo en los bosques de Kroumirie y Mogods, en el noroeste del país, es una actividad que prácticamente ningún turista extranjero practica, lo que la hace especialmente recomendable para los amantes de los paisajes naturales. Estos bosques de alcornoques, pinos, encinas y quejigos, que cubren las montañas del norte de Túnez, son los más densos y extensos del norte de África y tienen un carácter completamente inesperado para quienes imaginan el país como un territorio árido y desértico. Las cascadas de Beni Mtir, el lago de colinas de Aïn Draham y las aldeas bereberes perdidas en la espesura del bosque son destinos de senderismo de gran belleza.

La astronomía en el Sahara es una actividad que ha cobrado gran popularidad en los últimos años, y con razón: los cielos nocturnos del sur tunecino están entre los más oscuros y estrellados del mundo, con una transparencia y una pureza que hacen visible a simple vista miles de estrellas, la Vía Láctea como una banda luminosa que cruza el cielo de horizonte a horizonte, y los planetas con un brillo que resulta casi increíble para quienes están acostumbrados a los cielos contaminados de las ciudades europeas. Los campamentos de desierto de Douz, Ksar Ghilane y Tozeur organizan sesiones de observación astronómica con telescopios y guías especializados.

La navegación en el Chott el-Djerid no es posible por razones evidentes, pero el simple hecho de detenerse a contemplar el paisaje del lago salado en las distintas horas del día es una experiencia que merece tiempo y paciencia. La luz del amanecer, cuando los cristales de sal captan los primeros rayos del sol y todo el chott se convierte en un espejo de oro y rosado, es un espectáculo de una belleza casi dolorosa. Los espejismos del mediodía, que crean ilusiones de ciudades flotantes y árboles invertidos sobre el horizonte de sal, son un fenómeno natural hipnótico que explica la dificultad que han tenido las caravanas del desierto para cruzar estos territorios con seguridad.

Información Práctica de Viaje

Llegar a Túnez es relativamente sencillo desde Europa y el mundo árabe, gracias a una red de aeropuertos internacionales bien distribuidos por el territorio del país. El Aeropuerto Internacional de Túnez-Cartago, situado a 8 kilómetros del centro de la capital, es el principal hub del país y el que recibe mayor número de vuelos internacionales. Desde Europa operan en él las principales aerolíneas europeas y la compañía nacional Tunisair, con vuelos directos desde Madrid, Barcelona, París, Roma, Frankfurt, Londres y otras ciudades. El Aeropuerto Internacional de Monastir-Habib Bourguiba, en la costa este del país, es el segundo aeropuerto en importancia y recibe vuelos chárteres de los principales mercados turísticos europeos, especialmente en temporada alta. El Aeropuerto de Djerba-Zarzis, en la isla turística del sur, tiene conexiones directas con las principales ciudades europeas durante todo el año. Los aeropuertos de Tozeur-Nefta y Tabarka son más pequeños y tienen vuelos regulares estacionales desde algunas ciudades europeas.

Tunisair es la aerolínea nacional de Túnez y opera una red de vuelos internacionales y domésticos. La compañía ha mejorado considerablemente su servicio en los últimos años, aunque los precios pueden ser superiores a los de las aerolíneas de bajo coste europeas que también operan en las rutas tunecinas. Para los vuelos domésticos entre Túnez y las ciudades del sur como Tozeur o Djerba, Tunisair es la opción más cómoda aunque el precio puede ser elevado.

El transporte terrestre en Túnez tiene tres opciones principales: los louages, los trenes de la SNCFT y el alquiler de coches. Los louages son los taxis compartidos de larga distancia que conectan todas las ciudades del país y son el medio de transporte más utilizado por los tunecinos para los viajes interurbanos. Se trata de minivanes con capacidad para cinco pasajeros que salen de las estaciones de louages cuando están llenas, sin horario fijo, y que ofrecen una combinación de precio asequible, rapidez y abundante información local gracias a los otros pasajeros. Son la opción más auténtica para el viajero que quiere mezclarse con la población local y escuchar las conversaciones cotidianas de los tunecinos.

La red ferroviaria de la SNCFT conecta Túnez con las principales ciudades del norte y el centro del país: Beja, Jendouba, Bizerta en el norte; Sousse, Sfax, Gabes en el este; y Gafsa y Tozeur al suroeste. Los trenes son más lentos que los louages pero más cómodos para los trayectos largos, especialmente el tren nocturno entre Túnez y Sfax o entre Túnez y Gafsa. Los trenes de larga distancia tienen vagones de primera y segunda clase y el precio es muy asequible para los estándares europeos.

El alquiler de coches es la opción más flexible y recomendable para explorar el país en profundidad, especialmente para visitar los sitios arqueológicos alejados de las ciudades y para explorar el sur desértico. Las principales agencias internacionales tienen oficinas en los aeropuertos y en las ciudades principales. La conducción en Túnez puede ser estresante en las ciudades, especialmente en Túnez capital donde el tráfico es caótico, pero en las carreteras del interior es generalmente agradable y las señalizaciones son buenas. El estado de las carreteras principales es bueno, pero las pistas del sur requieren un vehículo todoterreno, especialmente para llegar a los oasis remotos como Ksar Ghilane.

Las mejores épocas para visitar Túnez son la primavera y el otoño. La primavera, entre marzo y mayo, es ideal para el norte y el centro: los paisajes están verdes, las temperaturas son agradables, las ruinas arqueológicas se visitan sin el calor agobiante del verano y los campos de amapolas tiñen de rojo las llanuras. El otoño, entre septiembre y noviembre, tiene la ventaja adicional de que el mar aún está templado para el baño, lo que lo convierte en la estación perfecta para combinar la visita a los sitios históricos con las playas. Para el sur desértico, el invierno es la mejor época: las temperaturas son frescas y agradables durante el día (entre 15 y 25 grados) aunque pueden ser frías por la noche, y el riesgo de calor extremo es nulo. El verano, entre julio y agosto, es perfectamente tolerable en la costa pero puede ser agotador en el interior, especialmente en el sur donde las temperaturas pueden superar los 45 grados.

El visado no es necesario para los ciudadanos de la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Australia y muchos otros países para estancias turísticas de hasta 90 días. Los ciudadanos de otros países deben verificar los requisitos consulares antes de viajar. El pasaporte debe tener una validez mínima de seis meses después de la fecha de entrada.

La moneda tunecina es el Dinar tunecino (TND), dividido en 1.000 millimes. El dinar no es convertible fuera de Túnez, lo que significa que no puede comprarse ni venderse en los bancos extranjeros: hay que cambiar divisas al llegar al país. Los cajeros automáticos están disponibles en las ciudades y los resorts turísticos y aceptan las principales tarjetas internacionales. El pago en efectivo es la norma en los mercados, los restaurantes populares y el transporte local, aunque los establecimientos turísticos aceptan tarjetas.

El idioma oficial de Túnez es el árabe, pero el francés tiene estatus de segunda lengua y es ampliamente utilizado en la administración, los negocios, la educación y el turismo. El inglés está cada vez más extendido en el sector turístico, especialmente en los hoteles, los restaurantes y los sitios arqueológicos. El bereber sigue hablándose en algunas comunidades del sur y del noroeste. Para el viajero hispanohablante, el francés es generalmente suficiente para comunicarse en la mayoría de las situaciones turísticas, aunque aprender algunas palabras básicas de árabe dialectal tunecino siempre es apreciado.

El alojamiento en Túnez abarca desde los grandes resorts de cinco estrellas en la costa hasta los campamentos del desierto en el sur, pasando por los riads de la medina, los hoteles de ciudad y los albergues juveniles. Los riads de la medina de Túnez y de Sfax son opciones de alojamiento excepcionales para los viajeros que quieren sumergirse en la arquitectura y el ambiente de las ciudades históricas: estos palacetes árabo-andaluces reconvertidos en pequeños hoteles con encanto ofrecen una experiencia completamente diferente a la de los hoteles convencionales, con sus patios de mármol, sus fuentes, sus azulejos y su silencio en el corazón de la ciudad.

Los campamentos del desierto en el entorno de Douz, Ksar Ghilane y Tozeur son la mejor opción para los viajeros que quieren vivir la experiencia del Sahara de manera auténtica. Los mejores campamentos ofrecen jaimas bereberes con camas y edredones, duchas de agua caliente, cenas de cuscús cocinadas en el campo y excursiones nocturnas a las dunas para la observación de estrellas. Los hoteles trogloditas de Matmata, que ofrecen habitaciones en las propias casas subterráneas bereberes, son otra opción de alojamiento absolutamente única que permite al visitante dormir literalmente bajo tierra en una de las soluciones arquitectónicas más insólitas del mundo.

Festivales y Eventos

Túnez tiene un calendario de festivales culturales, musicales y religiosos extraordinariamente rico, que concentra sus mejores eventos en los meses de verano cuando el turismo está en su apogeo, pero que se extiende a lo largo de todo el año con celebraciones de toda índole. Asistir a alguno de estos eventos durante el viaje añade una dimensión de intensidad y autenticidad a la experiencia que ninguna visita a monumentos puede ofrecer por sí sola.

El Festival Internacional de Cartago, celebrado cada verano entre julio y agosto en el anfiteatro romano y el teatro de Cartago, es el festival de artes escénicas más importante del mundo árabe. Fundado en 1964, reúne cada año a los artistas más grandes de la música árabe, del flamenco, del jazz y de la música del mundo, además de espectáculos de teatro y danza. El escenario natural de los monumentos romanos de Cartago iluminados por la noche convierte cada concierto en un espectáculo de una belleza extraordinaria. Las grandes estrellas de la canción árabe, desde Fairuz hasta Um Kulthum, han actuado en Cartago, y el festival sigue siendo la cita cultural más esperada del año en el norte de África.

El Festival Internacional de Música Sinfónica de El Jem, celebrado en el anfiteatro romano de El Jem cada julio, es uno de los festivales de música clásica más únicos del mundo. Escuchar a una orquesta sinfónica tocar a Beethoven o a Mahler en el interior de un anfiteatro romano de dos mil años de antigüedad, con las arcadas de piedra caliza iluminadas contra el cielo nocturno lleno de estrellas, es una experiencia que marca al espectador de por vida. La acústica natural del anfiteatro, diseñada para el ruido de las multitudes y el rugido de los leones, resulta sorprendentemente adecuada para la música orquestal.

El Festival Internacional del Sahara de Douz, celebrado cada diciembre desde 1910, es uno de los eventos culturales más espectaculares del norte de África y el más auténtico de los festivales tunecinos. Durante cuatro días, las tribus nómadas del desierto, los tuareg, los nómadas del Grand Erg y los beduinos del sur tunecino, se reúnen en las afueras de Douz para celebrar sus tradiciones ancestrales: las carreras de camellos y de caballos son los espectáculos más emocionantes, pero hay también competiciones de los perros de caza Sloughi, exhibiciones ecuestres, música y danza bereberes, mercados de artesanía y subastas de camellos. Es la oportunidad perfecta para conocer la cultura nómada del Sahara en su expresión más auténtica y festiva.

La peregrinación judía a la sinagoga El Ghriba de Djerba es uno de los eventos religiosos más singulares y emocionantes del norte de África. Celebrada en la fiesta de Lag BaOmer, que cae entre los meses de abril y mayo según el calendario hebreo, la peregrinación atrae a miles de judíos de todo el mundo, especialmente de Israel, Francia, Italia y los países de la diáspora magrebí, que vienen a rezar ante la menorá milagrosa de la sinagoga y a participar en las ceremonias religiosas y las fiestas comunitarias. La imagen de miles de peregrinos vestidos con ropas de fiesta, cantando y bailando en el patio de la sinagoga más antigua de África, es un espectáculo de devoción y alegría que conmueve incluso a los no creyentes.

El Festival Internacional de Jazz de Tabarka, celebrado cada julio en esta pequeña ciudad costera del noroeste, reúne a músicos de jazz de todo el mundo en un escenario natural de gran belleza, con el telón de fondo del castillo genovés que domina el puerto. El festival ha acogido a figuras como Herbie Hancock, Chick Corea y Pat Metheny, y ha contribuido a poner a Tabarka en el mapa musical internacional. La ciudad en sí, con sus playas de arena fina, sus bosques de coral y sus restaurantes de marisco, merece una visita en cualquier época del año.

El Festival Internacional de Hammamet es uno de los más antiguos de Túnez, fundado en 1964 en el teatro al aire libre construido en los jardines de la villa de George Sebastian. El festival abarca teatro, danza, música y artes plásticas, y su escenario único, con el Mediterráneo y la medina histórica de Hammamet como telón de fondo, le confiere un encanto especial. Las producciones teatrales del festival han incluido obras de las mejores compañías árabes y europeas, y las noches de danza con los conjuntos de bailarines marroquíes y andaluces son especialmente aplaudidas.

Las Jornadas del Cine de Cartago, el festival de cine más antiguo de África, fundado en 1966, celebra bienalmente (en los años pares) las cinematografías de África y el mundo árabe. El festival, celebrado en Túnez en octubre, es un punto de encuentro fundamental para los cineastas africanos y árabes y ha dado a conocer en el mundo a directores y actores de todo el continente. El cine tunecino, con una tradición notable que incluye directores de la talla de Nouri Bouzid, Ferid Boughedir y Abdellatif Kechiche, tiene un espacio central en el festival.

El Ramadán transforma completamente el ritmo de vida del país durante el mes de ayuno islámico, que cae en fechas variables del calendario gregoriano por ser un mes del calendario lunar islámico. Durante el Ramadán, la mayoría de los restaurantes cierran durante el día pero abren a toda velocidad después del iftar, la ruptura del ayuno al atardecer, cuando las calles se llenan de gente, las familias se reúnen para comer y la vida nocturna se prolonga hasta el amanecer. Para el viajero, el Ramadán puede ser una experiencia fascinante que permite ver la dimensión espiritual y social del islam desde cerca, aunque también puede complicar la alimentación y el transporte durante las horas del día.

Compras

Los zocos de las medinas tunecinas son paraísos para el viajero que busca artesanía auténtica, objetos únicos y el placer de regatear en el corazón de un mercado oriental. La medina de Túnez, con sus zocos especializados por oficios, es el mejor lugar del país para encontrar alfombras, joyería, cerámica, cobre, cuero y tejidos de alta calidad. El regateo es una práctica esperada y aceptada en los zocos, y el proceso de negociación, cuando se desarrolla con buen humor y respeto mutuo, puede ser tan placentero como la compra en sí misma.

Las alfombras de Kairuán son consideradas las mejores del norte de África y las de mayor valor como artículo de artesanía. Las mergoum son alfombras geométricas con diseños que combinan el rojo, el negro, el blanco y el amarillo en patrones de estrella, rombo y espiga heredados de la tradición bereber. Las kilim kairouaníes son tapices de tejido más fino y colores más variados, con representaciones de animales, plantas y motivos islámicos. Los talleres de alfombras de la medina de Kairuán permiten a los visitantes ver el proceso de fabricación en su totalidad: las tejedoras trabajan en grandes telares de madera siguiendo patrones heredados de generación en generación.

La cerámica de Nabeul y Guellala son los dos grandes centros de la alfarería tunecina. Nabeul es famosa por sus azulejos, sus platos y sus jarras pintados con los diseños en azul, verde y amarillo sobre fondo blanco que caracterizan la cerámica tunecina clásica. Los talleres de Nabeul permiten a los visitantes ver a los artesanos trabajar el torno y decorar las piezas a mano, y los precios son considerablemente más bajos que en las tiendas turísticas de la capital. Guellala, en la isla de Djerba, produce una cerámica más austera y funcional, con las tinajas, los cántaros y las jarras de arcilla roja que tienen una belleza sobria y utilitaria.

La joyería bereber de plata es uno de los artículos artesanales más elegantes y buscados de Túnez. Los joyeros de los zocos de Túnez, Djerba y Tatouine trabajan la plata siguiendo técnicas y diseños ancestrales: los collares con colgantes de mano de Fátima, los pendientes en forma de media luna, las pulseras de plata grabada con diseños geométricos y las fíbulas (broches circulares) con incrustaciones de coral o ámbar son algunas de las piezas más características. El souk des bijoutiers de la medina de Túnez, que ocupa varias calles en torno a la Gran Mezquita, ofrece la mayor concentración de joyeros del país.

El aceite de oliva tunecino, las especias y la harissa en tarro son excelentes regalos gastronómicos para llevar a casa. Las tiendas de productos alimentarios de la medina de Túnez venden aceites de oliva virgen extra de excelente calidad a precios muy inferiores a los europeos, así como harissa artesanal en conserva, cúrcuma, comino, cilantro, ras el hanout y otras especias de la cocina tunecina.

La chéchia, el gorro rojo de lana prensada que es el tocado tradicional tunecino, es uno de los souvenirs más característicos del país. Los talleres de fabricación de chéchias en el souk Ech-Chéchia de la medina de Túnez son uno de los pocos oficios artesanales que se mantienen en su ubicación original del siglo XIV. El proceso de fabricación de la chéchia es largo y laborioso: la lana de oveja se hila, se teje, se tiñe en rojo con raíces de rubia, se golpea, se carda y se da forma sobre un molde de madera, y el resultado es un gorro de una elegancia austera que los tunecinos mayores siguen usando con orgullo.

La djellaba, la larga túnica con capucha que es la prenda tradicional del Magreb, está disponible en los zocos en versiones masculinas y femeninas, en tejidos que van desde la lana gruesa de invierno hasta el algodón fino de verano. La djellaba tunecina se distingue de la marroquí por su corte más recto y sus colores más sobrios: el blanco, el beige y el gris son los más tradicionales.

El perfume de jazmín de Túnez es uno de los aromas más emblemáticos del país. El jazmín tunecino, cultivado principalmente en la región del Cap Bon, produce un perfume de una intensidad y delicadeza extraordinarias que se extrae por enfleurage o por destilación y se utiliza en la perfumería artesanal. Los vendedores de jazmín en los mercados de la capital ofrecen ramitos de flores frescas que los hombres llevan detrás de la oreja como adorno y los viajeros compran para perfumar los alojamientos.

Las jaulas de pájaros de Sidi Bou Saïd, pintadas en los colores turquesa y amarillo del pueblo, son un artículo artesanal original que ocupa un lugar especial en la producción artesanal de Túnez. Fabricadas con listones de madera fina y alambre por artesanos que transmiten el oficio de padres a hijos, estas jaulas de forma arquitectónica elaborada con ventanas ojivales y cúpulas, son en realidad objetos decorativos que pocas veces alojan un pájaro real. Los mejores talleres de estas jaulas están en el propio pueblo de Sidi Bou Saïd.

Los azulejos andaluces son otro producto artesanal típico de Túnez, heredado de la tradición cerámica traída de Al-Andalus por los emigrantes expulsados tras la Reconquista. Los azulejos de Nabeul y los de los artesanos de Túnez capital reproducen los complejos diseños geométricos de la cerámica hispanoárabe con una fidelidad y una calidad que hacen de ellos artículos de decoración de gran valor.

El ámbar tunecino, de origen fósil procedente de los yacimientos del sur del país, es un material utilizado en la joyería y la bisutería local. Los collares, las pulseras y los anillos de ámbar tunecino tienen una cálida tonalidad que va del amarillo pálido al naranja intenso y una textura que recuerda la miel solidificada. Los joyeros del zoco de Sfax son especialmente conocidos por la calidad de su trabajo con el ámbar.

Los tapetes bereberes del sur del país, especialmente los de Tatouine y las regiones circundantes, son objetos artesanales de gran belleza y valor etnográfico. Estos tapices de lana con diseños geométricos bereberes, en los que los signos y símbolos ancestrales del pueblo amazigh se organizan en composiciones de una modernidad sorprendente, son cada vez más valorados por los coleccionistas de arte contemporáneo y decoración de interiores.