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La Revolución Reagan y el Ascenso del Conservadurismo

La Revolución Reagan y el Ascenso del Conservadurismo

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Introducción

Las décadas que abarcan desde finales de los años setenta hasta principios de los años noventa representan uno de los períodos de transformación más trascendentales de la historia política moderna de los Estados Unidos. La elección de Ronald Reagan a la presidencia en noviembre de 1980 no marcó simplemente un cambio de administración, sino la culminación de un movimiento conservador que se había extendido por décadas y que transformó fundamentalmente la gobernanza estadounidense, la política exterior, la filosofía económica y la vida cultural de la nación. La Revolución Reagan, como llegó a conocerse, bebió de profundas fuentes de descontento ideológico que se habían ido acumulando desde al menos principios de los años sesenta, canalizando las frustraciones con la gobernanza liberal, las ansiedades de la Guerra Fría, la convulsión social y el estancamiento económico hacia una coalición política coherente que dominaría la política estadounidense durante una generación y alteraría los términos del debate público de maneras que persistirían mucho tiempo después de que el propio Reagan hubiera abandonado el escenario.

Para comprender la Revolución Reagan en toda su complejidad, es indispensable situar este período dentro del marco más amplio de la historia política del siglo veinte. El Nuevo Trato de Franklin D. Roosevelt había establecido un consenso político que perduró durante décadas: el gobierno federal tenía un papel legítimo y necesario en la regulación de la economía, la provisión de una red de seguridad social y la protección de los ciudadanos frente a los excesos del capitalismo sin restricciones. Este consenso fue ampliado y profundizado por la Gran Sociedad de Lyndon B. Johnson en los años sesenta, con programas que extendían la asistencia médica a los ancianos y los pobres, invertían masivamente en educación y vivienda, y atacaban la pobreza como un problema sistémico que requería respuestas sistémicas. Sin embargo, incluso en el momento de su mayor influencia, este consenso liberal generó reacciones y resistencias que con el tiempo se convertirían en la base del ascenso conservador.

La Revolución Reagan no puede entenderse tampoco sin considerar los cambios demográficos, culturales y económicos que transformaron la sociedad estadounidense en el período de posguerra. El crecimiento de los suburbios, el declive de las ciudades industriales del noreste y el Medio Oeste, el surgimiento del Cinturón del Sol como nueva zona de prosperidad y crecimiento poblacional, la diversificación racial y étnica de la nación, la revolución sexual y feminista de los años sesenta y setenta, y el colapso de la economía manufacturera de posguerra crearon las condiciones para una profunda reconfiguración política. Reagan supo leer estos cambios con notable agudeza política y construyó una coalición que unía a grupos antes dispares: trabajadores blancos de la clase obrera del Norte que se sentían abandonados por el Partido Demócrata, blancos del Sur que rechazaban los avances de los derechos civiles y la intervención federal en los asuntos raciales, evangélicos y católicos conservadores alarmados por los cambios sociales y culturales de la era, empresarios y ejecutivos corporativos que anhelaban la desregulación y la reducción de impuestos, y anticomunistas de línea dura que exigían una postura más firme frente a la Unión Soviética.

El período que se extiende desde la elección de Reagan en 1980 hasta el fin de la presidencia de George H.W. Bush en enero de 1993 vio no solo la transformación de la política interior estadounidense sino también el final de la Guerra Fría, el colapso del comunismo soviético, la reunificación alemana, la primera guerra del Golfo Pérsico y el surgimiento de un orden mundial radicalmente nuevo. Estos eventos internacionales de enorme magnitud se entretejieron con los debates y las luchas políticas internas de maneras que hacen de este período un objeto de estudio de primera importancia para comprender la América contemporánea. El presente artículo examina en detalle cada uno de los principales temas, eventos y debates del período, buscando ofrecer una visión completa, equilibrada y analíticamente rigurosa de uno de los momentos más influyentes y controvertidos de la historia política estadounidense.

Las Raíces del Conservadurismo Moderno

El conservadurismo que Reagan encarnó y potenció no surgió de la nada en 1980. Sus raíces intelectuales y organizativas se remontan a los años cuarenta y cincuenta, cuando un puñado de pensadores, editores y activistas comenzaron el lento y difícil trabajo de construir una alternativa coherente al consenso liberal dominante. Friedrich Hayek, cuya obra El camino de servidumbre fue publicada en 1944, ofreció una crítica filosófica del socialismo y la planificación centralizada que influyó profundamente en los pensadores conservadores estadounidenses. Milton Friedman, el economista de la Universidad de Chicago, desarrolló a lo largo de las décadas siguientes una poderosa argumentación en favor del libre mercado, la libre empresa y la limitación del papel del gobierno, argumentación que culminaría en su influyente libro Capitalismo y libertad de 1962 y en su popular serie de televisión Libre para elegir de 1980.

El momento fundacional del conservadurismo intelectual moderno en los Estados Unidos es generalmente situado en 1955, cuando William F. Buckley Jr. fundó la revista National Review. Buckley, un joven intelectual católico de ideas afiladas y estilo combativo, reunió en torno a National Review a un conjunto diverso de pensadores conservadores: ex trotskistas convertidos al anticomunismo feroz, libertarios amantes del libre mercado, y tradicionalistas que valoraban la religión, la autoridad y la continuidad cultural. Esta fusión de corrientes diversas bajo el paraguas del anticomunismo y la oposición al estado liberal fue en sí misma un logro intelectual y político de primera magnitud. National Review no solo articuló una filosofía conservadora coherente sino que también llevó a cabo la importante tarea de definir los límites del conservadurismo respectable, expulsando de sus páginas a los segregacionistas y a los extremistas de grupos como la Sociedad John Birch, cuyas posiciones habrían hecho al movimiento incompatible con el consenso democrático mayoritario.

La candidatura presidencial de Barry Goldwater en 1964 representó el primer gran ensayo de fuerza del conservadurismo moderno en el ámbito de la política electoral. Goldwater, senador de Arizona y autor del influyente La conciencia de un conservador de 1960, ofreció una alternativa radicalmente diferente al consenso liberal: oposición al impuesto sobre la renta, defensa de los derechos de los estados frente al gobierno federal, oposición a la Ley de Derechos Civiles de 1964 por razones constitucionales aunque no racistas, y una postura agresivamente anticomunista en política exterior. Goldwater fue aplastado en la elección general de 1964 por el presidente Johnson, quien obtuvo una de las victorias más arrolladoras de la historia presidencial estadounidense. Sin embargo, Goldwater llevó al sur profundo y ganó estados que ningún candidato republicano había ganado antes, dando las primeras señales de la futura realineación política regional. Además, en el transcurso de esa campaña, Ronald Reagan pronunció un discurso televisado titulado Una cita con el destino que lo catapultó al estrellato político y lo estableció como la voz más elocuente del conservadurismo americano.

La derrota de Goldwater no detuvo el crecimiento del movimiento conservador, sino que lo incentivó a desarrollar instituciones más sólidas y estrategias más sofisticadas. En las décadas siguientes, una red de think tanks conservadores fue construida con el propósito de producir ideas, políticas y cuadros intelectuales que pudieran competir con el establishment liberal. La Fundación Heritage, fundada en 1973 por Paul Weyrich y Edwin Feulner con apoyo financiero del magnate cervecero Joseph Coors, se convirtió en la más influyente de estas instituciones, produciendo análisis de políticas, capacitando a activistas conservadores y ejerciendo una influencia directa sobre las administraciones republicanas. El Instituto Cato, fundado en 1977 con apoyo inicial de Charles Koch, se especializó en la defensa del libertarismo y la economía de libre mercado. El American Enterprise Institute, con raíces que se remontan a los años cuarenta, se revitalizó como centro de investigación conservadora y neoconservadora en los años setenta.

La infraestructura organizativa del movimiento conservador fue igualmente importante. Paul Weyrich, además de fundar la Fundación Heritage, fue uno de los principales arquitectos del Comité Nacional Conservador de Acción Política (NCPAC) y de otras organizaciones que movilizaron a los votantes conservadores a nivel de base. Richard Viguerie desarrolló el correo directo como herramienta de recaudación de fondos y movilización política, permitiendo a las organizaciones conservadoras comunicarse directamente con millones de votantes potenciales sin depender de los medios de comunicación tradicionales o de las estructuras del Partido Republicano establecido. Esta capacidad de recaudación de fondos y comunicación directa fue crucial para el surgimiento de lo que llegó a conocerse como la Nueva Derecha, una amalgama de grupos de interés conservadores que abarcaba desde organizaciones pro-vida hasta grupos de defensa de los derechos a las armas y organizaciones opuestas a la acción afirmativa.

La reacción a la convulsión social y cultural de los años sesenta fue otro elemento crucial en el surgimiento del conservadurismo moderno. El movimiento por los derechos civiles, el movimiento contra la guerra de Vietnam, el movimiento feminista, la revolución sexual, la contracultura hippie y los disturbios urbanos de la segunda mitad de los sesenta generaron un profundo malestar entre amplios sectores de la población blanca de clase media y obrera que sentían que el orden social al que estaban acostumbrados estaba siendo desafiado y erosionado. Richard Nixon supo capitalizar este malestar con su apelación a la mayoría silenciosa en 1968, argumentando que la mayoría de los estadounidenses no apoyaba las protestas, los desórdenes y los experimentos sociales, sino que deseaba el orden, la ley y el regreso a los valores tradicionales. La estrategia sur de Nixon, aunque contenciosa en sus implicaciones raciales, fue igualmente efectiva para atraer a votantes blancos del Sur que abandonaban el Partido Demócrata en respuesta a los avances de los derechos civiles.

La oposición a los programas de la Gran Sociedad de Lyndon Johnson también fue un elemento central del conservadurismo en ascenso. Programas como Medicare, Medicaid, la asistencia social, los subsidios para la vivienda y la expansión de la burocracia federal reguladora parecían a muchos conservadores no solo económicamente insostenibles sino fundamentalmente contrarios a los valores de la autosuficiencia, la responsabilidad individual y la autonomía local que consideraban el alma del carácter americano. La percepción de que los programas de bienestar social creaban dependencia en lugar de fomentar la independencia, y de que los impuestos necesarios para financiarlos castigaban injustamente a los ciudadanos productivos y trabajadores, se convirtió en un poderoso motor del descontento político que Reagan supo aprovechar magistralmente.

La Crisis de los Años Setenta

Si las raíces intelectuales y organizativas del conservadurismo se extienden hacia los años cincuenta y sesenta, fue la crisis multidimensional de los años setenta la que creó las condiciones para el triunfo político del movimiento. Los años setenta fueron un decenio de fracasos, humillaciones y desilusiones que sacudieron profundamente la confianza del pueblo estadounidense en sus instituciones y en su capacidad nacional. La combinación de estancamiento económico, inflación desbocada, crisis energética, derrotas en política exterior y escándalo político en el más alto nivel del gobierno creó un estado de ánimo nacional de angustia y desencanto que el discurso reaganiano de optimismo, fuerza y renovación supo convertir en apoyo electoral masivo.

El fenómeno económico más desconcertante de la década fue la estanflación, la coexistencia simultánea de alto desempleo e inflación elevada que desafiaba los modelos económicos keynesianos convencionales, según los cuales estas dos condiciones deberían ser mutuamente excluyentes. La inflación, que era manejable a principios de la década, se disparó tras el embargo petrolero de la OPEP de 1973 y 1974, cuando los países árabes miembros de la organización cortaron el suministro de petróleo a los Estados Unidos en represalia por el apoyo estadounidense a Israel durante la Guerra del Yom Kippur. El precio del crudo se cuadruplicó en cuestión de meses, desencadenando una ola inflacionaria que se extendió por toda la economía y golpeó con especial dureza a los consumidores de clase media y obrera que dependían del automóvil para sus desplazamientos cotidianos. Las largas colas en las gasolineras, los carteles de racionamiento y las restricciones a la velocidad máxima en las carreteras se convirtieron en símbolos de una crisis de confianza más profunda.

El segundo choque petrolero de 1979, desencadenado por la Revolución Iraní que derrocó al Shah Reza Pahlavi, aliado de los Estados Unidos, y llevó al poder al Ayatolá Jomeini, agravó aún más la situación económica y política. La revolución iraní fue percibida no solo como un golpe económico sino como una humillación estratégica: uno de los pilares del orden regional impulsado por los Estados Unidos en el Medio Oriente había caído ante un movimiento islamista revolucionario que denunciaba a los Estados Unidos como el Gran Satán. El índice de miseria, que sumaba la tasa de desempleo y la tasa de inflación, alcanzó niveles sin precedentes en tiempos de paz, proporcionando a los críticos del presidente Carter una medida gráfica del fracaso económico de su administración.

El discurso del presidente Carter del 15 de julio de 1979, que llegó a ser conocido popularmente como el discurso de la malaise aunque Carter nunca usó esa palabra, fue un intento sincero pero políticamente desastroso de diagnosticar la crisis de confianza que afectaba a la nación. Carter describió una crisis del espíritu americano, una enfermedad que veía en el creciente escepticismo, el materialismo y la pérdida de sentido comunitario. Aunque el diagnóstico de Carter contenía elementos de verdad, el discurso fue interpretado ampliamente como una excusa, como una forma de culpar a los propios ciudadanos por los fracasos del gobierno. Ronald Reagan ofrecería la respuesta más efectiva: en lugar de diagnosticar enfermedades del espíritu colectivo, Reagan proclamaría que el problema era el gobierno mismo, y que los ciudadanos americanos, una vez liberados de la carga del gobierno excesivo, recuperarían naturalmente su vitalidad, su iniciativa y su capacidad de grandeza.

Las derrotas y humillaciones en política exterior contribuyeron igualmente al estado de ánimo de crisis. La caída de Saigón el 30 de abril de 1975, cuando las fuerzas norvietnamitas tomaron la capital del Vietnam del Sur y el helicóptero de la embajada evacuó a los últimos estadounidenses desde el techo en escenas transmitidas en directo por la televisión, fue una herida traumática en el orgullo nacional. Los compromisos de los Estados Unidos habían resultado incumplibles, sus aliados incapaces de sostenerse por sí solos, y la superpotencia más poderosa del mundo había sido derrotada por un adversario que disponía de una fracción infinitesimal de sus recursos. En los años siguientes, una serie de avances soviéticos en el Tercer Mundo, incluyendo la influencia creciente en Angola, Etiopía, Afganistán, Camboya y Mozambique, reforzó la percepción de que los Estados Unidos estaban retrocediendo en la rivalidad global con la Unión Soviética mientras la administración Carter respondía con inadecuación y timidez.

El Comité sobre el Peligro Presente, fundado en 1976 por un grupo de intelectuales y antiguos funcionarios de seguridad nacional en su mayoría ex demócratas o neoconservadores, articuló la crítica más sistemática al proceso de distensión y a la política de la administración Carter. Argumentaban que los Estados Unidos habían subestimado peligrosamente la capacidad y las intenciones soviéticas, que el proceso SALT de limitación de armamentos había permitido a los soviéticos alcanzar y superar la paridad nuclear, y que era urgente un programa masivo de rearme. Muchos de los miembros del Comité, como Paul Nitze y Richard Perle, tendrían influencia directa sobre la política de defensa de la administración Reagan.

La crisis de los rehenes iraníes, que comenzó el 4 de noviembre de 1979 cuando estudiantes revolucionarios tomaron la embajada estadounidense en Teherán y capturaron a 66 diplomáticos y funcionarios, se convirtió en el símbolo más doloroso de la impotencia estadounidense. Durante 444 días, la situación de los rehenes dominó la cobertura mediática y el debate político, convirtiendo cada fracaso de las negociaciones y cada nuevo insulto del régimen iraní en una humillación diaria para el gobierno de Carter. El fracaso de la Operación Eagle Claw, el intento de rescate militar del 25 de abril de 1980, fue la gota que colmó el vaso: ocho soldados estadounidenses murieron y los helicópteros que debían llevar a cabo el rescate sufrieron fallos mecánicos que obligaron al aborto de la misión antes de que llegara a su destino. Las imágenes de los restos de los helicópteros en el desierto iraní llegaron a todo el mundo y parecían confirmar que la nación más poderosa de la tierra había quedado paralizada por un régimen revolucionario de un pequeño país del Tercer Mundo.

La Nueva Coalición de la Derecha

El ascenso de Reagan al poder no fue simplemente el resultado de un conjunto de condiciones desfavorables para el partido gobernante. Fue también el producto de la construcción deliberada y paciente de una nueva coalición política que reunió a grupos que antes habían votado con frecuencia por los demócratas o que simplemente no habían participado activamente en la política. El elemento más novedoso y quizás más importante de esta nueva coalición fue la movilización de los evangélicos protestantes y de otros cristianos conservadores como fuerza política organizada.

Jerry Falwell, pastor bautista de Lynchburg, Virginia, y fundador en 1979 de la Mayoría Moral, personificó mejor que nadie esta movilización. Falwell argumentaba que los cristianos conservadores tenían la obligación moral y ciudadana de involucrarse en la política para detener lo que veían como el avance de fuerzas hostiles a los valores bíblicos: el aborto legalizado por la decisión Roe contra Wade de 1973, los intentos de introducir la educación sexual y la evolución en las escuelas, la creciente aceptación social de la homosexualidad, y lo que percibían como el ataque deliberado del gobierno y la cultura secular a la familia tradicional y a la fe religiosa. La Mayoría Moral se convirtió en una máquina de recaudación de fondos, registro de votantes y movilización política de notable eficacia, registrando a millones de evangélicos que anteriormente habían permanecido apartados de la política electoral.

Pat Robertson, fundador de la Coalición Cristiana, y James Dobson, fundador de Enfoque a la Familia, fueron igualmente importantes en la construcción de esta infraestructura religiosa conservadora. Robertson, cuya cadena de televisión CBN llegaba a millones de hogares a través de la televisión por cable, y Dobson, cuyo programa de radio se transmitía en cientos de emisoras en todo el país, tenían acceso directo a audiencias masivas a las que podían comunicar mensajes políticos con el lenguaje y el marco de referencia de la fe cristiana. Esta infraestructura de comunicación paralela, que existía al margen de los medios de comunicación tradicionales, sería una ventaja estratégica permanente del movimiento conservador.

Los neoconservadores representaron otro elemento crucial de la nueva coalición. Este grupo, integrado en gran medida por intelectuales y académicos que provenían de la izquierda o del ala liberal del Partido Demócrata y que habían girado hacia posiciones más conservadoras en respuesta a los excesos de la Nueva Izquierda de los años sesenta y a lo que consideraban la debilidad de la administración Carter frente a la Unión Soviética, aportó al movimiento conservador credenciales intelectuales, capital cultural y un conjunto de ideas en materia de política exterior que resultaría enormemente influyente. Irving Kristol, editor de la publicación Commentary y figura central del movimiento neoconservador, articuló la crítica neoconservadora al estado de bienestar y al liberalismo progresista. Norman Podhoretz, editor de la misma publicación, desarrolló una crítica demoledora de lo que denominó la izquierda culpabilizada de América, que en su opinión veía a los Estados Unidos como la fuente principal de los males del mundo. Jeane Kirkpatrick, profesora de la Universidad de Georgetown, publicó en 1979 un ensayo en Commentary titulado Dictaduras y dobles estándares que argumentaba que la administración Carter cometía el error de aplicar el mismo estándar de exigencia democrática a regímenes autoritarios aliados de los Estados Unidos y a regímenes totalitarios comunistas, cuando en realidad los primeros eran potencialmente reformables y los segundos no lo eran. Este argumento justificaba el apoyo a dictadores aliados en el contexto de la Guerra Fría y se convertiría en un principio orientador de la política exterior de Reagan, con Kirkpatrick como embajadora ante las Naciones Unidas.

Los conservadores fiscales y los defensores de la reducción de impuestos constituyeron el tercer pilar de la coalición. El representante Jack Kemp de Nueva York, un ex jugador de fútbol americano profesional convertido en político de ideas entusiastas, se convirtió en el principal defensor en el Congreso de la economía de oferta, la teoría según la cual la reducción de los tipos impositivos, especialmente para los sectores de mayores ingresos, estimularía la actividad económica de manera tan pronunciada que la base fiscal se expandiría y los ingresos gubernamentales no caerían tan precipitadamente como preveían los modelos convencionales. Kemp, junto con el senador William Roth de Delaware, patrocinó el proyecto de ley Kemp-Roth, que proponía una reducción generalizada de los tipos impositivos sobre la renta, el antecedente directo de la legislación tributaria que Reagan impulsaría en 1981.

El fundamento intelectual de la economía de oferta fue desarrollado por los economistas Arthur Laffer y Robert Mundell. Laffer articuló el concepto que se haría famoso como la Curva de Laffer, supuestamente esbozada en una servilleta en un restaurante de Washington, que mostraba que si los tipos impositivos se fijaban al cero por ciento no habría ingresos fiscales, pero si se fijaban al cien por ciento tampoco habría ingresos porque nadie trabajaría, y por tanto en algún punto intermedio había una tasa que maximizaba los ingresos. De este razonamiento Laffer deducía que si los tipos impositivos se encontraban a la derecha del pico de la curva, reducirlos podría en realidad aumentar los ingresos. Jude Wanniski, columnista del Wall Street Journal, popularizó estas ideas en su libro de 1978 Cómo funciona el mundo y fue instrumental en difundir el evangelio de la economía de oferta entre los políticos y el público en general.

Las Elecciones de 1980

La campaña presidencial de 1980 fue un enfrentamiento entre dos visiones radicalmente diferentes de América y de su lugar en el mundo. El presidente Jimmy Carter, que había llegado a la Casa Blanca en 1976 como un hombre nuevo que prometía honestidad y competencia tras el escándalo de Watergate, estaba debilitado por la combinación de fracasos económicos y diplomáticos que lo perseguían. En las primarias demócratas, el senador Edward Kennedy le había desafiado con éxito suficiente para mostrar las grietas en el apoyo de Carter, aunque el presidente sobrevivió a la amenaza interna. En el lado republicano, Reagan había derrotado a un campo numeroso de candidatos que incluía a George H.W. Bush, al senador Howard Baker y al representante John Anderson.

La candidatura de Bush al liderazgo republicano fue notable por su crítica explícita a las propuestas económicas de Reagan. Bush calificó los planes de recortes fiscales de Reagan de economía vudú, argumentando que los números simplemente no cuadraban y que la promesa de reducir impuestos masivamente, aumentar el gasto en defensa y equilibrar el presupuesto era aritméticamente imposible. Esta crítica resultaría proféticamente correcta en cuanto al déficit, aunque políticamente inconveniente cuando Bush aceptó ser el compañero de fórmula de Reagan en la candidatura republicana. John Anderson, un congresista republicano moderado de Illinois, rechazó la candidatura republicana y se presentó como candidato independiente, atrayendo a votantes moderados que no se sentían cómodos ni con Reagan ni con Carter.

El único debate presidencial entre Carter y Reagan, celebrado el 28 de octubre de 1980, a solo una semana de las elecciones, fue un momento decisivo de la campaña. Reagan llegó al debate con la enorme ventaja de haber sido presentado por Carter durante meses como un peligroso extremista de derechas, lo que significaba que cualquier actuación que no confirmara ese carácter extremo resultaría tranquilizadora para los votantes indecisos. Reagan respondió a los ataques de Carter con una sonrisa desarmante y la frase que se haría famosa: "Ahí va otra vez", sugiriendo que los argumentos de Carter eran repetitivos y poco convincentes. En el momento más memorable del debate, Reagan preguntó directamente a los televidentes: "¿Están ustedes mejor ahora que hace cuatro años?", una pregunta cuya respuesta para millones de estadounidenses era claramente negativa.

El resultado de las elecciones del 4 de noviembre de 1980 fue una victoria aplastante de Reagan. El candidato republicano obtuvo el 50,7 por ciento del voto popular frente al 41 por ciento de Carter y el 6,6 por ciento de Anderson, y ganó 489 votos electorales frente a los 49 de Carter, llevándose 44 estados. El Partido Republicano también ganó el control del Senado por primera vez desde 1954, obteniendo una mayoría de 53 a 47 escaños, y redujo significativamente la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes. Reagan apeló a los llamados demócratas Reagan, trabajadores blancos de clase obrera del Norte que antes habían votado consistentemente por el Partido Demócrata pero que ahora rechazaban lo que percibían como su abandono de los valores del trabajo duro, el patriotismo y la religión.

Un acontecimiento que añadió un aura casi sobrenatural a la victoria de Reagan fue la liberación de los rehenes iraníes precisamente en el día de la inauguración presidencial, el 20 de enero de 1981, minutos después de que Reagan prestara juramento como presidente. La coincidencia temporal fue interpretada de maneras muy diferentes: para los admiradores de Reagan, era una señal de que el mundo ya reconocía el cambio de liderazgo y le rendía respeto; para los críticos, surgieron sospechas que nunca fueron confirmadas definitivamente de que hubo negociaciones secretas entre el equipo de campaña de Reagan y los iraníes para retrasar la liberación de los rehenes hasta después de las elecciones, lo que se conocería como el asunto de los rehenes de octubre. Sea como fuere, el inicio de la presidencia de Reagan estuvo marcado por este símbolo poderoso de restauración del honor nacional.

La Reaganomía: la Economía de Oferta

La filosofía económica de Reagan, conocida popularmente como Reaganomía, representó el más ambicioso intento desde el New Deal de reorientar la política económica federal sobre una base ideológica fundamentalmente diferente. Donde el keynesianismo del consenso de posguerra había enfatizado el papel de la demanda agregada, la gestión gubernamental del ciclo económico y la intervención estatal como corrector de los fallos del mercado, la Reaganomía proponía exactamente lo contrario: que el gobierno mismo era el principal obstáculo al crecimiento económico y que la solución consistía en reducir radicalmente su tamaño, alcance y costo.

Los cuatro pilares de la Reaganomía, tal como los articuló la administración, eran: reducciones significativas en los tipos impositivos marginales para estimular la inversión y el trabajo; recortes en el gasto público no relacionado con la defensa para reducir el papel del estado en la economía; desregulación amplia para liberar la iniciativa privada de trabas burocráticas; y una política monetaria restrictiva por parte de la Reserva Federal para combatir la inflación. Esta última política ya había sido iniciada por Paul Volcker bajo Carter y continuaría bajo Reagan, con consecuencias dolorosas a corto plazo pero efectivas en la reducción de la inflación a mediano plazo.

David Stockman, el brillante y joven director de la Oficina de Gestión y Presupuesto de Reagan, fue el arquitecto principal de los detalles de la política económica de la administración. Stockman, un ex congresista de Michigan con una mente analítica extraordinaria y un compromiso ideológico igualmente extraordinario con la reducción del gobierno, supervisó la elaboración del presupuesto Reagan de 1981 con una meticulosidad que chocó inevitablemente con las realidades políticas. En una serie de entrevistas con el periodista William Greider que se publicarían en The Atlantic Monthly en diciembre de 1981 causando gran escándalo, Stockman admitió que la trickle-down economics, la idea de que los beneficios de los recortes fiscales para los ricos se filtrarían hacia abajo beneficiando a todos, era en realidad un nombre de marketing para los recortes de impuestos a los ricos, y que los números del presupuesto no cuadraban de la manera que la administración proclamaba públicamente.

La Ley de Recuperación Económica de Impuestos de agosto de 1981, conocida por sus siglas en inglés ERTA, fue la pieza legislativa central de la Reaganomía. Esta ley redujo el tipo impositivo marginal máximo sobre la renta del 70 por ciento al 50 por ciento, y el tipo mínimo del 14 al 11 por ciento, a lo largo de tres años. También redujo los tipos sobre las ganancias de capital, ofreció generosas deducciones fiscales aceleradas para las inversiones empresariales, y por primera vez indexó los tramos del impuesto sobre la renta a la inflación para evitar que los contribuyentes se deslizaran hacia tramos superiores simplemente porque sus salarios habían aumentado al ritmo de los precios. La ley fue el mayor recorte de impuestos de la historia de los Estados Unidos hasta ese momento, y su aprobación con apoyo bipartidista en el Congreso fue una demostración impresionante del nuevo poder político de Reagan.

Los Recortes Fiscales de Reagan y el Déficit

Las consecuencias de la ERTA resultaron ser más complejas y controvertidas de lo que sus partidarios habían prometido. El crecimiento económico inducido por los recortes fiscales fue real pero insuficiente para compensar la pérdida de ingresos, especialmente combinado con el aumento masivo del gasto en defensa que Reagan también impulsó. El déficit presupuestario federal, que era de 74.000 millones de dólares en el ejercicio fiscal 1980, se disparó hasta 208.000 millones de dólares en el ejercicio fiscal 1983, el mayor déficit de la historia estadounidense hasta ese momento en términos absolutos. La deuda nacional total, que era de 994.000 millones de dólares cuando Reagan asumió el cargo, ascendió a 2,7 billones de dólares cuando lo abandonó en enero de 1989, triplicándose en el espacio de ocho años.

Ante esta realidad fiscal, la administración y el Congreso se vieron obligados a dar marcha atrás parcialmente en los recortes de impuestos. La Ley de Equidad Fiscal y Responsabilidad Fiscal de 1982 (TEFRA), firmada por Reagan en agosto de ese año tras negociaciones con el liderazgo demócrata en el Congreso, supuso el mayor aumento de impuestos de tiempo de paz de la historia hasta ese momento, recuperando aproximadamente un tercio de los recortes de la ERTA. Reagan lo presentó no como una subida de impuestos sino como el cierre de exenciones y lagunas fiscales, una distinción semántica que tuvo importancia política pero no económica. A lo largo de su presidencia, Reagan firmaría en realidad once aumentos de impuestos de diversa magnitud, una realidad que sus admiradores a menudo omiten y que complica la narrativa de Reagan como el gran reducidor de impuestos.

La Ley de Equilibrio Presupuestario Gramm-Rudman-Hollings de 1985 fue un intento del Congreso de imponer disciplina fiscal mediante la fijación de objetivos de déficit decrecientes que, si no se cumplían, desencadenarían recortes automáticos del gasto distribuidos entre programas de defensa y domésticos. Sin embargo, la ley fue declarada parcialmente inconstitucional por el Tribunal Supremo, sus mecanismos fueron constantemente eludidos mediante prácticas contables creativas, y el déficit continuó siendo un problema persistente. La Reforma Fiscal de 1986, un logro bipartidista genuino que simplificó el código tributario, eliminó numerosas exenciones y deducciones, y redujo el tipo máximo al 28 por ciento mientras elevaba el tipo mínimo, fue una reforma estructural más significativa aunque también redujo la progresividad del sistema fiscal.

Las consecuencias distributivas de la política fiscal de Reagan han sido objeto de intenso debate entre economistas e historiadores. Los datos muestran que los ingresos del quintil superior de la distribución de la renta crecieron significativamente durante los años ochenta, mientras que los ingresos de los quintiles inferiores crecieron mucho menos o incluso se estancaron en términos reales. El índice de Gini, la medida estadística estándar de la desigualdad de ingresos, aumentó notablemente durante la década de los ochenta, revirtiendo décadas de convergencia de ingresos. Los defensores de Reagan argumentan que los datos brutos de ingresos son engañosos porque no tienen en cuenta la movilidad económica, los beneficios no salariales como el seguro médico, o el valor de los servicios gubernamentales; los críticos responden que la dirección general del cambio distributivo es indiscutible.

La Recesión de 1981-82 y la Recuperación

La política monetaria restrictiva de la Reserva Federal bajo Paul Volcker, que ya había comenzado a aplicarse con la aprobación de Carter en 1979 y que Reagan respaldó cuando asumió el cargo, provocó una recesión severa que comenzó en julio de 1981 y alcanzó su punto más álgido en los meses de noviembre y diciembre de 1982. En esos meses, la tasa de desempleo alcanzó el 10,8 por ciento, el nivel más alto desde la Gran Depresión de los años treinta. En los estados del Cinturón de Óxido, donde la industria manufacturera del acero, el automóvil y la maquinaria pesada estaba siendo devastada por la combinación de la recesión, la competencia extranjera y la apreciación del dólar, el desempleo alcanzó niveles mucho más altos, con comunidades enteras que veían desaparecer su base económica.

La presión política para que Reagan invirtiera su política económica durante la recesión fue enorme. Los demócratas del Congreso y numerosos republicanos moderados exigían estímulos fiscales, extensión de los beneficios por desempleo y alivio para las industrias en dificultades. Reagan resistió estas presiones con una firmeza que sus admiradores califican de coraje político y sus críticos de ideología rígida. Cuando un reportero le preguntó si pensaba seguir adelante con sus políticas a pesar de la recesión, Reagan respondió que efectivamente lo haría, citando el ejemplo de la dolorosa medicina que a veces es necesaria para curar una enfermedad más grave. Esta firmeza, ya fuera producto de convicciones genuinas o de una confianza en que la economía se recuperaría antes de las próximas elecciones, resultó políticamente acertada.

La economía comenzó a recuperarse a finales de 1982 y entró en lo que se convertiría en uno de los períodos de expansión más prolongados de la historia de posguerra, que duraría desde noviembre de 1982 hasta julio de 1990. El crecimiento del PIB fue del 7,2 por ciento en 1984, el más rápido en décadas, y la tasa de desempleo cayó de manera sostenida. La inflación, que había sido la enfermedad más persistente de la economía estadounidense en los años setenta, fue efectivamente domada por la política de Volcker: el índice de precios al consumidor, que había crecido al 13,5 por ciento anual en 1979, cayó al 3,2 por ciento en 1983 y siguió en niveles moderados durante el resto de la década. Esta combinación de bajo desempleo, bajo inflación y crecimiento robusto en la segunda mitad de los años ochenta fue el logro económico más impresionante de la era Reagan, aunque los críticos señalan que fue comprado a un precio muy alto en términos de déficit, deuda y desigualdad creciente.

La campaña de reelección de Reagan en 1984 explotó magistralmente la recuperación económica. El anuncio televisivo conocido como Es de nuevo mañana en América, que mostraba imágenes de familias optimistas, trabajadores que regresaban al trabajo y banderas ondeando, y declaraba que era de nuevo mañana en América y preguntaba si uno estaría mejor que hace cuatro años, fue uno de los anuncios de campaña más efectivos de la historia política. Reagan derrotó al candidato demócrata Walter Mondale en un aplastante deslizamiento que le dio 49 de los 50 estados y 525 votos electorales, el mayor total de votos electorales de la historia. Mondale solo ganó su estado natal de Minnesota por un margen minúsculo. La magnitud de la victoria confirmó la popularidad personal de Reagan y la eficacia de su narrativa de renovación nacional.

La Desregulación y Sus Consecuencias

La desregulación fue el tercer pilar de la Reaganomía y quizás el que tuvo las consecuencias más duraderas y más problemáticas. La premisa ideológica era que la intervención reguladora del gobierno en la economía producía ineficiencias, elevaba los costos para los consumidores, desalentaba la inversión y la innovación, y en general hacía más daño que bien. Esta premisa contenía verdades parciales, especialmente en áreas como la regulación de las aerolíneas y el transporte de carga por carretera, donde la desregulación iniciada por la administración Carter y continuada por Reagan efectivamente redujo los precios y aumentó la eficiencia. Sin embargo, en otras áreas, especialmente en el sector financiero, la desregulación tuvo consecuencias desastrosas que se manifestaron con toda su magnitud mucho más tarde.

La Agencia de Protección Ambiental y la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional vieron reducidos sus presupuestos y su personal, y sus mandatos de aplicación fueron debilitados. Anne Gorsuch Burford, nombrada directora de la EPA por Reagan, presidió un período de dramática reducción de las actividades de aplicación de la ley ambiental, hasta que un escándalo relacionado con el manejo del Superfondo de limpieza de sitios de residuos peligrosos la obligó a dimitir en 1983. La Comisión Federal de Comercio vio reducida su autoridad reguladora, y la Junta de Aeronáutica Civil fue eliminada por completo. La filosofía general era que el mercado podía resolver los problemas que la regulación gubernamental solo complicaba.

La consecuencia más catastrófica de la desregulación de la era Reagan fue la crisis de las instituciones de ahorro y préstamo, conocidas popularmente como las savings and loans o S&Ls. La Ley de Instituciones Depositarias Garn-St. Germain de 1982 liberalizó radicalmente las inversiones que las S&Ls podían realizar, permitiéndoles diversificarse más allá de los préstamos hipotecarios convencionales a los que habían estado históricamente limitadas. Al mismo tiempo, los depósitos en estas instituciones seguían garantizados por el seguro federal, creando un problema clásico de riesgo moral: los propietarios y gerentes de las S&Ls podían hacer apuestas arriesgadas con los depósitos de sus clientes sabiendo que si ganaban se embolsarían los beneficios y si perdían el contribuyente pagaría la cuenta.

El resultado fue una oleada de préstamos irresponsables e inversiones especulativas que, cuando la burbuja inmobiliaria de mediados de los ochenta estalló, provocó el colapso de cientos de instituciones. La Corporación de Fideicomiso de Resolución se creó para gestionar la quiebra de más de 700 instituciones, con un costo total para el contribuyente que se estima entre 124.000 y 160.000 millones de dólares. El escándalo de los Cinco de Keating, que implicó a cinco senadores, incluyendo a John McCain y John Glenn, que habían aceptado contribuciones de campaña del operador de S&Ls Charles Keating a cambio de presionar a los reguladores para que suavizaran su supervisión de su institución, ilustró las dimensiones políticas de la crisis. La crisis de las S&Ls fue en muchos aspectos el preludio de la crisis financiera mucho mayor de 2007-2008, que también fue facilitada por la desregulación financiera y también requirió rescates gubernamentales masivos.

La Huelga de Patco y las Relaciones Laborales

El 3 de agosto de 1981, el Sindicato de Controladores de Tráfico Aéreo (PATCO) declaró la huelga en protesta por las condiciones laborales y los salarios. Los controladores de tráfico aéreo, trabajadores federales cuyo empleo era técnicamente ilegal que huelguenaran según la ley federal, exigían aumentos salariales significativos y reducción de la jornada de trabajo en un empleo que era reconocidamente uno de los más estresantes del mundo. Reagan, que había sido el único candidato presidencial que PATCO había apoyado en 1980, respondió con una dureza que sorprendió a muchos: dio a los huelguistas 48 horas para regresar al trabajo o ser despedidos.

El 5 de agosto, Reagan cumplió su amenaza y despidió a 11.359 controladores que no habían regresado a sus puestos, una cifra que representaba aproximadamente el 85 por ciento del total de controladores. También emitió una prohibición permanente de que estos trabajadores volvieran a ser contratados como controladores federales, y ordenó la descertificación del sindicato. Militares con entrenamiento en control de tráfico aéreo fueron convocados para cubrir las posiciones vacantes, y las operaciones aéreas continuaron, aunque con capacidad reducida durante meses.

La decisión de Reagan tuvo consecuencias que se extendieron mucho más allá del sector de la aviación. Envió una señal clara a todos los empleadores del país, tanto públicos como privados, de que los sindicatos que se atrevieran a desafiar las condiciones que los empleadores consideraban razonables serían tratados con dureza. El número de huelgas mayores en los Estados Unidos cayó de 235 en 1979 a apenas 40 en 1988, una reducción del 83 por ciento que refleja tanto el impacto disuasorio del ejemplo de PATCO como el debilitamiento estructural de los sindicatos en una economía que se alejaba de la manufactura. La tasa de sindicalización, que era del 23 por ciento en 1980, cayó al 17 por ciento para 1989 y siguió descendiendo en las décadas siguientes. El aplastamiento de la huelga de PATCO es considerado por los historiadores laborales como un punto de inflexión en la historia de las relaciones laborales estadounidenses, el momento en que el equilibrio de poder entre el capital y el trabajo se desplazó decisivamente a favor del primero.

El Conservadurismo Social y las Guerras Culturales

La dimensión social y cultural de la Revolución Reagan fue igualmente importante y quizás más duradera que sus consecuencias económicas. El surgimiento de la derecha religiosa como fuerza política organizada transformó el Partido Republicano desde su interior y trajo al debate político nacional una serie de cuestiones sobre moral, familia, religión y cultura que habían estado en gran medida ausentes de la política del período de posguerra. Estas cuestiones, que con el tiempo llegarían a conocerse colectivamente como las guerras culturales, generaron un nuevo eje de conflicto político que se superpuso y en algunos aspectos sustituyó al eje económico tradicional.

El aborto fue la cuestión que más efectivamente movilizó a los conservadores religiosos. La decisión del Tribunal Supremo en Roe contra Wade de enero de 1973, que estableció el derecho constitucional al aborto basándose en el derecho a la privacidad, galvanizó a un movimiento antiaborto que convirtió la reversión de esta decisión en su objetivo central. Reagan hizo suya la causa antiaborto y prometió nombrar jueces del Tribunal Supremo comprometidos con su reversión. Sus tres nombramientos al Tribunal Supremo, Sandra Day O'Connor en 1981 (primera mujer en ocupar ese cargo), Antonin Scalia en 1986 y Anthony Kennedy en 1988, desplazaron el tribunal hacia posiciones más conservadoras, aunque ninguno de ellos votó finalmente por revocar Roe v. Wade en su totalidad.

La Enmienda de Igualdad de Derechos, que habría garantizado la igualdad de derechos bajo la ley sin distinción de sexo, expiró sin haber sido ratificada por el número suficiente de estados en junio de 1982. Phyllis Schlafly, activista conservadora y abogada que había fundado el movimiento STOP ERA (Detened la ERA), fue la principal opositora a la enmienda. Schlafly argumentaba que la ERA haría obligatorio el servicio militar femenino, eliminaría las protecciones legales de las amas de casa y madres, y en general borraría las diferencias entre los sexos que ella consideraba naturales y beneficiosas. Su campaña fue un modelo de organización política conservadora a nivel de base y su éxito fue uno de los logros más significativos del movimiento conservador en el ámbito de la política cultural.

Los intentos de Reagan de restaurar la oración en las escuelas públicas mediante una enmienda constitucional fracasaron ante la oposición en el Senado, donde se necesitaban dos tercios de los votos para aprobar una enmienda. El Tribunal Supremo había prohibido las oraciones escolares oficiales en 1962 y las lecturas bíblicas en 1963, y estas decisiones seguían siendo profundamente impopulares entre los conservadores religiosos. Sin embargo, la movilización política en torno a estas cuestiones sirvió para mantener unida la coalición conservadora y para diferenciar claramente al Partido Republicano del Demócrata en el terreno de los valores culturales y religiosos.

La Política Exterior de Reagan y la Doctrina Reagan

La política exterior de Reagan representó una ruptura deliberada con la filosofía de la distensión que había guiado la política exterior estadounidense desde Nixon y que Carter había tratado de continuar, aunque con mayor énfasis en los derechos humanos. Donde la distensión buscaba gestionar la competencia con la Unión Soviética a través de la negociación, la reducción de armamentos y la búsqueda de puntos de contacto mutuamente beneficiosos, la administración Reagan adoptó una postura más confrontacional, argumentando que la distensión había permitido a los soviéticos acumular ventajas estratégicas mientras los Estados Unidos se contentaban con la paridad o menos.

La Doctrina Reagan, como fue denominada retrospectivamente, fue el elemento más activo de esta nueva postura. La doctrina articulaba el principio de que los Estados Unidos no solo contendría el avance del comunismo sino que activamente apoyaría a movimientos insurgentes anticomunistas que trataran de derrocar a gobiernos marxistas establecidos. Este principio fue aplicado en Nicaragua, donde la CIA organizó, entrenó y financió a los Contras, guerrilleros anticomunistas que combatían al gobierno sandinista que había llegado al poder en 1979 tras derrocar a la dictadura de Somoza. Fue aplicado en Angola, donde los Estados Unidos apoyaron a UNITA, el movimiento de Jonas Savimbi, contra el gobierno marxista apoyado por Cuba y la Unión Soviética, revirtiendo la Enmienda Clark que había prohibido este apoyo en 1976. Fue aplicado en Camboya, donde se apoyó a los grupos que resistían la ocupación vietnamita. Y fue aplicado, con consecuencias que se manifestarían dramáticamente décadas más tarde, en Afganistán.

En Afganistán, la Unión Soviética había invadido en diciembre de 1979 para sostener al gobierno comunista que era incapaz de controlar la resistencia islámica. Los Estados Unidos, bajo Carter primero y Reagan después con mayor intensidad, apoyaron a los muyahidines afganos con dinero, entrenamiento y armas, incluyendo desde 1986 los misiles Stinger tierra-aire que resultaron cruciales para neutralizar la ventaja aérea soviética. El apoyo estadounidense fue coordinado a través de los servicios de inteligencia paquistaníes y saudíes, y también involucró a voluntarios de diversas partes del mundo islámico, incluyendo a Osama bin Laden. La retirada soviética de Afganistán en febrero de 1989 fue presentada como un triunfo de la Doctrina Reagan, pero el vacío de poder dejado por la retirada, y el arsenal y el entrenamiento diseminados entre grupos islamistas, sentarían las bases del surgimiento de los talibanes y de al-Qaeda en la década siguiente.

El Rearme de la Guerra Fría

El rearme militar fue uno de los compromisos más consistentes de Reagan y uno de los elementos que generó más controversia tanto doméstica como internacional. El gasto en defensa, que representaba el 4,9 por ciento del PIB cuando Reagan asumió el cargo, creció hasta el 6,2 por ciento en 1986, un incremento real de más del 40 por ciento. Este aumento masivo fue financiado en gran medida con deuda, contribuyendo significativamente al déficit presupuestario que tanto alarma había causado cuando se anunció la política fiscal de Reagan.

El discurso de los "Imperios malignos" que Reagan pronunció ante la Convención Nacional de la Asociación de Evangelicos en Orlando, Florida, en marzo de 1983, fue la articulación más dramática de su visión de la confrontación con la Unión Soviética. En ese discurso, Reagan llamó a la Unión Soviética el foco del mal en el mundo moderno y afirmó que los Estados Unidos enfrentaban un conflicto fundamental entre el bien y el mal. El discurso escandalizó a los diplomáticos europeos y a muchos críticos estadounidenses, quienes lo calificaron de peligrosamente provocador y excesivamente simplista, pero también expresó con notable claridad la convicción moral que impulsaba la política de Reagan hacia la Unión Soviética.

En junio de 1982, Reagan pronunció un discurso ante el Parlamento británico en el que predijo que el marxismo-leninismo acabaría en el montón de la historia. Este lenguaje escatológico sobre el destino del comunismo, que sus críticos descartaban como retórica grandilocuente, resultó ser más presciente de lo que la mayoría anticipaba. El 23 de marzo de 1983, Reagan anunció la Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida popularmente como Guerra de las Galaxias, un programa de investigación cuyo objetivo declarado era el desarrollo de sistemas de defensa antimisiles que pudieran interceptar misiles balísticos intercontinentales soviéticos antes de que alcanzaran el territorio estadounidense. Si se pudiera hacer funcionar, argumentaba Reagan, se crearía un escudo que haría inútiles los arsenales nucleares soviéticos y haría obsoleta la doctrina de la destrucción mutuamente asegurada.

Los críticos del programa, que incluían a la mayoría de los físicos y científicos de defensa consultados, argumentaban que la tecnología necesaria estaba décadas lejos de ser viable y que el costo sería prohibitivo. Sin embargo, desde el punto de vista estratégico, el anuncio de la SDI tuvo efectos inmediatos y significativos. Preocupó profundamente a la dirección soviética, que temía que si los estadounidenses desarrollaban aunque fuera una defensa antimisiles parcialmente efectiva, el equilibrio estratégico se rompería en su favor. Esto contribuyó a motivar a los soviéticos a buscar negociaciones de control de armamentos que en última instancia llevarían al Tratado INF.

Granada y el Intervencionismo

El 25 de octubre de 1983, apenas dos días después del atentado suicida contra el cuartel de los marines estadounidenses en Beirut que mató a 241 soldados, los Estados Unidos invadieron la pequeña isla caribeña de Granada en la Operación Furia Urgente. La justificación oficial incluyó la necesidad de proteger a unos 600 estudiantes de medicina estadounidenses en la isla, la solicitud de intervención formulada por la Organización de Estados del Caribe Oriental, y la preocupación por la creciente influencia cubana y soviética en un gobierno que había sido tomado por una facción aún más radical tras el asesinato del primer ministro Maurice Bishop.

La operación involucró a unos 7.600 soldados estadounidenses más fuerzas de varios países caribeños. Diecinueve estadounidenses murieron en la operación y más de cien resultaron heridos. La resistencia fue mayor de lo esperado, particularmente por parte de los trabajadores de la construcción cubanos que resultaron ser más combativos de lo que la inteligencia había anticipado. La administración excluyó a los medios de comunicación de la operación durante sus primeras fases, estableciendo un precedente de control mediático que sería seguido con aún mayor rigor en operaciones posteriores. La decisión fue criticada ampliamente como una violación de la libertad de prensa, pero fue también efectiva en prevenir imágenes negativas que pudieran erosionar el apoyo público.

La operación de Granada fue políticamente exitosa. Las encuestas mostraron que una mayoría de estadounidenses la apoyaba, y la imagen de los estudiantes de medicina regresando a casa y arrodillándose para besar el suelo americano fue ampliamente difundida por la administración como prueba del éxito de la misión. Políticamente, Granada también sirvió para amortiguar el impacto del desastre de Beirut, desviando la atención pública de una derrota hacia una victoria. Sin embargo, el atentado de Beirut pronto llevaría a la retirada de las fuerzas estadounidenses del Líbano, un episodio que los críticos señalaron como otra muestra de la inconstancia de la determinación estadounidense frente a los adversarios dispuestos a pagar un precio elevado.

El Asunto Irán-Contra

El asunto Irán-Contra fue el escándalo más grave de la presidencia Reagan y amenazó temporalmente con destruir su legado y tal vez con dar lugar a un proceso de destitución. El escándalo tenía dos partes entrelazadas. La primera era la venta secreta de armas a Irán, que se encontraba en guerra con Irak y al que los Estados Unidos habían declarado oficialmente un estado que apoyaba el terrorismo, a pesar de la prohibición explícita de vender armas a regímenes que patrocinaran el terrorismo. Las ventas, que involucraron cohetes antitanque TOW y misiles antiaéreos HAWK canalizados a través de Israel, se realizaron con la esperanza de que el gobierno iraní utilizara su influencia sobre los grupos chiítas que retenían rehenes estadounidenses en el Líbano para obtener su liberación, una política de armas por rehenes directamente contraria a la postura pública de Reagan de no negociar con terroristas.

La segunda parte del escándalo fue que las ganancias de las ventas de armas a Irán, en lugar de depositar en el Tesoro de los Estados Unidos como exigía la ley, fueron desviadas secretamente a los Contras nicaragüenses en un período en que las Enmiendas Boland, aprobadas por el Congreso en 1982 y 1984, prohibían explícitamente la asistencia militar estadounidense a los Contras. Esta operación fue diseñada y ejecutada principalmente por el coronel Oliver North del Consejo de Seguridad Nacional, con el conocimiento y la dirección del asesor de seguridad nacional John Poindexter y la probable aprobación del director de la CIA William Casey, quien murió de un tumor cerebral en mayo de 1987 sin haber podido testificar ante el Congreso.

La historia fue revelada por primera vez en noviembre de 1986 por la publicación libanesa Al-Shiraa, y confirmada poco después por la propia administración Reagan. North testificó ante el Congreso en el verano de 1987 en su uniforme militar, una presentación calculada que generó un inesperado apoyo popular, con algunos sondeos mostrando que una mayoría de estadounidenses simpatizaba con él. Reagan afirmó no tener conocimiento de la desviación de fondos a los Contras, aunque reconoció haber aprobado las ventas de armas a Irán. El fiscal especial Lawrence Walsh pasó años investigando el asunto y obtuvo diversas condenas, incluyendo la de North, que fue luego revertida en apelación. La calificación de impacto en la popularidad de Reagan fue notable, cayendo más de 20 puntos en las encuestas, aunque se recuperó parcialmente antes del fin de su presidencia.

Reagan y Gorbachov

La relación entre Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, el líder soviético que llegó al poder en marzo de 1985, fue uno de los capítulos más extraordinarios de la diplomacia de la Guerra Fría. Los dos hombres representaban en muchos aspectos los polos opuestos de la confrontación bipolar, y sin embargo desarrollaron una relación de trabajo que hizo posible acuerdos que pocos años antes habrían parecido impensables.

Gorbachov llegó al poder dispuesto a reformar el sistema soviético para salvar sus elementos esenciales. Su programa de glasnost, que promovía la apertura y la transparencia en la información pública, y de perestroika, que buscaba reestructurar la economía soviética para superar su estancamiento crónico, reflejaban el reconocimiento de que el sistema existente no podía continuar indefinidamente. Para llevar a cabo estas reformas necesitaba reducir la carga del gasto militar y mejorar las relaciones con Occidente, lo que requería a su vez progresos en el control de armamentos.

Los dos líderes se reunieron en cuatro cumbres. La primera, en Ginebra en noviembre de 1985, fue principalmente un encuentro de reconocimiento mutuo, sin acuerdos sustantivos pero con el establecimiento de una relación personal que ambos describieron como productiva. La segunda cumbre, en Reykjavik, Islandia, en octubre de 1986, fue el más dramático y sorprendente encuentro de la Guerra Fría. En una sala de trabajo sin precedentes, Reagan y Gorbachov se acercaron asombrosamente a un acuerdo para eliminar todos los misiles balísticos intercontinentales, o incluso todas las armas nucleares, en un plazo de diez años. El obstáculo que hizo fracasar el acuerdo fue la Iniciativa de Defensa Estratégica: Reagan se negó a limitar la SDI al laboratorio de investigación como exigía Gorbachov, argumentando que si alguna vez se desarrollaba la tecnología la compartiría con los soviéticos. Gorbachov no le creyó, y la cumbre se disolvió sin acuerdo.

Sin embargo, Reykjavik demostró que había voluntad política de avanzar en ambos lados. La tercera cumbre, en Washington en diciembre de 1987, produjo el histórico Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, firmado el 8 de diciembre de 1987. El tratado eliminó toda una clase de armas nucleares, los misiles de rango intermedio con un alcance de entre 500 y 5.500 kilómetros, que incluían los temidos misiles SS-20 soviéticos y los misiles Pershing II y de crucero que los Estados Unidos habían desplegado en Europa occidental. Fue el primer tratado de control de armamentos en la historia que no simplemente limitó el crecimiento de los arsenales sino que los redujo efectivamente. Reagan empleó el proverbio ruso que se había convertido en su expresión favorita en el contexto de las negociaciones con los soviéticos: "Confía, pero verifica". La cuarta cumbre, en Moscú en mayo y junio de 1988, fue un triunfo simbólico para Reagan. Cuando le preguntaron si seguía creyendo que la Unión Soviética era un Imperio del Mal, respondió que eso pertenecía a otro tiempo y a otra era.

La Crisis del Sida

La epidemia del SIDA fue la crisis de salud pública más grave que los Estados Unidos enfrentaron durante la era Reagan, y el manejo de esa crisis por parte de la administración es uno de los aspectos más duramente criticados de la presidencia Reagan. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades publicaron su primer informe sobre lo que entonces se denominaba neumonía por Pneumocystis carinii en varones homosexuales en junio de 1981. Para cuando Reagan pronunció su primer discurso público sobre el SIDA en abril de 1987, más de 36.000 estadounidenses ya habían muerto de la enfermedad y decenas de miles más estaban infectados.

El silencio de Reagan sobre el SIDA durante los primeros seis años de la epidemia es uno de los datos más citados por los críticos de su presidencia. Los activistas del SIDA argumentan que este silencio reflejaba la indiferencia de la administración hacia una epidemia que afectaba principalmente a los grupos más marginados de la sociedad: varones homosexuales, usuarios de drogas intravenosas, y en menor medida personas que habían recibido transfusiones de sangre contaminada, incluyendo una proporción significativa de hemofílicos. Patrick Buchanan, entonces director de comunicaciones de la Casa Blanca, escribió en 1983 una columna en la que calificaba el SIDA como la retribución de la naturaleza contra los homosexuales, una actitud que era representativa de la respuesta de una parte del entorno de Reagan.

El Cirujano General C. Everett Koop, un cristiano conservador nombrado por Reagan que sorprendió a todos con su franqueza científica sobre el SIDA, publicó en 1986 un informe que abogaba por la educación sexual explícita, el uso del condón y la prueba del SIDA, ignorando las objeciones morales de los conservadores religiosos. ACT UP, la coalición activista de lucha contra el SIDA, fue fundada en 1987 y desarrolló tácticas de protesta creativas y confrontacionales, incluyendo die-ins en edificios gubernamentales y manifestaciones ante la FDA y los NIH exigiendo la aceleración de los procesos de aprobación de medicamentos. El Proyecto Memorial del SIDA, conocido por su colcha conmemorativa de más de 50.000 paneles, cada uno representando a una víctima individual, fue creado en 1987 para humanizar las estadísticas y hacer visible la magnitud de la tragedia. La Ley Ryan White CARE de 1990, promulgada bajo la presidencia de George H.W. Bush, proporcionó financiamiento federal para el tratamiento del SIDA y llevó el nombre de un adolescente hemofílico de Indiana que había sido expulsado de su escuela tras contraer el SIDA por una transfusión de sangre, convirtiéndose en símbolo de las víctimas inocentes de la epidemia.

La Guerra Contra las Drogas

La guerra contra las drogas fue otro elemento central de la política doméstica de la era Reagan que tuvo consecuencias profundas y perdurables, especialmente para las comunidades afroamericanas y otras minorías. Nancy Reagan se convirtió en la cara pública de la campaña con su eslogan "Just Say No", una iniciativa de educación pública y prevención dirigida especialmente a los jóvenes. Aunque la simplicidad del mensaje fue ampliamente ridiculizada por los expertos en salud pública, la campaña logró elevar la conciencia pública sobre el peligro de las drogas.

Las Leyes Anti-Drogas de 1986 y 1988 establecieron penas mínimas obligatorias para una amplia variedad de delitos relacionados con las drogas, eliminando la discrecionalidad judicial que permitía a los jueces adaptar las sentencias a las circunstancias individuales de cada caso. La característica más controvertida de estas leyes fue la enorme disparidad en las penas por posesión o tráfico de crack frente al polvo de cocaína: 5 gramos de crack desencadenaban automáticamente una pena mínima obligatoria de cinco años de prisión, mientras que se necesitaban 500 gramos de polvo de cocaína para activar el mismo umbral. Esta disparidad de 100 a 1, que fue reducida a 18 a 1 por la Ley de Sentencias Justas de 2010, tuvo consecuencias devastadoras dado que el crack era la forma de cocaína predominante en las comunidades afroamericanas urbanas mientras que el polvo era más común entre los usuarios blancos de mayores ingresos.

La muerte de Len Bias en junio de 1986, un talentoso jugador de baloncesto de la Universidad de Maryland que acababa de ser seleccionado en el draft de la NBA por los Boston Celtics y que murió de una sobredosis de cocaína dos días después de ser seleccionado, catalizó la aprobación apresurada de la Ley Anti-Drogas de 1986. La histeria mediática que rodeó su muerte, y la confusión inicial sobre si había sido crack o polvo de cocaína lo que causó su muerte, alimentó directamente la disparidad de sentencias que el Congreso codificó con notable precipitación.

Las consecuencias de estas políticas fueron una explosión en la población carcelaria estadounidense, que se multiplicó por cuatro entre 1980 y 2000, y el surgimiento de los Estados Unidos como el país con la mayor tasa de encarcelamiento del mundo. Los afroamericanos, aunque representaban el 13 por ciento de la población total y según todas las encuestas disponibles consumían drogas aproximadamente en la misma proporción que los blancos, representaban más del 40 por ciento de los encarcelados por delitos de drogas. La académica Michelle Alexander analiza estas políticas en su libro de 2010 El nuevo Jim Crow, argumentando que el sistema de encarcelamiento masivo funcionó como un mecanismo de control racial comparable a las leyes de Jim Crow que habían institucionalizado la segregación racial antes del movimiento de derechos civiles.

La Caída del Muro de Berlín

El discurso que Ronald Reagan pronunció ante la Puerta de Brandenburgo en Berlín Occidental el 12 de junio de 1987 contiene la frase más famosa de su presidencia: "¡Señor Gorbachov, derribe ese muro!". Esta exhortación fue discutida por los asesores de política exterior del Departamento de Estado, quienes argumentaron que era innecesariamente provocadora y podría dañar las relaciones con la Unión Soviética en un momento de cuidadosa negociación diplomática. Reagan insistió en mantenerla, y cuando el Muro de Berlín cayó dos años y cinco meses después, el 9 de noviembre de 1989, la frase se convirtió en la cápsula de la narración conservadora sobre cómo Reagan había ganado la Guerra Fría.

La caída del Muro fue el resultado de un proceso de cambio acelerado que había comenzado en Polonia, donde el movimiento sindical Solidaridad había obtenido un triunfo electoral aplastante en las primeras elecciones parcialmente libres de junio de 1989, llevando a la formación del primer gobierno no comunista del bloque soviético desde los años cuarenta. En Hungría, el gobierno reformista había desmantelado la valla metálica que separaba al país de Austria en mayo de 1989, abriendo la primera brecha en el Telón de Acero. Decenas de miles de alemanes orientales comenzaron a emigrar a través de Hungría y Checoslovaquia hacia Occidente, y los que se quedaron protagonizaron masivas manifestaciones en Leipzig y Dresde exigiendo reformas políticas.

El 9 de noviembre de 1989, el funcionario del partido comunista alemán oriental Günter Schabowski anunció en una conferencia de prensa que los ciudadanos de Alemania Oriental podían solicitar permisos de viaje a Occidente "inmediatamente, sin demora". Lo que Schabowski no sabía era que la nueva regulación no debía entrar en vigor hasta el día siguiente y que debían existir ciertos controles. Cuando los periodistas le preguntaron cuándo entraría en vigor la medida, respondió "De inmediato, sin demora". La noticia se difundió instantáneamente. Multitudes se agolparon en los puestos fronterizos exigiendo paso, y los guardias, sin recibir instrucciones claras de sus superiores, simplemente abrieron las barreras. Aquella noche, berlineses de ambos lados del muro treparon sobre él, lo golpearon con martillos y picos, se abrazaron y lloraron juntos en escenas que fueron transmitidas en directo a todo el mundo.

Gorbachov había facilitado estos eventos al repudiar la Doctrina Brezhnev, el principio soviético de que la Unión Soviética tenía el derecho y el deber de intervenir militarmente para sostener a los gobiernos comunistas del bloque oriental. Su decisión de no enviar tropas soviéticas para reprimir las revueltas en Polonia, Hungría, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Bulgaria y Rumania fue la condición sine qua non de la revolución pacífica de 1989 en la mayor parte del bloque. En Rumania, donde el dictador Nicolae Ceaușescu optó por resistir y ordenó reprimir las protestas, la revolución derivó en violencia y terminó con el arresto y ejecución sumaria del dictador y su esposa el día de Navidad de 1989.

El Colapso de la Unión Soviética

La caída del Muro de Berlín fue el prólogo al colapso del edificio completo del imperio soviético. Los eventos se precipitaron con una velocidad que sorprendió a la práctica totalidad de los expertos en la Unión Soviética, quienes en su gran mayoría habían predicho que el sistema soviético podría reformarse y que su derrumbe completo tardaría décadas. El proceso se desarrolló a través de una combinación de fuerzas centrífugas nacionales, presiones económicas insostenibles, el debilitamiento de la ideología comunista como fuente de legitimidad, y las consecuencias no queridas de las propias reformas de Gorbachov.

Los estados bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, que habían sido anexionados por la Unión Soviética en 1940 como resultado del Pacto Molotov-Ribbentrop y que nunca habían renunciado a sus aspiraciones de independencia, estuvieron entre los primeros en desafiar la autoridad central de Moscú. Las tres repúblicas aprobaron declaraciones de soberanía e independencia en 1990, lo que desencadenó tensiones graves con el gobierno central. Las tentativas de Moscú de revertir estas declaraciones mediante presión económica y acciones militares limitadas fracasaron, en parte porque generaron una reacción internacional negativa que Gorbachov no estaba dispuesto a ignorar.

Boris Yeltsin, un político reformista que había sido marginado del liderazgo del partido por Gorbachov pero que había construido su propia base de apoyo popular, fue elegido presidente de la Federación Rusa en junio de 1991 en las primeras elecciones presidenciales directas de esa república. La elección de Yeltsin como líder de la república más grande de la Unión Soviética creó un centro de poder alternativo que desafió directamente la autoridad de Gorbachov. El 19 de agosto de 1991, un grupo de líderes del Partido Comunista y de las fuerzas de seguridad intentaron un golpe de estado, colocando a Gorbachov bajo arresto domiciliario en su dacha de Crimea. Yeltsin, subido a un tanque ante el Parlamento ruso en Moscú, desafió a los golpistas en un momento de extraordinario drama que fue transmitido al mundo entero y que simbolizó la resistencia popular a la restauración del sistema soviético. El golpe colapsó en tres días ante la negativa de los militares de apoyarlo en masa y la resistencia de la sociedad civil. El Partido Comunista fue suspendido.

El 8 de diciembre de 1991, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el Acuerdo de Belavezha proclamando la disolución de la Unión Soviética y la creación de la Comunidad de Estados Independientes. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov renunció a la presidencia de la Unión Soviética, que ya no existía como entidad política. La bandera soviética fue arriada sobre el Kremlin y sustituida por la tricolor rusa. De la Unión Soviética emergieron 15 estados independientes, un proceso que en algunos casos se desarrolló de manera relativamente pacífica y en otros, como en Chechenia, desencadenó conflictos armados que durarían décadas.

George H.w. Bush y el Mundo de la Posguerra Fría

George H.W. Bush, que sucedió a Reagan en la presidencia en enero de 1989, representaba una variante muy diferente del republicanismo. Donde Reagan era un ideólogo con convicciones profundas sobre el papel del gobierno y la naturaleza del conflicto entre el bien y el mal, Bush era un pragmático con décadas de experiencia en el servicio público: había sido director de la CIA, embajador ante las Naciones Unidas, enviado especial a China, vicepresidente durante ocho años, y antes de todo eso, piloto naval durante la Segunda Guerra Mundial condecorado por su valentía. Sus principales asesores, el secretario de Estado James Baker y el asesor de seguridad nacional Brent Scowcroft, compartían este enfoque pragmático e institucionalista.

La política exterior de Bush estuvo dominada por la gestión del fin de la Guerra Fría, un proceso que requería al mismo tiempo aprovechar las oportunidades históricas que se abrían y evitar desestabilizaciones peligrosas. La reunificación alemana, que fue completada el 3 de octubre de 1990, fue gestionada con notable habilidad diplomática. El canciller Helmut Kohl empujó con fuerza hacia la reunificación rápida, mientras que los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y la Unión Soviética, como potencias que habían ocupado Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial, tenían que dar su consentimiento formal. La inclusión de una Alemania reunificada en la OTAN, algo que los soviéticos habían temido durante décadas, fue aceptada por Gorbachov a cambio de garantías que más tarde fueron objeto de intenso debate en cuanto a su alcance y contenido.

El Tratado START I, firmado en julio de 1991 entre Bush y Gorbachov, fue el acuerdo de control de armamentos más ambicioso de la historia de la Guerra Fría, reduciendo los arsenales nucleares estratégicos de ambas superpotencias a 6.000 ojivas cada una. La actitud de la administración Bush hacia las revoluciones de 1989 en Europa Oriental fue de apoyo discreto pero cuidadoso: celebrar los avances democráticos sin triunfalismo que pudiera humillar a la dirección soviética o desestabilizar el proceso. Esta moderación fue criticada por algunos conservadores que querían explotar más agresivamente las dificultades soviéticas, pero resultó ser la actitud más propicia para un proceso de transición relativamente pacífico.

La Guerra del Golfo Pérsico

El 2 de agosto de 1990, Irak invadió Kuwait, su pequeño vecino rico en petróleo, en una operación relámpago que desbordó las fuerzas kuwaitíes en cuestión de horas. El presidente iraquí Saddam Hussein, que había recibido apoyo occidental durante su guerra contra Irán, calculó que la comunidad internacional no respondería con fuerza a su conquista. Se equivocó de manera espectacular. La administración Bush construyó una coalición de 34 naciones, incluyendo varios estados árabes como Arabia Saudita, Egipto y Siria, y obtuvo una autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que fue posible porque la Unión Soviética, ahora sometida a la influencia de Gorbachov, no vetó como había hecho sistemáticamente durante la Guerra Fría. El Congreso autorizó el uso de la fuerza militar el 12 de enero de 1991 en un voto dividido en el Senado de 52 a 47.

La Operación Escudo del Desierto fue la fase de despliegue defensivo, que comenzó en agosto de 1990 y vio la acumulación de más de medio millón de soldados americanos en Arabia Saudita. La Operación Tormenta del Desierto comenzó con una campaña aérea masiva el 17 de enero de 1991 que durante 38 días destruyó sistemáticamente la infraestructura militar iraquí, las comunicaciones y los centros de mando. La ofensiva terrestre, lanzada el 24 de febrero de 1991, consistió en el famoso gancho a la izquierda del general Norman Schwarzkopf: mientras una fuerza realizaba un ataque frontal contra las defensas iraquíes en Kuwait, el grueso del ejército avanzó cientos de kilómetros hacia el oeste a través del desierto aparentemente vacío para rodear al ejército iraquí. La guerra terrestre duró exactamente 100 horas antes de que Bush anunciara un alto el fuego. Kuwait fue liberado y el ejército iraquí sufrió una derrota aplastante, con 147 soldados estadounidenses muertos en combate.

La decisión de Bush de detener las operaciones militares en la frontera kuwaití y no marchar sobre Bagdad para derrocar a Saddam Hussein fue criticada por algunos, pero reflejaba una lógica estratégica sólida: el mandato de las Naciones Unidas autorizaba la liberación de Kuwait, no el cambio de régimen en Irak; la coalición árabe se habría disuelto si los Estados Unidos hubieran marchado sobre una capital árabe; no había un plan para el período post-Saddam; y Irak servía como contrapeso estratégico a Irán. Esta moderación contrastó marcadamente con la invasión estadounidense de Irak en 2003, que sí buscó el cambio de régimen y generó exactamente las consecuencias desestabilizadoras que Bush padre había previsto y evitado. La popularidad de Bush se disparó a más del 90 por ciento tras la guerra, uno de los índices de aprobación más altos registrados para cualquier presidente estadounidense.

La Economía y las Elecciones de 1992

La guerra del Golfo Pérsico parecía haber asegurado la reelección de Bush, pero la economía tenía otros planes. La recesión que comenzó en julio de 1990 y duró hasta marzo de 1991 fue seguida por una recuperación tan anémica que muchos no la percibieron como tal: el desempleo continuó aumentando hasta alcanzar el 7,8 por ciento en junio de 1992, y la inseguridad económica de la clase media, azotada por oleadas de despidos corporativos y reestructuraciones, creó un estado de ánimo de angustia que no se disipó con el regreso técnico al crecimiento.

La ruptura de Bush con su promesa de campaña de "lean mis labios: no habrá nuevos impuestos", necesaria para alcanzar el acuerdo presupuestario de 1990 con los demócratas del Congreso, fue devastadora para su base política conservadora. Pat Buchanan, el comentarista conservador que había trabajado en la Casa Blanca de Nixon y Reagan, se presentó como candidato en las primarias republicanas proclamando una guerra cultural y denunciando el abandono de los principios de Reagan por parte de Bush. Buchanan obtuvo el 37 por ciento de los votos en la primaria de New Hampshire, una señal de la profundidad del descontento conservador.

Del lado demócrata, el gobernador de Arkansas Bill Clinton, articulando una versión renovada del Partido Demócrata que se autodenominaba Nuevos Demócratas y que buscaba recuperar el centro político que el partido había perdido durante los años ochenta, ganó la nominación presidencial. James Carville, el estratega de la campaña de Clinton, resumió la estrategia con la famosa frase pegada en la pared de la sede de campaña: "Es la economía, estúpido". Un tercer candidato, el empresario texano Ross Perot, se presentó como independiente criticando el déficit presupuestario y el sistema político en general. Perot obtuvo el 19 por ciento del voto popular, el resultado más alto de un tercer candidato desde Theodore Roosevelt en 1912. Clinton ganó con el 43 por ciento del voto popular y 370 votos electorales, mientras que Bush obtuvo el 37,4 por ciento y 168 votos electorales. La era republicana que había comenzado con Reagan llegaba a su fin, aunque el legado de Reagan en los términos del debate político continuaría definiendo la política estadounidense por décadas.

Las Batallas Culturales de los Años Ochenta y Noventa

Las guerras culturales de los años ochenta y noventa abarcaron un amplio espectro de conflictos sobre valores, identidad, arte, educación y el lugar de la religión en la vida pública. En el ámbito de las artes, la controversia sobre el financiamiento federal de las artes a través del Endowment Nacional de las Artes (NEA) encendió debates apasionados sobre la libertad artística, la moralidad pública y el papel del gobierno en la cultura. La exposición del fotógrafo Robert Mapplethorpe "El Momento Perfecto", que incluía imágenes homoeroticas y de sadomasoquismo, y la fotografía "Pis Cristo" de Andres Serrano, que mostraba un crucifijo sumergido en orina del artista, provocaron reacciones furiosas del senador Jesse Helms de Carolina del Norte y de otros conservadores en el Congreso, que exigieron restricciones de contenido sobre lo que el NEA podía financiar. La Galería Corcoran canceló la exposición de Mapplethorpe bajo presión, generando debates sobre la autocensura y la libertad artística.

El debate sobre el multiculturalismo en el ámbito educativo fue igualmente intenso. El libro de Allan Bloom La clausura de la mente americana de 1987 argumentaba que el relativismo cultural y la expansión del currículo universitario para incluir textos de autores no occidentales y no masculinos estaban erosionando la capacidad de los estudiantes para pensar rigurosamente y comprender la herencia intelectual occidental. E.D. Hirsch, en Alfabetización cultural publicado el mismo año, argumentaba que la falta de un canon de conocimiento compartido estaba perjudicando especialmente a los niños de familias menos privilegiadas, quienes no tenían acceso en el hogar a la cultura que los educated de la élite daban por supuesta. Dinesh D'Souza, en Educación Illiberal de 1991, atacó directamente los programas de acción afirmativa y los currículos multiculturales en las universidades más selectas.

La decisión de la Universidad de Stanford en 1988 de revisar su requisito de Western Civilization, que había sido la columna vertebral del currículo desde los años veinte, para incluir más textos de autores de culturas no occidentales y de mujeres y minorías, se convirtió en el episodio más simbólico de este debate. Los manifestantes que recorrían el campus gritando "Hey, hey, ho, ho, Western Civ has got to go" fueron respondidos por conservadores que veían en el episodio la confirmación de sus peores temores sobre el estado de la educación superior. Pat Buchanan, en su discurso ante la Convención Nacional Republicana de Houston en agosto de 1992, declaró que los Estados Unidos estaban inmersos en una guerra religiosa y cultural por el alma de América, un discurso que muchos consideraron excesivamente agresivo pero que articuló con claridad los contornos del conflicto cultural que definiría la política estadounidense por décadas.

Rush Limbaugh, cuyo programa de radio fue sindicado a nivel nacional en 1988, construyó una audiencia de hasta 20 millones de oyentes y se convirtió en la voz más influyente de la derecha popular fuera de la televisión convencional. Limbaugh mezcló comentario político conservador con entretenimiento, humor y diatriba, creando un género nuevo de radio de entretenimiento político que estableció el modelo para el ecosistema mediático conservador alternativo que florecería en las décadas siguientes con la radio por satélite, los canales de televisión por cable y finalmente Internet y las redes sociales.

La Reforma Inmigratoria

La Ley de Reforma y Control de Inmigración (IRCA), firmada por Reagan el 6 de noviembre de 1986, fue el intento legislativo más significativo de abordar la cuestión de la inmigración no documentada desde la Ley de Inmigración de 1965. La ley descansaba sobre un compromiso tripartito: por un lado, estableció sanciones a los empleadores que contrataran a trabajadores indocumentados, creando el sistema de verificación I-9; por otro lado, fortaleció la aplicación de la ley en la frontera; y por último, ofreció una amnistía a los inmigrantes indocumentados que pudieran demostrar residencia continua en los Estados Unidos desde antes del 1 de enero de 1982. Aproximadamente 2,7 millones de personas recibieron estatus legal a través de este programa, la mayor regularización migratoria de la historia estadounidense hasta ese momento. Un programa separado para trabajadores agrícolas permitió la regularización de otros cientos de miles.

La IRCA fue un compromiso clásico que satisfizo parcialmente a casi nadie. Los defensores de los derechos de los inmigrantes apreciaron la amnistía pero criticaron las sanciones a los empleadores. Los defensores de las fronteras más estrictas apreciaron el mayor énfasis en la aplicación de la ley pero se preocuparon por el efecto imán que la amnistía podría tener sobre la inmigración futura. Con el paso de los años quedó claro que las sanciones a los empleadores eran aplicadas con notable inconsistencia, ya que los empleadores podían cumplir formalmente los requisitos de verificación sin asumir ninguna responsabilidad por la autenticidad de los documentos presentados. El flujo de inmigración no documentada continuó, impulsado por los poderosos incentivos económicos que atraían a los trabajadores hacia los mercados laborales estadounidenses y las condiciones de pobreza y violencia que los empujaban desde sus países de origen.

El contexto histórico de la IRCA incluye la Ley de Inmigración de 1965, que había eliminado el sistema de cuotas por origen nacional que desde los años veinte había favorecido fuertemente a los inmigrantes de Europa del Norte y del Oeste. La ley de 1965, parte del programa legislativo de la Gran Sociedad de Johnson, transformó radicalmente la composición demográfica de la inmigración estadounidense: en las décadas siguientes, la mayoría de los nuevos inmigrantes provendrían de América Latina, Asia y África en lugar de Europa, cambiando de manera profunda la composición étnica y cultural de la nación y generando debates sobre asimilación, identidad nacional y la naturaleza de la americanidad que siguen siendo centrales en la política contemporánea.

El Legado Político de Reagan

El legado político de Ronald Reagan es uno de los más debatidos de la historia presidencial estadounidense, con evaluaciones que van desde la reivindicación entusiasta hasta la crítica implacable, pasando por evaluaciones más matizadas que reconocen tanto los logros como los fracasos y costos de su presidencia. Hay, sin embargo, ciertos hechos sobre el impacto de Reagan sobre la política americana que son difíciles de disputar independientemente de la evaluación política que uno haga de ellos.

Reagan transformó el Partido Republicano desde su interior, convirtiendo lo que había sido una institución moderada del centro-derecha, identificada con nombres como Eisenhower, Rockefeller y Gerald Ford, en el vehículo de un conservadurismo ideológico comprometido con la reducción radical del gobierno, los recortes fiscales, la desregulación y una postura agresiva en política exterior. Esta transformación fue tan profunda que los republicanos moderados de la era de Eisenhower serían prácticamente irreconocibles en el Partido Republicano de la era post-Reagan.

Reagan también cambió los términos del debate político más amplio, incluyendo dentro del Partido Demócrata. La declaración del presidente Clinton en su discurso sobre el Estado de la Unión de 1996 de que "la era del gran gobierno ha terminado" fue una concesión explícita de que el paradigma reaganiano había redefinido lo que era políticamente posible en la discusión sobre el papel del gobierno. La reforma del sistema de bienestar social que Clinton firmó en 1996, que impuso límites temporales a la asistencia y requisitos de trabajo, habría sido impensable en el contexto político anterior a Reagan. El llamado gobierno triangular de Clinton, que buscaba un camino intermedio entre el liberalismo del New Deal y el conservadurismo reaganiano, fue en sí mismo una evidencia del poder permanente del discurso de Reagan.

La alianza de Reagan con el movimiento cristiano evangélico tuvo consecuencias duraderas tanto para el Partido Republicano como para la política religiosa de los Estados Unidos. Los evangélicos se convirtieron en uno de los bloques electorales más fiables del Partido Republicano, votando por candidatos republicanos en proporciones de dos a uno o mayores en elecciones presidenciales sucesivas. Esta alianza transformó también las prioridades del movimiento conservador, elevando cuestiones de política cultural y moral, especialmente el aborto, al mismo nivel de importancia que las cuestiones económicas y de seguridad que habían sido el núcleo del conservadurismo anterior.

El legado de Reagan en política exterior influyó profundamente en la siguiente generación de pensadores y políticos republicanos, especialmente en los neoconservadores que tendrían tanta influencia en la administración de George W. Bush tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. La Doctrina Reagan de apoyar activamente a los movimientos de resistencia anticomunista tuvo una resonancia con la doctrina Bush de promover la democracia mediante la intervención militar, aunque las circunstancias y los resultados fueron muy diferentes.

Legado y Significado

El legado de la Revolución Reagan y del período 1980-1993 es multidimensional y profundamente contestado, reflejando las divisiones políticas y las diferencias en valores que el propio período hizo tan prominentes. El legado económico es quizás el más complejo y ambiguo. Por un lado, la derrota de la inflación, la recuperación económica de 1983-1990, la creación de millones de puestos de trabajo, y la modernización de una economía que se estaba transformando de la manufactura industrial a los servicios y la tecnología de la información fueron logros reales. Por otro lado, la triplicación de la deuda nacional, el aumento de la desigualdad de ingresos, la crisis de las instituciones de ahorro y préstamo, y las semillas plantadas para la crisis financiera de 2007-2008 mediante la desregulación del sector financiero fueron costos igualmente reales.

El legado social es igualmente complejo. La movilización de los evangélicos y otros cristianos conservadores enriqueció el proceso democrático al traer al ámbito político a millones de ciudadanos que antes permanecían al margen. Pero también intensificó las divisiones culturales y religiosas de la sociedad americana, convirtiendo el debate político en una suerte de guerra de visiones del mundo incompatibles en lugar de un proceso de negociación y compromiso. Las guerras culturales que comenzaron bajo Reagan han continuado y se han intensificado en las décadas siguientes, contribuyendo a la polarización política que caracteriza la vida política estadounidense contemporánea.

El legado de la política exterior de Reagan y su relación con el fin de la Guerra Fría es el más debatido de todos. Los admiradores de Reagan le atribuyen el crédito principal por el colapso del comunismo soviético, argumentando que su determinación de presionar militarmente y económicamente al sistema soviético, su apoyo a los movimientos de resistencia anticomunistas, y su renuncia a comprometerse en términos que hubieran favorecido a los soviéticos aceleraron el colapso de un sistema que de otra manera podría haber sobrevivido décadas más. Los críticos responden que las causas del colapso soviético eran internas, estructurales y profundas, que habrían producido el mismo resultado independientemente de la política de Reagan, y que su militarismo contribuyó al déficit sin acelerar el colapso. La verdad histórica probablemente incorpora elementos de ambas interpretaciones: el sistema soviético estaba en crisis estructural, pero las decisiones de Reagan, junto con las de Gorbachov, influyeron en el ritmo y la forma de esa crisis.

En el ámbito de la memoria política, Reagan ha sido objeto de una canonización póstuma que a menudo refleja más los deseos políticos del presente que los hechos del pasado. Tras su muerte en junio de 2004 a los 93 años, después de una larga batalla con el Alzheimer que lo había mantenido fuera de la vida pública desde 1994, se produjo una oleada de homenajes que presentaron su presidencia en los términos más favorables. El aeropuerto nacional de Washington fue renombrado en su honor. Los conservadores comenzaron a promover la idea de añadir su rostro al Monte Rushmore. Esta mitificación ha oscurecido en ocasiones la comprensión del Reagan histórico: el que aumentó el déficit mientras prometía equilibrar el presupuesto, el que vendió armas a Irán mientras prometía nunca negociar con terroristas, el que ignoró durante años la epidemia del SIDA mientras predicaba valores familiares, y el que firmó la mayor amnistía migratoria de la historia mientras prometía controlar la frontera.

Conclusión

La Revolución Reagan y el ascenso del conservadurismo que ella culminó representan un momento de transformación en la historia política estadounidense comparable en magnitud, aunque no en contenido, a la Era Progresista de principios del siglo veinte, al New Deal de los años treinta, o a la revolución de los derechos civiles de los años cincuenta y sesenta. Como esos momentos anteriores de transformación, la era Reagan alteró fundamentalmente los términos del debate político, redistribuyó el poder entre diferentes grupos sociales y económicos, reconfiguró las instituciones y los programas gubernamentales, y dejó un legado que sus sucesores, independientemente de su orientación política, debieron enfrentar y en cierta medida aceptar como punto de partida.

La coalición conservadora que Reagan construyó fue una alianza de conveniencia entre grupos con intereses y valores en algunos aspectos incompatibles: los empresarios que querían desregulación y bajos impuestos no necesariamente compartían los valores de los evangélicos que querían legislar la moral cristiana; los neoconservadores que querían proyectar el poderío militar americano en el mundo no necesariamente estaban de acuerdo con los paleoconservadores que querían retirar a los Estados Unidos de los compromisos internacionales; los libertarios que querían mantener al gobierno fuera de la vida privada de los ciudadanos no podían hacer las paces fácilmente con los conservadores sociales que querían usar el gobierno para imponer normas morales. Estas tensiones internas de la coalición conservadora se gestionaron durante la presidencia Reagan mediante la retórica unificadora de Reagan y la presencia de un enemigo común en el liberalismo y el comunismo, pero explotarían con mayor fuerza en las décadas siguientes.

La presidencia de George H.W. Bush y el triunfo de la Guerra del Golfo representaron el último momento de gloria del ciclo político que había comenzado con la elección de Reagan. La victoria aplastante sobre Irak, conseguida con una coalición internacional amplia, un claro mandato de las Naciones Unidas, y una ejecución militar brillante, pareció confirmar que los Estados Unidos habían recuperado no solo la confianza en sí mismos que habían perdido en Vietnam y Beirut, sino también la capacidad de movilizar al mundo en torno a propósitos comunes. El nuevo orden mundial que Bush proclamó tras la guerra parecía augurar una era de cooperación internacional bajo el liderazgo americano que haría del fin de la Guerra Fría no solo el triunfo de un sistema sobre otro sino el inicio de una era más estable y próspera.

Pero la economía ató al suelo las aspiraciones geopolíticas de Bush. La recesión de 1990-1991 y la recuperación sin empleo que le siguió demostraron que la transformación económica iniciada bajo Reagan había creado ganadores y perdedores cuyas diferencias de fortuna seguían acentuándose. La elección de Clinton en 1992 puso fin a la era de dominación electoral republicana que había comenzado con Reagan, pero no puso fin al Reaganismo como paradigma político. Clinton gobernaría mayormente dentro de los parámetros establecidos por Reagan: apoyando el libre comercio, reformando el sistema de bienestar, manteniendo déficits relativamente bajos gracias al acuerdo de 1993 y a la expansión económica de los años noventa, y nunca desafiando frontalmente la premisa fundamental de que el gobierno era el problema y el mercado la solución.

La Revolución Reagan remodeló permanentemente el debate político americano. Convirtió la desconfianza hacia el gobierno federal en una posición por defecto respetable en lugar de una postura excéntrica o marginal. Hizo que la reducción de impuestos se convirtiera en el punto de partida de cualquier discusión sobre política fiscal. Transformó el debate sobre el bienestar social de una discusión sobre cómo proporcionar redes de seguridad adecuadas a una discusión sobre cómo reducir la dependencia del gobierno. Restituyó el orgullo nacional y la voluntad de usar el poderío militar americano en el mundo, aunque las lecciones sobre cuándo y cómo usarlo siguieron siendo objeto de debate. Y encendió las guerras culturales que siguieron ardiendo en la política americana mucho después de que los protagonistas originales hubieran abandonado el escenario.

Estudiar la Revolución Reagan con rigor y honestidad intelectual significa resistir tanto la hagiografía de sus admiradores como el rechazo simplificador de sus críticos. Significa reconocer que fue un movimiento que articuló preocupaciones legítimas sobre el exceso de gobierno y la debilidad exterior al mismo tiempo que exacerbó desigualdades reales y dejó sin respuesta crisis urgentes. Significa comprender que sus consecuencias, tanto las intencionadas como las no previstas, siguen siendo parte inseparable de la realidad política americana contemporánea. Y significa reconocer que la comprensión de este período es indispensable para cualquiera que quiera entender de dónde viene la América de hoy y hacia dónde podría ir.

Fuentes

www.countryreports.org https://www.reaganlibrary.gov https://history.state.gov https://www.archives.gov https://guides.loc.gov https://2009-2017.state.gov/t/avc/trty/102360.htm https://reagan.blogs.archives.gov

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