
Katharine Hepburn: La Mejor Actriz en la Historia de Hollywood — Una Biografía Completa
Introducción
Pocas figuras en la historia del cine estadounidense han proyectado una sombra tan larga y duradera como Katharine Houghton Hepburn. Nacida el 12 de mayo de 1907 en Hartford, Estados Unidos, y habiendo vivido casi todo el transcurso del siglo veinte hasta su muerte el 29 de junio de 2003, Hepburn encarnó una especie de espíritu estadounidense feroz e independiente que la pantalla grande nunca había visto del todo antes y que no ha vuelto a ver completamente desde entonces. El American Film Institute, en su emblemática clasificación de las grandes leyendas de la pantalla en la historia de Hollywood, ubicó a Katharine Hepburn en el primer lugar de su lista de las cien mayores leyendas femeninas, un honor que habla no solo de la amplitud y profundidad de su trabajo cinematográfico, sino también de la magnitud de su presencia cultural en la vida estadounidense. Colocarla en primer lugar equivale a sostener que no fue simplemente la mejor actriz de su época, sino la mujer más trascendente en la historia del cine mismo.
El récord que define a Katharine Hepburn en el imaginario popular es, por supuesto, sus incomparables cuatro premios de la Academia a la Mejor Actriz. Ningún otro actor en la historia de los premios de la Academia, ya sea hombre o mujer, ha ganado cuatro Óscar de actuación, una distinción que el récord de cuatro premios de la Academia de Katharine Hepburn sostiene desde 1982 y continúa manteniendo hasta el día de hoy. Sus cuatro películas ganadoras abarcan cinco décadas de historia cinematográfica: Morning Glory en 1933, Guess Who's Coming to Dinner en 1967, The Lion in Winter en 1968 y On Golden Pond en 1981. Cada victoria llegó en una época diferente, bajo circunstancias culturales distintas, frente a rivales diferentes y en un capítulo distinto de su propia y larga historia de vida. El hecho de que pudiera obtener tal reconocimiento a lo largo de un período tan vasto es en sí mismo testimonio de una longevidad artística que no tiene precedente en la historia de la Academia. Entre su primer Óscar y el último transcurrieron treinta y ocho años, un lapso que abarca la totalidad de la carrera de la mayoría de los actores.
Pero reducir a Katharine Hepburn a una colección de premios y clasificaciones es perderse gran parte de lo que la hacía extraordinaria. Fue, en distintos momentos de su carrera, descartada como veneno para la taquilla, tachada de demasiado difícil para trabajar con ella, objeto de burla por su apariencia poco convencional y su hábito de usar pantalones cuando ninguna mujer respetable en Hollywood hacía tal cosa, y desestimada por los ejecutivos de los estudios que creían que el público estadounidense no quería ver a una mujer tan fuerte, tan inteligente y tan poco dispuesta a ser un simple adorno. Los estudios estaban equivocados. La etiqueta de veneno para la taquilla de Katharine Hepburn, aplicada en 1938 por un grupo de propietarios de cines que publicaron un anuncio de página completa en The Hollywood Reporter, resultó ser uno de los juicios comerciales más espectacularmente erróneos en la historia de la industria del entretenimiento. En dos años, Hepburn había llevado a cabo uno de los regresos más brillantes en la historia de Hollywood, usando The Philadelphia Story para redefinirse en sus propios términos y recordarle al mundo lo que había sido tan descuidado de pasar por alto.
Su vida personal fue, en muchos sentidos, tan dramática y tan cuidadosamente controlada como cualquier papel que interpretó. Su romance de veinticinco años con Spencer Tracy, la historia del romance de Katharine Hepburn y Spencer Tracy es una de las leyendas románticas más perdurables en la historia de Hollywood, se llevó a cabo casi en su totalidad en privado, protegida de la prensa por una extraordinaria discreción mutua y resguardada por un código de lealtad que ninguno de los dos violó públicamente jamás. Tracy estaba casado con otra mujer, Louise Treadwell, con quien había contraído matrimonio en 1923. Era un devoto católico que no buscaría el divorcio. Y así su relación existió en una especie de suspenso permanente y agridulce, profundo, genuino y real, pero siempre justo más allá del alcance de la legitimidad social que el matrimonio podría haberle conferido. Hepburn acompañó a Tracy durante los últimos y difíciles años de su deteriorada salud, y estaba presente en su cabaña cuando él murió en junio de 1967. No asistió a su funeral, pues consideraba que su presencia solo complicaría el duelo de su familia. Durante años después, no pudo obligarse a ver la última película que hicieron juntos, Guess Who's Coming to Dinner, porque la experiencia de verlo vivo en pantalla era demasiado dolorosa de soportar.
Hepburn también estuvo definida, de maneras que son fáciles de subestimar desde una perspectiva del siglo veintiuno, por su lugar de origen. Hartford, Connecticut, no era simplemente un accidente geográfico. Era la fuente de una cepa particular de independencia neoinglesa, rigor intelectual y honestidad directa que moldeó cada aspecto de quien era Hepburn y de cómo se conducía en el mundo. Sus padres fueron reformadores progresistas de primer orden: su madre, una sufragista que trabajó junto a Margaret Sanger por los derechos al control de la natalidad; su padre, un distinguido urólogo que hizo campaña por la educación pública sobre las enfermedades venéreas, y criaron a sus seis hijos para argumentar, pensar, mantenerse firmes y emitir sus propios juicios sobre el mundo. Hepburn absorbió todas estas lecciones con una intensidad que sus padres difícilmente habrían podido anticipar, y las llevó consigo durante toda su vida.
Era reservada, exigente, ocasionalmente exasperante para quienes trabajaban con ella, y absolutamente segura de sus propios juicios estéticos y morales. También era, según casi todos los testimonios de quienes la conocieron bien, cálida, divertida, generosa con su tiempo y su amistad, y poseía una alegría irreductible por la experiencia física, nadar en las frías aguas de Connecticut, jugar al tenis, hacer senderismo, trabajar en el jardín, que le daba algo de la calidad de una llama inextinguible incluso en edad muy avanzada. Vivió hasta los noventa y seis años, y quienes la vieron en sus últimos años relatan que su espíritu, incluso mientras su cuerpo se debilitaba y su memoria flaqueaba con el avance de la enfermedad de Parkinson, conservaba algo de la cualidad inconquistable que la había hecho famosa en primer lugar.
Esta biografía busca capturar el alcance completo de una vida que se extendió desde el movimiento sufragista de principios del siglo veinte hasta los albores de la era digital del siglo veintiuno, desde las primeras décadas de Hollywood hasta la época de la televisión y el video doméstico, desde los primeros indicios del feminismo estadounidense hasta su plena floración cultural. Sigue a Katharine Hepburn desde su infancia en un hogar progresista de Hartford, pasando por la muerte de su amado hermano Tom y su duradera sombra sobre su psicología, por el deslumbrante ascenso y la desalentadora caída de su primera carrera en Hollywood, por el triunfante regreso y los largos años dorados de su asociación con Spencer Tracy, por la notable reinvención al final de su carrera que produjo las actuaciones más celebradas de su vida, y finalmente hasta su silenciosa muerte en una mañana de verano en Old Saybrook, Connecticut, en la casa que había amado durante décadas. Es la historia de una artista extraordinaria, una mujer extraordinaria y una vida estadounidense extraordinaria.
Primeros años y antecedentes familiares
Katharine Houghton Hepburn nació el 12 de mayo de 1907, la segunda de seis hijos de Thomas Norval Hepburn y Katharine Martha Houghton Hepburn en Hartford, Connecticut. Su nacimiento en esta familia particular, en esta ciudad particular, en este momento particular de la historia estadounidense, no fue simplemente un accidente biográfico. Fue, en un sentido muy real, lo que la forjó. El hogar Hepburn era diferente a casi cualquier otra familia estadounidense de clase media alta de su época: un lugar de feroz debate intelectual, compromiso político progresista, vigor físico y un rechazo absoluto a aceptar las limitaciones convencionales impuestas a las mujeres o a cualquier otro que ocupara una posición subordinada en la sociedad estadounidense.
Thomas Norval Hepburn era un hombre de formidable intelecto e igualmente formidable energía. Nacido en 1879, asistió a la Universidad Johns Hopkins, donde se formó como cirujano y desarrolló su especialidad en urología, un campo que, a principios del siglo veinte, estaba estrechamente asociado con el estudio y tratamiento de las enfermedades venéreas, un tema que la buena sociedad prefería no discutir en absoluto. La insistencia de Thomas Hepburn en hablar de ello en voz alta, públicamente y sin vergüenza era enteramente característica del hombre. Ayudó a fundar la New England Social Hygiene Association, una organización dedicada a educar al público estadounidense sobre las infecciones de transmisión sexual en un momento en que tal educación era considerada escandalosa. Creía que la información era una forma de poder, que la ignorancia era siempre el enemigo del bienestar humano, y que la incomodidad de la buena sociedad nunca era razón suficiente para privar de datos a quienes los necesitaban. Estas convicciones, transmitidas con humor y afecto además de con fuerza intelectual, eran el aire que los hijos Hepburn respiraban desde sus primeros años.
Katharine Martha Houghton Hepburn, a quien la familia llamaba Kit, era, si cabe, una figura aún más formidable que su esposo. Nacida en 1878 en la familia Houghton que había fundado Corning Glass Works, provenía de un mundo de considerable privilegio, y pasó su vida usando ese privilegio al servicio de causas en las que creía profundamente. Era una sufragista comprometida que encabezó la Connecticut Woman Suffrage Association durante la larga campaña por el derecho al voto de las mujeres, y después de la aprobación de la Decimonovena Enmienda en 1920 redirigió sus energías hacia la campaña por los derechos reproductivos de las mujeres, trabajando estrechamente con Margaret Sanger en el esfuerzo por hacer accesibles a las mujeres estadounidenses la información sobre control de la natalidad y los anticonceptivos en un momento en que tales actividades no eran simplemente controvertidas, sino ilegales en muchos estados. Era también una persona de enorme calidez personal, una madre que disfrutaba de sus hijos y fomentaba en ellos toda forma de independencia y autoexpresión que ella y su esposo pudieran idear.
Juntos, Thomas y Kit Hepburn crearon un hogar en el que el libre intercambio de ideas no solo estaba permitido, sino activamente requerido. Se esperaba que los hijos debatieran en la mesa de la cena, no para pelear, sino para razonar, presentar evidencias de sus posiciones, defenderse bajo cuestionamiento y estar genuinamente abiertos a la posibilidad de estar equivocados y de que otro pudiera tener razón. Ningún tema estaba prohibido. Política, religión, sexo, muerte, dinero, desigualdad social: todos eran temas apropiados para la discusión familiar, abordados con la misma franqueza y curiosidad intelectual que Thomas Hepburn aportaba a su trabajo médico y que Kit aportaba a su campaña política. El efecto en la joven Katharine fue profundo. Creció no solo tolerante a la controversia, sino energizada por ella, una cualidad que le serviría bien en una industria que perpetuamente intentaba suavizar las aristas de cualquiera que se atreviera a ser genuinamente interesante.
Los seis hijos Hepburn, Tom, Katharine, Richard, Robert, Marion y Margaret, crecieron en un hogar que otorgaba un enorme valor a la vitalidad física además de a la intelectual. Thomas Hepburn era un atleta comprometido que creía firmemente en la importancia del ejercicio y la actividad al aire libre, e inculcó en todos sus hijos el amor por el deporte y el desafío físico. Katharine era quizás la más intensamente atlética del grupo, dedicándose a la natación, el tenis, el golf y otras actividades al aire libre con una pasión que mantuvo hasta bien entrada la vejez. La familia pasaba los veranos en Fenwick, su hacienda en la costa de Connecticut cerca de Old Saybrook, un lugar que se convirtió en una de las grandes constantes de la larga vida de Katharine Hepburn, un punto de estabilidad y renovación al que regresó una y otra vez a lo largo de su carrera y que continuó habitando hasta el final de sus días. La casa de Fenwick, golpeada periódicamente por las tormentas de Nueva Inglaterra y reconstruida y reparada a lo largo de las décadas, era el lugar donde Hepburn se sentía más completamente ella misma, más a gusto con el mundo y más capaz de dejar de lado las complejas exigencias de ser Katharine Hepburn.
La joven Katharine era, según todos los testimonios, una niña de excepcional energía y determinación, no en ningún sentido desagradable, sino en el sentido de que estaba intensamente viva ante el mundo e intensamente comprometida con experimentarlo en sus propios términos. Era, según su propia admisión posterior, algo marimacho: prefería los pantalones a los vestidos, los juegos al aire libre a las diversiones de salón, y la compañía de chicos que corrieran, lucharan y treparan árboles a la compañía más decorosa que convencionalmente se esperaba de una chica joven de su clase y época. Esta preferencia por lo no convencional no era, en el hogar Hepburn, motivo de preocupación parental. Thomas y Kit Hepburn fomentaban activamente la independencia de su hija y su negativa a ser confinada por las expectativas convencionales de feminidad. En esto, como en tantas otras cosas, la familia estaba adelantada a su tiempo.
Los valores progresistas de la familia estaban profundamente arraigados en una especie de protestantismo neoinglés que hacía hincapié en la conciencia individual, la responsabilidad social y la obligación de trabajar activamente para mejorar el mundo. Esta no era religión en ningún sentido estrecho o dogmático: los Hepburn no eran personas que asistieran a la iglesia en el sentido convencional del término, sino más bien una especie de compromiso ético secular que bebía de las mejores tradiciones de los movimientos de reforma estadounidenses. Tanto Thomas como Kit Hepburn creían que el mundo podía mejorar y que era deber de las personas educadas y privilegiadas trabajar hacia esa mejora. Comunicaban esta creencia a sus hijos no mediante charlas o sermones, sino mediante el ejemplo, a través del trabajo que realizaban, las causas que defendían y la manera en que trataban a cada ser humano que encontraban, independientemente de la posición social de esa persona. Estas lecciones, absorbidas en la infancia y reforzadas durante toda su adolescencia, dieron a Katharine Hepburn un marco moral que llevó consigo el resto de su vida.
Hartford en sí era una ciudad de considerable sofisticación y ambición intelectual a principios del siglo veinte, un centro de seguros y manufactura de Nueva Inglaterra con una rica vida cultural y una tradición de participación cívica que se adaptaba perfectamente al temperamento de la familia Hepburn. Era también un lugar con una sólida tradición de reforma social, y la cultura política progresista de la ciudad proporcionaba un entorno natural para que una familia como los Hepburn prosperara. Pero las raíces más profundas del carácter de Katharine Hepburn no estaban en la ciudad misma, sino en la cualidad particular de la vida familiar que sus padres habían creado dentro de ella: una vida moldeada por el amor, la argumentación, la vitalidad física, el compromiso social y un rechazo absoluto a aceptar que las cosas tenían que ser como siempre habían sido.
La muerte de Tom y su impacto duradero
De todos los eventos que moldearon la vida interior de Katharine Hepburn y la impulsaron hacia el teatro y el cine, ninguno fue más trascendente o más permanente que la muerte de su hermano mayor Tom el 3 de abril de 1921, cuando Katharine tenía trece años y Tom tenía quince. Las circunstancias de la muerte de Tom nunca se aclararon completamente: la familia sostuvo durante toda su vida que había sido un trágico accidente y no un acto deliberado de autodestrucción, mientras que otros que examinaron las pruebas estaban menos seguros. Pero el impacto de esa pérdida en la joven Katharine fue enorme y duradero, moldeando su psicología de maneras con las que pasó el resto de su vida tanto lidiando como intentando comprender.
Tom Hepburn nació el 8 de noviembre de 1905 y, según todos los testimonios, era un chico brillante, enérgico y profundamente amado, el mayor de los hijos Hepburn y, de manera natural, una especie de líder entre sus hermanos. Su relación con Katharine era particularmente estrecha. Los dos eran lo suficientemente cercanos en edad como para ser verdaderos compañeros, y compartían la misma vitalidad intelectual, el mismo amor por la actividad física y el mismo espíritu de irreverente independencia que caracterizaba al hogar Hepburn. La pérdida de Tom fue, para Katharine, la pérdida no solo de un hermano sino de un mejor amigo y una especie de alter ego.
Los eventos del 3 de abril de 1921 tuvieron lugar en Greenwich, Nueva York, donde la familia Hepburn visitaba a unos amigos. La cadena exacta de eventos que llevó a la muerte de Tom nunca se estableció de manera definitiva. Cuando Katharine encontró el cuerpo de su hermano esa mañana, parecía haberse ahorcado, con un extremo de una sábana o cordón de cortina anudado alrededor de su cuello y el otro sujeto a una viga por encima de él. La insistencia de la familia en que esto no era un suicidio sino una acrobacia que salió terriblemente mal, Thomas Hepburn aparentemente había mostrado a sus hijos un truco que consistía en atar una cuerda de tal manera que uno podía suspenderse sin cortar realmente el suministro de aire, era perfectamente plausible dada la edad de Tom, su carácter lúdico y la ausencia de cualquier motivo obvio para la autodestrucción. La investigación del forense fue inconclusa. La versión de la familia fue aceptada y la muerte se declaró accidental.
Pero cualquiera que fuera el veredicto técnico, el impacto emocional en la Katharine de trece años fue catastrófico. Había encontrado el cuerpo de su hermano. Ella había sido quien tuvo que enfrentarse a la terrible quietud de la muerte en alguien que amaba más que a casi nadie en el mundo. El shock de aquella mañana nunca la abandonó del todo. Durante el resto de su vida, Katharine Hepburn mostró el tipo de autoprotección emocional característico de las personas que han sufrido una pérdida temprana, repentina y traumática: una tendencia a mantener al mundo a cierta distancia, a controlar su entorno emocional con extraordinaria vigilancia y a establecer relaciones cercanas solo con personas en cuya lealtad y discreción pudiera confiar completamente.
Una de las manifestaciones más reveladoras del impacto de la muerte de Tom en la psicología de Katharine fue su adopción de su cumpleaños como propio. Durante muchos años, de hecho durante la mayor parte de su vida pública, Katharine Hepburn dio su fecha de nacimiento como el 8 de noviembre de 1907, el cumpleaños de Tom desplazado dos años para ajustarse a su propio año de nacimiento. Mantuvo esta ficción de manera tan consistente y durante tanto tiempo que llegó a ser aceptada como un hecho en muchas obras de referencia, y no fue hasta la publicación de sus memorias, Me: Stories of My Life, en 1991, que reconoció públicamente su verdadera fecha de nacimiento del 12 de mayo de 1907. Al adoptar el cumpleaños de su hermano muerto, estaba, en cierto sentido, manteniéndolo vivo dentro de la estructura de su propia identidad, llevándolo consigo en cada momento público de una vida pública que él no había vivido para compartir.
Algunos de quienes han escrito sobre la vida temprana de Hepburn han sugerido que ella comenzó a pensar en sí misma, de alguna manera fundamental, como viviendo también para Tom además de para sí misma: que su feroz determinación de triunfar, de ser notada, de hacer algo extraordinario con su vida, estaba al menos en parte impulsada por el deseo de honrar al hermano cuya vida había sido truncada tan abruptamente. Probablemente hay algo de verdad en esta interpretación, aunque Hepburn siempre fue reacia a participar en el tipo de autoanálisis psicológico que tal sugerencia implica. Lo que sí es cierto es que la muerte de Tom aceleró el desarrollo de cualidades que ya estaban presentes en la joven Katharine: su intensidad, su voluntad de triunfar, su negativa a rendirse ante los contratiempos, y les dio una nueva urgencia y una nueva profundidad emocional.
La familia manejó la muerte de Tom a la manera característica de los Hepburn: negándose a derrumbarse, manteniendo las formas de la vida normal con la mayor consistencia posible y procesando el duelo no regodeándose en él, sino canalizándolo en una actividad con propósito. Thomas y Kit Hepburn no se retiraron de la vida pública; continuaron su trabajo profesional y político con un compromiso indiminuido. Pero la casa había cambiado. Una sombra había caído sobre la familia Hepburn que nunca se levantaría del todo, y Katharine cargó con su porción de esa sombra durante toda su vida de maneras que quienes la conocían bien podían a veces entrever bajo la superficie de su característica luminosidad y determinación.
La muerte de Tom también contribuyó a lo que se convertiría en una de las características personales más definitorias de Katharine Hepburn: su profunda ambivalencia hacia, y ocasional desconfianza directa de, las convenciones y expectativas que la sociedad imponía a las mujeres de su clase y entorno. La muerte de Tom había demostrado, con brutal definitoriedad, que la vida era corta, que la convención no era protección contra la catástrofe y que el tiempo disponible para hacer lo que uno genuinamente necesitaba hacer era limitado e incierto. Esta no era una lección que fomentara la timidez o el conformismo. Era una lección que fomentaba el tipo de autenticidad radical que se convertiría en la firma de Hepburn: una negativa a fingir ser otra cosa de lo que era, sin importar el costo.
Educación y primeros años en el teatro
A raíz de la muerte de Tom, y con el silencioso aliento de unos padres que entendían que su hija necesitaba un propósito y una dirección, Katharine Hepburn se aplicó a su educación con renovada seriedad. Se educó en el Oxford School de Hartford antes de matricularse, en el otoño de 1924, en el Bryn Mawr College de Pensilvania, la misma institución donde había estudiado su madre y que representaba, en la vida intelectual de la costa este, un compromiso con la educación seria de las mujeres que era aún, en los años veinte, una proposición algo radical. Bryn Mawr era conocida por su rigor académico, su cultura de independencia intelectual y la expectativa de que sus estudiantes llevarían a cabo cosas serias con su educación. Era, en definitiva, exactamente el lugar adecuado para Katharine Hepburn.
Sus primeros dos años en Bryn Mawr no se distinguieron por el rendimiento académico. Hepburn era inteligente pero no, en estos primeros años, particularmente enfocada o disciplinada como estudiante. Estaba más interesada en las dimensiones sociales y atléticas de la vida universitaria que en el aula, y sus calificaciones en los dos primeros años reflejaban esta relativa falta de atención al trabajo académico. Pero en algún momento de su segundo año en Bryn Mawr, algo cambió. Había comenzado a participar en producciones teatrales estudiantiles, y la experiencia de actuar en el escenario despertó en ella una convicción que fue inmediata, absoluta y que nunca se sacudió después: iba a ser actriz. El escenario era donde pertenecía. La pregunta sobre qué iba a hacer con su vida, que la había preocupado silenciosamente desde la muerte de Tom, fue repentina y definitivamente respondida.
Con este nuevo sentido de dirección, el trabajo académico de Hepburn mejoró significativamente. Se especializó en historia y filosofía, una combinación que se adaptaba a su temperamento intelectual natural, más interesado en la argumentación y las ideas que en la memorización o la acumulación de datos, y se graduó en 1928 con un título que, sin representar ninguna distinción académica particular, le había dado cuatro años de precisamente el tipo de formación intelectual que una actriz de su ambición necesitaba. Había leído ampliamente, argumentado con vigor, desarrollado su capacidad de pensamiento crítico y, en el proceso, se había vuelto más segura que nunca de que comprendía el mundo de una manera que podría aportar a los roles que se proponía interpretar.
Después de graduarse, Hepburn se incorporó rápidamente al teatro profesional, uniéndose a la compañía Edwin H. Knopf Stock Company en Baltimore, Maryland, una de las compañías de teatro regional que en este período servían como terrenos de formación para jóvenes actores que aspiraban a Broadway. Sus primeras experiencias en el teatro de repertorio fueron, según su propio relato, una combinación de oportunidad emocionante y humillación repetida. Fue despedida de al menos una producción antes de que llegara a Broadway; fue reemplazada en otra; atravesó un período de fracaso inicial que podría haber desalentado a una persona menos determinada. Pero Hepburn era, casi por definición, una persona que no se desalentaba fácilmente, y cada contratiempo servía principalmente para aumentar su determinación de demostrar que quienes dudaban de ella estaban equivocados.
El 12 de noviembre de 1928, Katharine Hepburn debutó en Broadway en These Days, una obra de Katharine Clugston que se representó en el Cort Theatre de Nueva York. Era un papel pequeño en un espectáculo que no duró mucho, pero el simple hecho de haber aparecido en Broadway, de haber dado ese primer paso profesional en el gran escenario del teatro estadounidense, era significativo para ella. Tenía veintiún años, acababa de graduarse de la universidad y ya estaba comprometida con una carrera teatral con una totalidad que dejaba espacio para prácticamente nada más. Se había casado, en diciembre de ese mismo año, con Ludlow Ogden Smith, conocido por sus amigos como Luddy, un socialité y hombre de negocios de Filadelfia que le era devoto con una intensidad que ella nunca pudo reciprocar del mismo modo. El matrimonio fue, desde sus primeros días, uno inusual: el compromiso de Hepburn con su carrera era absoluto, y ella y Luddy tenían un entendimiento, poco usual para su época, de que sus ambiciones profesionales tendrían prioridad sobre las expectativas convencionales del matrimonio.
Los primeros años de la carrera teatral profesional de Hepburn estuvieron marcados por un patrón de despido y recontratación que se estaba convirtiendo en algo de un motivo recurrente. Fue despedida de Death Takes a Holiday antes de que llegara a Broadway; fue dada de baja en otras producciones; fue suplente de Hope Williams en Holiday en el Plymouth Theatre e impresionó a quienes la vieron, pero el papel de actriz exitosa de Broadway aún se le escapaba. Lo que sí tenía, incluso en estos primeros años, era una cualidad de presencia física y vocal que era imposible de ignorar: una angularidad de miembros largos, una voz distintiva con sus vocales cortadas de Nueva Inglaterra y su inusual combinación de autoridad y vulnerabilidad, y una calidad de franqueza emocional que era bastante diferente de las convenciones teatrales de la época.
El avance en el escenario llegó en 1932, cuando Hepburn fue elegida como Antiope en The Warrior's Husband, una comedia que se presentó en Broadway y le dio un papel que se adaptaba perfectamente a su tipo físico y a sus dotes teatrales. Como reina guerrera en un antiguo reino amazónico, Hepburn debía ser atlética, imperiosa, divertida y físicamente imponente, cualidades que poseía en abundancia. Saltó al escenario con armadura y túnica corta, bajando de un salto un tramo de escaleras y haciendo una entrada que detuvo el espectáculo. El público y los críticos tomaron nota. Era electrizante. La carrera teatral que había estado tropezando y comenzando durante cuatro años de repente empezó a ganar un impulso serio, y en pocos meses del éxito de The Warrior's Husband había atraído la atención de los estudios de Hollywood.
Debut en Hollywood y Morning Glory
La transición de Broadway a Hollywood a principios de la década de 1930 fue natural para una joven actriz de los talentos de Katharine Hepburn, y se llevó a cabo con la velocidad y la decisión que caracterizarían su enfoque de cada decisión profesional importante de su carrera. RKO Radio Pictures, uno de los principales estudios de Hollywood de la época, había tomado nota de su éxito en Broadway en The Warrior's Husband, y en 1932 le ofreció un contrato. Hepburn negoció los términos con una astucia que desmentía su relativa falta de experiencia en Hollywood: insistió en derechos de aprobación, en un sal

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