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Jorge Luis Borges: el Arquitecto de Mundos Infinitos

Jorge Luis Borges: el Arquitecto de Mundos Infinitos

Velocidad

Una Biografia Para Countryreports.org

Introduccion

En el vasto e irreductible territorio de la literatura universal, pocas figuras ocupan un espacio tan singular, tan elevado y tan permanentemente transformador como el de Jorge Luis Borges. Nacido en la bulliciosa capital argentina de Buenos Aires el 24 de agosto de 1899, Borges pasó la mayor parte de un siglo navegando por los corredores del lenguaje, el pensamiento y la imaginación, produciendo una obra tan original en su concepción y tan intrincada en su construcción que críticos y estudiosos aún trabajan para desentrañar sus implicaciones plenas, décadas después de su muerte. Fue poeta antes que narrador, ensayista antes que filósofo, y siempre, en todo lo que tocó, un artesano de primer orden. Sin embargo, la paradoja en el corazón de su vida y su obra es que un hombre tan absorbido por las bibliotecas y los textos, por lo escrito y lo leído, estaba destinado a perder la misma facultad de la vista que hace posible la lectura. Esa paradoja, la del maestro lector y escritor abatido por la ceguera, es quizás el emblema más agudo de la ironía trágica que moldeó su biografía.

Borges no pertenece a ninguna categoría única. La literatura latinoamericana lo reivindica como su ancestro más prominente y su pensador más profundo, sin embargo escribió con igual pasión en inglés y se sentía tan cómodo en la tradición de las letras inglesas como en la de su español nativo. Los filósofos lo reivindican, encontrando en sus cuentos más invención metafísica genuina que en muchos tratados académicos. Los matemáticos lo reivindican, reconociendo en su tratamiento del infinito un compromiso poético con conceptos que la lógica formal lucha por expresar. Los bibliotecarios lo reivindican, no solo porque dirigió la Biblioteca Nacional de Argentina durante casi dos décadas, sino porque la biblioteca —ese monumento a la memoria y la curiosidad humanas— ocupa el centro de su universo simbólico. Lo reivindican quienes aman los laberintos, quienes se fascinan con los espejos, quienes están obsesionados por la posibilidad de que el tiempo no sea la marcha lineal que suponemos, sino algo cíclico, recursivo y profundamente extraño.

Esta biografía sigue la vida de Jorge Luis Borges desde su infancia privilegiada pero intelectualmente inquieta en el barrio de Palermo de Buenos Aires, pasando por su educación europea y su encuentro con el movimiento literario de vanguardia conocido como ultraísmo en España, atravesando las décadas triunfales de su ficción madura, hasta llegar a los años crepusculares de fama global, deterioro visual, un matrimonio tardío y controvertido, y finalmente la muerte en la ciudad suiza de Ginebra, la misma ciudad donde había ido a la escuela de niño. Es la historia de un logro literario inmenso ensombrecido por la persecución política, la soledad personal, la ceguera creciente y la omisión más escandalosa en la historia del Premio Nobel de Literatura. Es también una historia de influencia sin paralelo en el mundo de habla hispana: cada gran escritor de la generación que lo siguió, desde Gabriel García Márquez hasta Mario Vargas Llosa, desde Julio Cortázar hasta Isabel Allende, reconoció su deuda con los extraños y brillantes mapas que Borges trazó del territorio de la imaginación humana.

La Vida Temprana y la Infancia En Buenos Aires

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo nació el 24 de agosto de 1899, en la ciudad de Buenos Aires, en la casa que su abuela materna ocupaba en la esquina de las calles Tucumán y Suipacha, en lo que entonces era un próspero barrio céntrico de la capital argentina. El día de su nacimiento cayó en el invierno del hemisferio sur, aunque los inviernos de Buenos Aires son suaves en comparación con los de Europa, y la ciudad misma estaba en medio de un período de extraordinario crecimiento y transformación. A principios del siglo XX, Buenos Aires era una de las ciudades más grandes del mundo, una metrópolis cosmopolita engrosada por oleadas de inmigración provenientes de Italia, España, el Imperio Otomano y Europa del Este, una ciudad que se enorgullecía de su carácter europeo y su distancia del interior rural argentino. En esta Buenos Aires —ambiciosa, modernizadora, consciente de su lugar en el escenario mundial— llegó el infante Jorge Luis Borges.

Su padre, Jorge Guillermo Borges, era un hombre de herencia compleja y considerables dotes intelectuales. El mayor de los Borges tenía ascendencia argentina e inglesa mixta, descendiente de colonos ingleses que habían llegado a América del Sur en el siglo XIX y se habían casado con familias criollas. Había sido educado en parte en Inglaterra, había vivido en los círculos intelectuales de Buenos Aires, y albergaba genuinas ambiciones literarias propias. Publicó una novela, El caudillo, en 1921, y tradujo las obras de Edward FitzGerald, el intérprete inglés de Omar Khayyam, al español. También estaba profundamente interesado en filosofía y psicología, y él mismo sufría la enfermedad ocular hereditaria que eventualmente privaría a su hijo completamente de la vista. Jorge Guillermo Borges trabajó como abogado y más tarde como maestro de psicología, aunque nunca abandonó del todo sus pasiones literarias.

Su madre, Leonor Acevedo Haedo, era de ascendencia uruguaya y argentina, hija de una familia que había desempeñado roles en la historia militar y política argentina. Era una mujer de carácter llamativo: práctica, disciplinada y ferozmente protectora de su familia. Sobrevivió al padre de su hijo por muchas décadas y sirvió, particularmente en los años en que Borges perdía la vista, como su lectora, secretaria y compañera diaria indispensable. Vivió hasta casi los cien años, y aún en sus últimos años continuó asistiendo a su hijo en su trabajo. Cualquiera que fuera Borges como hombre y escritor, la presencia de su madre lo moldeó en cada etapa.

La familia también incluía a su hermana menor, Norah, nacida en 1901 y que llegó a ser pintora y artista visual de cierta distinción por derecho propio. Los hermanos Borges eran cercanos, y la sensibilidad artística de Norah, aunque expresada en un medio diferente, complementaba la visión literaria de su hermano. También estaban las figuras abuelas: tanto la abuela materna, Leonor Suárez Haedo, como la abuela paterna, Frances Haslam, que era inglesa y se comunicaba con la familia en inglés, no en español. Fue a través de la abuela inglesa que el hogar de los Borges adquirió su carácter bilingüe, y fue en parte por su influencia que el joven Jorge Luis creció en un ambiente donde dos idiomas existían simultáneamente, cada uno cargando un peso diferente de significado y asociación.

Durante la infancia de Jorge Luis, la familia se mudó al barrio de Palermo de Buenos Aires, un vecindario que en aquella época no era la zona de moda en que se convertiría más tarde. El Palermo de principios del siglo XX conservaba mucho de su carácter tosco: era un barrio de inmigrantes, de peleadores de cuchillo, de hombres que vivían según el código del compadrito, el tipo porteño que respondía a los agravios con hojas de acero. El tango, esa forma quintaesencialmente bonaerense, tenía sus raíces en barrios como Palermo. El joven Borges absorbió la mitología de este mundo urbano, su argot, sus códigos de honor, sus historias de coraje y traición, incluso mientras pasaba la mayor parte del tiempo dentro de la casa familiar, leyendo.

La casa en Palermo estaba dominada por la biblioteca. Jorge Guillermo Borges había reunido una notable colección de libros, y fue en esa biblioteca, ese archivo personal de los escritos del mundo, donde su hijo recibió su primera y más formativa educación. Jorge Luis leyó vorazmente y sin plan sistemático, moviéndose de novelas en inglés a poesía española a tratados filosóficos, siguiendo su curiosidad dondequiera que lo llevara. Leyó el Quijote en inglés antes de leerlo en español, y según se cuenta quedó desconcertado cuando encontró el original en español porque le parecía una traducción de la versión inglesa que ya conocía. Este encuentro temprano con las peculiaridades de la traducción y el texto original se convertiría en una preocupación de toda su vida.

El Mundo Bilinguee del Hogar de los Borges

Uno de los hechos más distintivos de la crianza de Jorge Luis Borges es que creció genuinamente bilingüe en español e inglés desde la infancia. Esta no era una circunstancia común en Buenos Aires a finales del siglo XIX, incluso en una ciudad cosmopolita. La mayoría de los niños, incluso los de familias cultas, crecían inmersos en un solo idioma. El hogar de los Borges era inusual porque el inglés no era meramente un tema de estudio o una marca de distinción social; era un idioma vivo hablado a diario, asociado con una persona real (la abuela inglesa Frances Haslam), y cargado de una textura emocional diferente a la del español.

Para Borges, el español era el idioma de las calles, de Buenos Aires, del mundo compadrito fuera de la ventana y de la practicidad severa de su madre. El inglés era el idioma de la biblioteca, de ciertos tipos de lectura, de un mundo cultural diferente. Cuando encontró las obras de Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, H.G. Wells, G.K. Chesterton y Thomas De Quincey, las leyó en el idioma en que fueron escritas. Absorbió sus ritmos y sus formas de construir argumentos y narrativas como cadencias nativas, no como música extranjera filtrada a través de la traducción. Esta doble inmersión en dos grandes idiomas literarios daría a Borges, como escritor maduro, una libertad inusual: podía moverse entre las dos tradiciones, tomando prestado de cada una, y su prosa española retuvo a lo largo de su vida una calidad que los críticos argentinos a veces describían como extraña o foránea, una calidad que reflejaba su igualmente íntima habitación del inglés.

Su padre le enseñó a leer en inglés así como en español, y la lectura temprana del niño en inglés incluyó no solo historias de aventuras, aunque las amaba, sino también los trabajos filosóficos y psicológicos que su padre favorecía. Leyó los romances científicos de H.G. Wells, que lo introdujeron en las posibilidades ficticias de la ciencia y la imaginación de mundos alternativos. Leyó los cuentos de aventuras de Stevenson y absorbió su energía narrativa. Leyó a Chesterton, cuyo ingenio paradójico y amor por el giro sorpresivo del argumento se convertirían en una influencia permanente en el estilo discursivo del propio Borges. Leyó a De Quincey, cuya elaborada prosa inglesa abría ventanas hacia estados alterados de conciencia y las extrañas arquitecturas del sueño. Cada uno de estos escritores dejó una marca permanente.

Una Familia Moldeada Por la Historia

Más allá de las circunstancias inmediatas del hogar, Borges creció dentro de una mitología familiar que era en sí misma una especie de herencia literaria. Tanto sus líneas paternas como maternas incluían figuras que habían desempeñado roles en la historia argentina, particularmente en los conflictos militares y las convulsiones políticas del siglo XIX. Su bisabuelo por un lado había combatido en las guerras de la independencia argentina. Su abuelo materno, Francisco Borges, fue un coronel que murió en combate en 1874, atrapado en una lucha militar y política entre facciones opuestas en los primeros años de la república argentina. La forma de esa muerte, cabalgando hacia la batalla contra las probabilidades, en un gesto que combinaba coraje con quizás una especie de desesperación, fue algo que obsesionó a Borges y sobre lo que escribió más de una vez. Estaba fascinado por los ancestros guerreros, por el contraste entre su vida de acción física y la suya propia de libros y pensamiento.

Esta mitología familiar le dio un conjunto peculiarmente argentino de coordenadas. Por un lado, estaba el Buenos Aires de la clase media intelectual, el mundo de las bibliotecas y las ideas y la cultura europea. Por otro, estaba la Argentina de las pampas y los soldados y los peleadores de cuchillo, la Argentina que Sarmiento había llamado barbarie en contraste con la civilización. Borges habitó ambos mundos en la imaginación incluso cuando su vida cotidiana estaba firmemente arraigada en el primero. La interacción entre estas dos versiones de Argentina, la cultivada y la salvaje, la urbana y la rural, la letrada y la iletrada, recorre su obra con una persistencia que refleja sus orígenes biográficos.

La Educacion En Europa: Ginebra y España

El acontecimiento que moldeó de manera más decisiva la formación intelectual del joven Borges fuera de la biblioteca familiar llegó en 1914, cuando su padre decidió llevar a la familia a Europa. Jorge Guillermo Borges sufría el deterioro progresivo de su vista, la misma afección hereditaria que eventualmente aquejó a su hijo, y esperaba que la atención médica europea pudiera ayudar. La familia viajó primero a Ginebra, donde pretendía quedarse solo brevemente, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 los atrapó allí. Permanecerían en Ginebra hasta 1919, un período de cinco años durante el cual el joven Borges experimentó una transformación tan completa y tan significativa como cualquier otra en su vida.

En Ginebra, Jorge Luis se inscribió en el Collège de Genève, una prestigiosa escuela secundaria. Tenía catorce años cuando llegó la familia, ya extraordinariamente bien leído pero sin la educación formal sistemática que los colegios europeos exigían. Ginebra era una ciudad de carácter particular: ciudad protestante, seria y austera, pero también cosmopolita a su manera, albergando instituciones internacionales, refugiados de la guerra y una comunidad de intelectuales y artistas que incluía, en esos años, ni más ni menos que a James Joyce, quien vivía en Zúrich a poca distancia trabajando en el Ulises. El joven Borges no encontró a Joyce directamente, pero el ambiente del modernismo europeo, la sensación de que la literatura estaba sufriendo una revolución fundamental, estaba en el aire que respiraba.

En el Collège de Genève, Borges aprendió francés y alemán además del español e inglés que ya poseía. El francés le dio acceso a otra gran tradición literaria: la de Verlaine y Rimbaud y Baudelaire, la de Flaubert y Stendhal, la de los poetas simbolistas que tanto habían cambiado lo que la poesía podía ser y hacer. El alemán abrió otro mundo: el de Schopenhauer, Nietzsche y los románticos alemanes, de Goethe y Heine y la tradición filosófica que Borges exploraría a lo largo de su carrera. Leyó a Schopenhauer en alemán y quedó profundamente impresionado por las ideas del filósofo sobre la naturaleza de la voluntad, de la representación y de la irrealidad fundamental del mundo tal como se experimenta.

Durante los años de Ginebra, Borges también escribió sus primeros poemas y comenzó a desarrollar su primera personalidad literaria. Leía ampliamente en poesía europea, experimentando con forma y voz, absorbiendo influencias que más tarde describiría y analizaría con gran precisión en sus ensayos. Mostraba sus primeras composiciones literarias a sus compañeros de clase y recibía la recepción mixta que los primeros trabajos suelen atraer. Pero el hábito de escribir, de alcanzar el lenguaje para expresar lo que la observación y el pensamiento habían depositado en su mente, quedó firmemente establecido durante estos años de Ginebra.

Cuando la guerra terminó en 1918, la familia Borges no regresó inmediatamente a Argentina. En cambio, se mudaron a España, pasando tiempo en varias ciudades españolas, incluyendo Mallorca y Sevilla, antes de instalarse por un tiempo en Madrid. Fue en España, y específicamente en Madrid, donde Borges encontró el movimiento literario que daría forma y dirección a su obra temprana: el ultraísmo.

El Movimiento Literario Ultraista

El ultraísmo fue un movimiento literario de vanguardia español que emergió en los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial. Se reunió en torno a la figura de Rafael Cansinos-Assens, un escritor y crítico español de extraordinaria erudición que presidía un salón literario en Madrid que atraía a jóvenes escritores hambrientos de algo nuevo. Los ultraístas, como se llamaban a sí mismos los miembros del movimiento, respondían en parte al agotamiento del modernismo literario español, que consideraban demasiado ornamentado, demasiado amable, demasiado atado a los ideales estéticos del siglo anterior, y en parte al ejemplo de la vanguardia francesa, particularmente Apollinaire, y al Futurismo italiano. Querían una poesía puramente imagista, despojada de bagaje narrativo, sentimental y retórico, una poesía en la que la imagen lo era todo y en la que el movimiento del poema era generado por la colisión y yuxtaposición de imágenes en lugar del desarrollo de argumentos o historias.

Para el joven Borges, encontrar este grupo en Madrid fue una experiencia electrizante. Tenía diecisiete o dieciocho años, ya era un lector comprometido y aspirante a escritor, y aquí había poetas y críticos debatiendo con apasionada seriedad las preguntas más fundamentales sobre lo que la literatura podía y debía ser. Se lanzó al movimiento, asistiendo al salón que presidía Cansinos-Assens, una reunión celebrada cada sábado por la noche que se prolongaba hasta las primeras horas de la madrugada, y contribuyendo poemas a las diversas revistas y hojas volantes que publicaban los ultraístas. Se convirtió, en poco tiempo, no solo en seguidor del movimiento sino en uno de sus participantes activos.

La estética ultraísta dejó marcas permanentes en la obra posterior de Borges, incluso después de que abandonara las posiciones más extremas del movimiento. La preferencia por la imagen sobre el argumento, el interés en la compresión y la elipsis, la creencia en que una obra literaria debe crear algo genuinamente nuevo en lugar de reproducir simplemente lo familiar: todas estas se convirtieron en elementos permanentes de su estilo maduro. Su ficción en prosa posterior, tan densa de imágenes y tan resistente a lo meramente anecdótico, refleja el entrenamiento ultraísta.

El Regreso a Argentina: 1921

En 1921, la familia Borges regresó a Buenos Aires, habiendo estado fuera durante siete años. Jorge Luis tenía veintiún años. Regresó a una ciudad que había continuado su modernización acelerada en su ausencia, una ciudad que de alguna manera debía reaprender y redescubrir. Pero también regresó con una misión: pretendía introducir el movimiento ultraísta en Argentina, importar la energía de vanguardia del mundo literario español a la escena literaria bonaerense, que encontraba demasiado conservadora y demasiado apegada a las estéticas de la generación anterior.

Se lanzó a este proyecto con la energía y la certeza de la juventud. Comenzó a pegar hojas volantes de poemas ultraístas en las paredes de Buenos Aires, una práctica tomada de la vanguardia europea, y rápidamente entró en contacto con el mundo literario existente de la ciudad. Encontró que el Buenos Aires de 1921 era receptivo a las nuevas ideas: había cafés literarios, pequeñas revistas, grupos de escritores que se reunían para debatir el futuro de la literatura argentina. La atmósfera estaba electrizada con un sentido de posibilidad.

Las Revistas Literarias: Prisma, Proa y Martin Fierro

Antes de Proa y Martín Fierro, Borges participó en una intervención aún más radical en la escena literaria bonaerense: la creación de Prisma, una revista mural. Prisma no era una publicación convencional que los lectores pudieran comprar en quioscos o recibir por correo. Era una hoja volante de poesía que Borges y sus asociados pegaban directamente en las paredes de Buenos Aires de noche, de la misma manera en que siempre se habían pegado los manifiestos políticos y los anuncios comerciales en las paredes de la ciudad. Era un intento de sacar la poesía del espacio privado de la página impresa y llevarla al espacio público de la calle, hacerla inevitable, obligar a peatones que no la habían buscado a prestarle atención.

Proa fue una revista literaria más convencional, pero distintiva en sus ambiciones. Borges cofundó la primera versión de Proa en 1922, y la revista publicó poesía, ensayos y prosa experimental de los jóvenes escritores asociados con la vanguardia argentina. Tuvo cuatro números en su primera encarnación y fue relanzada en una segunda versión en 1924, que duró hasta 1926. Martín Fierro fue un tipo diferente de revista: más grande, más polémica, más dispuesta a participar en las discusiones culturales del día con ingenio y agresividad. Publicó desde 1924 hasta 1927 y fue una de las publicaciones literarias más importantes en la historia argentina.

Borges contribuyó con ensayos, poemas y piezas polémicas a Martín Fierro, y el grupo de la revista, conocido como el grupo Florida, en contraste con el más radical políticamente grupo Boedo, se convirtió en uno de los dos polos alrededor de los cuales se organizaba el mundo literario bonaerense en los años veinte. El grupo Florida, asociado con Martín Fierro, priorizaba la innovación estética y la experimentación formal; el grupo Boedo, nombrado por un barrio obrero y asociado con una literatura más comprometida social y políticamente, priorizaba el compromiso con las vidas de los pobres urbanos y las masas inmigrantes.

Fervor de Buenos Aires: el Debut Poetico

En 1923, Borges publicó su primer libro, una colección de poemas titulada Fervor de Buenos Aires. El libro fue impreso a expensas de su padre, como suelen serlo los primeros libros de escritores jóvenes, y distribuido mediante el simple expediente de dejar copias en los abrigos de las personas que asistían a reuniones literarias, para que las descubrieran al ponerse los abrigos para irse. Fue un gesto característicamente borgiano: ligeramente absurdo, muy personal, y al mismo tiempo intensamente consciente del problema de cómo una obra literaria llega a su audiencia.

Fervor de Buenos Aires estableció varios de los temas y preocupaciones que recorrerían toda la carrera de Borges. El Buenos Aires que el libro evoca no es el de la ciudad céntrica, de los grandes bulevares y los cafés de moda, sino el Buenos Aires de los arrabales, de las calles tranquilas y los patios y las horas crepusculares cuando el ruido de la ciudad decrece y algo más esencial y más misterioso parece emerger. Es un Buenos Aires visto con los ojos de alguien que ha estado ausente y ha regresado, alguien que ve lo familiar extrañado por la distancia y el regreso.

Los poemas de Fervor de Buenos Aires muestran la influencia del ultraísmo en su compresión imagista y su evitación del desarrollo narrativo o sentimental. Pero también muestran algo más: un genuino don lírico, una capacidad para la observación exacta del lugar y la atmósfera, y una inquietud filosófica que se haría más explícita en los ensayos y cuentos que siguieron. El libro no fue un éxito comercial inmediato, pero atrajo la atención de la comunidad literaria y estableció a Borges como un escritor a tener en cuenta.

Los Años de Ensayo y Descubrimiento Critico

Si la poesía fue el fundamento de su carrera temprana, Borges se estaba desarrollando simultáneamente como ensayista, y es en sus ensayos de los años veinte y treinta donde la amplitud completa de su curiosidad intelectual se hace más visible. Escribió ensayos sobre la naturaleza de la metáfora, sobre la estética del tango, sobre la identidad argentina, sobre las obras de escritores específicos que admiraba o con los que quería discutir, sobre problemas filosóficos que le emocionaban, sobre cuestiones lingüísticas planteadas por la coexistencia de diferentes idiomas en su imaginación.

En 1935, Borges publicó la Historia universal de la infamia, una colección de breves piezas en prosa basadas vagamente en figuras históricas reales —criminales, piratas, impostores, asesinos— pero transformadas por la imaginación de Borges en algo fantástico y literario. El libro se describe a menudo como una obra de transición, un puente entre los ensayos y la ficción plena que estaba por llegar. Tiene la textura fáctica de la narrativa histórica —fechas, nombres, lugares— pero usa esta textura al servicio de algo muy diferente de la reconstrucción histórica.

La colección Discusión (1932) e Historia de la eternidad (1936) muestran las preocupaciones filosóficas de Borges haciéndose más agudas y específicas. La colección de 1936 es particularmente interesante: incluye ensayos sobre la naturaleza del tiempo, sobre el concepto del infinito en las matemáticas y la filosofía, sobre el problema de la identidad personal y sobre varias tradiciones teológicas y místicas. Un ensayo, "Historia de la eternidad", traza las diversas formas en que los seres humanos han intentado conceptualizar la eternidad, y lo hace con una combinación de erudición histórica e imaginación filosófica genuina que lo convierte en una de las piezas de ensayo más notables en lengua española.

Los Años Cruciales: Hacia Ficciones

A finales de los años treinta, durante la Nochebuena de 1938, Borges sufrió un accidente casi mortal: subiendo apresuradamente una escalera, golpeó su cabeza contra el borde de una ventana de bisagra recién pintada que no había sido correctamente asegurada. La herida fue suficientemente grave como para desarrollar septicemia, y por un tiempo su vida estuvo genuinamente en peligro. Durante su recuperación, sufrió fiebre alta y alucinaciones, y hubo temores de que la lesión hubiera afectado su cerebro.

De hecho, el accidente y la recuperación parecen haber actuado como un catalizador. Cuando salió de la crisis, Borges se encontró escribiendo de una manera nueva, intentando formas que no había intentado antes. El primer cuento que escribió después del accidente fue "Pierre Menard, autor del Quijote", uno de los cuentos más extraordinarios y paradigmáticos en la historia del género. El cuento condensa en pocas páginas todo un conjunto de argumentos sobre la autoría, la interpretación, la originalidad y la relación entre textos y sus contextos históricos que la teoría literaria ha estado elaborando desde entonces.

Ficciones: la Obra Maestra de 1944

Ficciones, publicada en 1944, es el libro por el que Borges es más universalmente conocido y más ampliamente leído, y se erige como una de las obras maestras indiscutibles de la literatura del siglo XX. Es una colección de cuentos cortos, o más bien de piezas en prosa que realizan la función de cuentos mientras se niegan a obedecer las reglas convencionales del género, dividida en dos secciones: "El jardín de senderos que se bifurcan", que había sido publicada en 1941 como colección independiente, y "Artificios", que fue añadida para la edición de 1944.

Los cuentos de Ficciones van desde los extremadamente breves hasta los elaboradamente desarrollados, pero ninguno de ellos es largo según los estándares convencionales. Tienden a estar estructurados como informes, reseñas o ensayos sobre eventos ficticios o textos ficticios, manteniendo un tono de seriedad académica que intensifica en lugar de disminuir su contenido fantástico.

"Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", quizás el cuento más ambicioso y celebrado de la colección, describe el gradual descubrimiento de una sociedad secreta que ha estado construyendo, a lo largo de muchas generaciones, un mundo completamente ficticio llamado Tlön. Este mundo, con su peculiar filosofía idealista, sus idiomas únicos y sus elaboradas ciencias, está documentado en los treinta y dos volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tlön. Pero el cuento no termina con el descubrimiento de Tlön: termina con Tlön comenzando a invadir la realidad, con objetos de ese mundo ficticio apareciendo en el mundo real, de modo que el cuento concluye con una meditación sobre la forma en que las ficciones moldean la realidad en lugar de meramente reflejarla.

"La Biblioteca de Babel" crea uno de los símbolos más poderosos y duraderos en toda la literatura: una biblioteca infinita, compuesta de habitaciones hexagonales, cada una conteniendo el mismo número de estanterías, cada estante teniendo el mismo número de volúmenes, cada volumen compuesto de la misma combinación de letras, signos de puntuación y espacios. La biblioteca contiene cada combinación posible de estos elementos, lo que significa que contiene cada libro que jamás se haya escrito o pudiera escribirse, junto con una abrumadora preponderancia de galimatías sin sentido. El cuento es a la vez una parábola sobre la condición humana, una meditación sobre el lenguaje y la información, y un experimento mental matemático sobre el infinito y sus propiedades.

"El jardín de senderos que se bifurcan" es el cuento más cercano a una historia convencional en Ficciones, combinando elementos del thriller de espionaje con una meditación filosófica sobre el tiempo. El cuento gira en torno a la revelación de que la obra de vida del ancestro del protagonista era no una novela convencional sino un mapa de todas las versiones posibles de una historia, todos los diferentes caminos que los eventos podrían haber tomado si se hubieran hecho diferentes elecciones en cada momento decisivo. El ancestro del protagonista es el jardín de senderos que se bifurcan del título: un modelo del tiempo como estructura ramificada en la que todas las posibilidades son simultáneamente reales.

Los Temas Que Definen a Borges: Una Exploracion

Para leer a Borges es entrar en un universo temático tan distintivo y tan internamente coherente como un sistema filosófico desarrollado. Los temas principales de su obra, la biblioteca y el laberinto, el espejo y el doble, el tiempo y sus paradojas, la naturaleza de la identidad, no son tópicos independientes sino diferentes aproximaciones a un único conjunto subyacente de preguntas sobre el conocimiento, la realidad y la condición humana.

Las Bibliotecas Infinitas y la Naturaleza del Conocimiento

De todas las imágenes de Borges, la biblioteca es quizás la más central y la más autobiográfica. Creció en una biblioteca; trabajó en bibliotecas durante casi dos décadas antes de ser nombrado director de la Biblioteca Nacional; y la biblioteca se convirtió para él en el símbolo primario del intento humano de conocer y registrar el mundo. La Biblioteca de Babel, esa expresión más extrema de la idea de biblioteca, es una biblioteca que contiene todo, lo que equivale a decir una biblioteca que no contiene nada útil, porque lo significativo está enterrado en lo insignificante sin manera de separarlos.

Los Espejos, los Dobles y el Problema de la Identidad

El espejo es la imagen más inquietante de Borges, y a él regresó a lo largo de su carrera con una consistencia que sugiere algo genuinamente fóbico. Ha descrito su horror a los espejos, un horror que insistía en que no era metafórico sino real y físico. Este horror está conectado con su preocupación más amplia por el doble: la idea de que la identidad no es singular y estable sino múltiple, que cada persona podría contener dentro de sí misma otras versiones posibles, que el yo no es una cosa sino un proceso, nunca completamente idéntico consigo mismo.

Los Laberintos y la Estructura de la Confusion

El laberinto es simultáneamente un lugar, una forma y un argumento filosófico. Como lugar, es una estructura diseñada para confundir, para impedir el movimiento directo de la entrada al objetivo, para imponer la experiencia de la desorientación a quien entra en él. Como forma, es la estructura de los propios cuentos de Borges: comienzan apuntando hacia una cosa y entregan otra; proceden mediante pistas falsas y giros inesperados; llegan a finales que se abren hacia nuevas preguntas en lugar de cerrar las que plantearon. Como argumento filosófico, el laberinto sugiere que el universo no está diseñado para la navegación humana.

El Tiempo, la Repeticion y el Universo Circular

Quizás la más filosóficamente rica de todas las preocupaciones de Borges es su compromiso con el tiempo. Estaba profundamente versado en la literatura filosófica sobre el tiempo, desde el relato de Platón del tiempo como imagen móvil de la eternidad hasta la definición aristotélica del tiempo como medida del movimiento, pasando por el tratamiento de Agustín en las Confesiones hasta los debates filosóficos modernos, y más allá hasta las concepciones no lineales del tiempo en varias tradiciones mitológicas, incluido el Eterno Retorno de Nietzsche y el tiempo circular de diversas cosmologías indígenas americanas.

Lo que Borges encontraba más interesante no era ninguna teoría filosófica única del tiempo sino más bien la brecha entre nuestra experiencia ordinaria del tiempo, como lineal, secuencial, el transporte del pasado hacia un futuro abierto, y los varios argumentos filosóficos y teológicos que sugieren que esta experiencia es una ilusión.

El Aleph: la Coleccion Que Completo la Vision

Si Ficciones es la obra maestra de Borges de invención metafísica, El Aleph (1949) es su obra maestra de resonancia emocional. La colección toma su nombre del cuento del título, que describe un punto en el espacio, ubicado en el sótano de una casa en la calle Garay en Buenos Aires, desde el cual se pueden ver simultáneamente todos los otros puntos del espacio, sin superposición ni confusión. "El Aleph" es simultáneamente una historia de amor, una sátira de la pretensión literaria y una meditación filosófica sobre el infinito y su relación con la percepción humana.

Otros cuentos de El Aleph son igualmente notables. "El Zahir" explora el poder obsesivo de un objeto, una moneda que, una vez vista, no puede olvidarse, que gradualmente desplaza todos los demás pensamientos y percepciones. "Los teólogos" es un cuento sobre dos teólogos comprometidos en una disputa teológica que dura siglos, que descubren al final que son, desde la perspectiva de Dios, una sola persona. "Emma Zunz" es quizás el cuento más convencionalmente narrativo que Borges jamás escribió: cuenta la historia de una joven que venga la muerte de su padre.

Juntos, Ficciones y El Aleph constituyen un cuerpo de ficción breve que no tiene paralelo real en ningún idioma: un conjunto de cuentos que son simultáneamente entretenimientos literarios, argumentos filosóficos, experimentos lingüísticos y meditaciones personales, todos conducidos con una precisión de prosa y un control del efecto que los hace tan satisfactorios formalmente como son estimulantes intelectualmente.

Los Años de Peron: Persecucion Politica y Resistencia Moral

Para comprender la dimensión plena de la vida de Borges, es necesario entender el contexto político en que se produjo gran parte de su obra madura. Argentina en la década de 1940 era un país en convulsión, moviéndose de los gobiernos oligárquicos conservadores de principios del siglo XX a través de un período de creciente influencia militar y movilización política populista. La figura clave en esta transformación fue Juan Domingo Perón, un coronel que había desempeñado un papel clave en el gobierno militar que tomó el poder en 1943 y que emergió como la figura política dominante en Argentina en los años que siguieron.

Borges despreció el peronismo con una exhaustividad que moldeó sus puntos de vista políticos por el resto de su vida. Sus razones eran tanto estéticas como morales. Estéticamente, encontraba el culto a la personalidad peronista vulgar, su nacionalismo cultural opresivo y su anti-intelectualismo amenazante. Moralmente, identificaba el peronismo con el fascismo: Perón había admirado la Italia de Mussolini y la España de Franco.

Cuando Perón fue elegido en 1946, el nuevo gobierno comenzó inmediatamente a ajustar cuentas con quienes se le habían opuesto. Borges había estado trabajando como bibliotecario en una biblioteca municipal desde 1937, un trabajo que, aunque modesto en pago y prestigio, le había dado tiempo para escribir. El gobierno peronista lo removió de este puesto y, en lo que claramente estaba pensado como una humillación, le ofreció un nuevo cargo: Inspector de Aves de Corral y Conejos en los mercados públicos de Buenos Aires.

El nombramiento de uno de los más grandes escritores vivos de Argentina para supervisar el examen y la certificación de pollos y conejos en puestos de mercado fue un acto de burla deliberada, una broma política a expensas de Borges. Respondió con característica dignidad y humor negro: renunció de inmediato, señalando públicamente que no estaba calificado para ser inspector de nada, y dando una conferencia, aparentemente con detectives asignados por el gobierno peronista en la audiencia, en la que expresó sus puntos de vista sin modificación.

El período peronista terminó con un golpe militar en septiembre de 1955, cuando Perón fue derrocado y exiliado. El cambio de gobierno transformó la situación de Borges de la noche a la mañana. Casi de inmediato, fue nombrado al cargo que definiría su vida pública durante los siguientes veinte años: Director de la Biblioteca Nacional de Argentina.

Director de la Biblioteca Nacional: la Cruel Ironia de la Ceguera

El 4 de octubre de 1955, apenas semanas después de la caída de Perón, Jorge Luis Borges fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Argentina. Era en muchos sentidos el nombramiento perfecto: un hombre que había pasado toda su vida adulta dentro y alrededor de las bibliotecas, que había convertido la biblioteca en el símbolo central de su imaginación literaria, que estaba más profundamente versado en los fondos de la biblioteca que quizás cualquier otra persona del país, finalmente era puesto al cargo de la institución que representaba la biblioteca.

La ironía que ha llamado la atención de todos los biógrafos y todos los lectores de Borges es que este nombramiento coincidió con la etapa final de su ceguera progresiva. Borges había heredado de su padre una condición ocular degenerativa que había ido disminuyendo su visión desde sus veintitantos años. Se había sometido a numerosas operaciones oculares a lo largo de los años, cada una proporcionando un alivio temporal pero ninguna deteniendo la degeneración subyacente. En el momento en que se convirtió en director de la Biblioteca Nacional en 1955, ya era incapaz de leer texto impreso ordinario y dependía de auxiliares para que le leyeran y de su memoria de textos que había leído en años anteriores.

Dirigió la biblioteca como un hombre ciego, moviéndose por sus pilas guiado por la memoria y la asistencia de su personal, capaz de apreciar el olor y el tacto de los libros que ya no podía ver, capaz de recordar de memoria textos que había leído décadas antes, pero incapaz de leer nuevas obras sin que alguien se las leyera. Describió esta situación en un poema, "Poema de los dones", escrito en 1958, que comienza con versos que se encuentran entre los más famosos de la poesía argentina: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche."

El poema captura con perfecta economía la paradoja de su situación: nombrado para supervisar la mayor colección de libros en Argentina, confiado con la custodia de la palabra escrita en su forma más concentrada, precisamente en el momento en que ya no podía leer. Conecta esta ironía con el hecho de que un director anterior de la biblioteca, Paul Groussac, también había sido ciego, de modo que la propia biblioteca tenía una tradición, accidental o providencial, de directores ciegos.

La ceguera cambió su producción literaria profundamente. Ya no podía escribir a mano ni a máquina; tenía que componer en su cabeza y dictar sus composiciones, o memorizar sus poemas y hacer que los transcribieran. Esto significó que la prosa extremadamente elaborada y cuidadosamente revisada de sus primeros cuentos se hizo imposible. Se dedicó, en consecuencia, a formas más compatibles con la composición de memoria: poemas breves, breves piezas en prosa y ensayos que podían mantenerse íntegros en la mente durante el proceso de composición.

El Premio Nobel Que Nunca Llego

El episodio más famoso y más debatido en la relación de Borges con el reconocimiento oficial es el Premio Nobel de Literatura que nunca le fue concedido. A lo largo de un período que abarcó más de treinta años, desde principios de los años sesenta hasta su muerte en 1986, Borges fue nominado repetidamente para el Premio Nobel y repetidamente pasado por alto. La omisión se convirtió, a los ojos de muchos críticos y lectores, en la más escandalosa en la historia del premio, más escandalosa incluso que el fracaso en otorgárselo a Tolstói, a Proust o a Henry James, porque en el caso de Borges el premio fue negado a una figura cuya influencia sobre los escritores vivos y sobre la literatura contemporánea era posiblemente mayor que la de cualquiera de sus contemporáneos que sí lo recibieron.

Las razones de la omisión no eran literarias. Las razones eran políticas, y fueron reconocidas como tales por personas cercanas a la Academia y por varios comentaristas a lo largo de los años. Las objeciones políticas específicas a Borges eran múltiples y venían de diferentes direcciones. Su anti-peronismo y anti-comunismo alienaron a la izquierda latinoamericana. Su aceptación de una medalla del dictador chileno Augusto Pinochet en 1976 y sus expresiones de apoyo al gobierno militar argentino fue anatema para la izquierda europea, que tenía una influencia significativa en las deliberaciones de la Academia Sueca.

En 1980, Borges recibió el reconocimiento de la institución literaria más prestigiosa del mundo de habla hispana: le fue otorgado el Premio Miguel de Cervantes, considerado en general el equivalente en lengua española del Premio Nobel. El premio Cervantes se otorga conjuntamente por el Ministerio de Cultura de España y las Academias de las naciones hispanohablantes a un escritor cuya obra de toda la vida ha enriquecido la tradición literaria española. El galardón de 1979, compartido con el poeta español Gerardo Diego, fue para Borges un honor significativo y apropiado.

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, aún sin el Premio Nobel. Su nombre sigue siendo el más prominente en la lista de escritores que fueron nominados para el Nobel pero nunca lo recibieron, una lista que incluye a Tolstói, Proust, James, Chéjov e Ibsen, y el fracaso en otorgárselo es ampliamente considerado un veredicto sobre la susceptibilidad de la Academia a las consideraciones políticas más que un veredicto sobre la calidad literaria de su obra.

El Realismo Magico y Borges: Una Relacion Compleja

En la imaginación popular, Borges suele asociarse con el realismo mágico, ese modo de la ficción latinoamericana en que los elementos fantásticos y sobrenaturales se incorporan a las narrativas por lo demás realistas como si fueran ocurrencias ordinarias. El realismo mágico está asociado más famosamente con Gabriel García Márquez, cuya novela Cien años de soledad (1967) es generalmente considerada su expresión suprema.

La asociación de Borges con el realismo mágico es comprensible pero también, en aspectos importantes, engañosa. Es comprensible porque la ficción de Borges claramente influyó en García Márquez y en otros practicantes del realismo mágico, y porque los elementos fantásticos en los cuentos de Borges guardan un parecido superficial con los elementos fantásticos en el realismo mágico. Pero el parecido es superficial, y el propio Borges se esforzó por distanciarse de la etiqueta del realismo mágico.

La distinción entre Borges y el realismo mágico se ve más claramente en la actitud que cada uno adopta hacia el elemento fantástico que incorpora. En el realismo mágico, lo fantástico se presenta como una cuestión de perspectiva cultural. En Borges, por el contrario, lo fantástico no se domestica ni se hace cotidiano. Sus cuentos presentan sus premisas imposibles con perfecta seriedad lógica, como si fueran genuinos rompecabezas que requieren un compromiso intelectual serio. El elemento fantástico en Borges no es la expresión de una cosmovisión cultural sino un experimento mental filosófico.

García Márquez mismo, en sus muchas entrevistas y reflexiones sobre su propia obra, reconoció a Borges como una influencia importante, particularmente en la técnica de presentar eventos fantásticos con autoridad de hechos cotidianos. El propio Borges, cuando le preguntaban sobre el realismo mágico, a veces expresaba incomodidad con el término y escepticismo sobre el movimiento que describía. Sentía que lo que se llamaba realismo mágico era a menudo una forma de nacionalismo literario que confundía proyectos literarios genuinamente diferentes.

Maria Kodama: Estudiante, Compañera, Esposa

La última gran relación de la vida de Borges, y una de las más controvertidas, fue su asociación con María Kodama. Nacida en 1937 de padre japonés y madre argentina, Kodama fue hija de un empresario que él mismo había sido un amante de la literatura y que la había introducido en la obra de Borges desde una edad temprana. Encontró a Borges personalmente por primera vez en los años sesenta, cuando asistió a una de sus conferencias públicas como mujer joven, y se convirtió, gradualmente, en uno del círculo de personas que lo asistían en su vida cotidiana y trabajo a medida que su ceguera hacía cada vez más difícil funcionar de manera independiente.

La relación entre Borges y Kodama fue compleja desde el principio, combinando lo profesional y lo personal de maneras que hacían difícil para los extraños categorizarla. Ella sirvió como su lectora y su amanuense, acompañándolo en sus muchos viajes internacionales en los últimos años de su vida, traduciendo sus conferencias y gestionando la logística de sus apariciones públicas. Aprendió inglés antiguo y nórdico antiguo, idiomas que Borges había estudiado y sobre los que había escrito con gran pasión, y su interés compartido en estas literaturas medievales se convirtió en uno de los vínculos de su relación.

El matrimonio entre Borges y Kodama tuvo lugar el 26 de abril de 1986, en Ginebra, apenas semanas antes de su muerte. Borges tenía ochenta y seis años; Kodama tenía cuarenta y ocho. El matrimonio fue ampliamente criticado, pero el propio Borges expresó genuina felicidad en la relación y su decisión de casarse con Kodama fue tomada libremente y con plena conciencia.

Muerte En Ginebra: el Regreso a la Ciudad de Su Juventud

A principios de 1986, a Borges se le diagnosticó un carcinoma hepatocelular, cáncer de hígado, y quedó claro que la enfermedad era terminal. Decidió pasar sus últimos meses en Ginebra, la ciudad donde había sido educado de niño y donde, decía, había sido feliz. La elección de Ginebra sobre Buenos Aires fue en sí misma una especie de declaración: había pasado su vida suspendido entre culturas, entre Argentina y Europa, entre el español y el inglés, y murió en la ciudad europea que asociaba con las experiencias formativas de su juventud en lugar de en la capital argentina donde había nacido.

Murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, con María Kodama a su lado. Tenía ochenta y seis años, y había pasado la mayor parte de esa larga vida leyendo, escribiendo y pensando con una intensidad y una precisión que pocos escritores han igualado. Su cuerpo fue enterrado en Ginebra, en el cementerio de Plainpalais, bajo una lápida que lleva inscripciones de dos fuentes: del poema anglosajón "La batalla de Maldon" y del Libro de los Jueces, en que Gedeón es descrito como un hombre sobre quien cayó la mano de Dios.

Laberintos: el Libro Que Trajo a Borges Al Mundo

La antología en inglés Laberintos, editada por Donald Yates y James Irby y publicada por New Directions en 1962, merece mención especial como acontecimiento cultural en sí mismo. El libro reunió cuentos de Ficciones y El Aleph junto con varios de los ensayos más importantes de El hacedor e Historia de la eternidad, y los presentó a una audiencia angloparlante por primera vez. El impacto de Laberintos en el desarrollo de la ficción en los años sesenta y en adelante es difícil de exagerar. Los novelistas y cuentistas estadounidenses que encontraron el libro hallaron en él una justificación y un precedente para los tipos de ficción que ellos mismos querían escribir: ficción que era consciente de su propia naturaleza como ficción, ficción que incorporaba temas filosóficos y metafísicos sin volverse didáctica.

En Europa, el impacto fue igualmente significativo. Italo Calvino, que pasó a escribir Si una noche de invierno un viajero y Las ciudades invisibles, dos de las novelas más borgianas en cualquier idioma, escribió extensamente sobre la importancia de Borges para su propio pensamiento sobre la ficción. Michel Foucault abrió Las palabras y las cosas con una referencia a un pasaje del ensayo de Borges "El idioma analítico de John Wilkins". Para Foucault, este pasaje era un emblema de la arbitrariedad de todos los sistemas de clasificación.

La Influencia En la Literatura Mundial: el Efecto Borges

Es difícil exagerar la influencia que Borges ha tenido en el desarrollo de la literatura mundial desde los años sesenta. Es uno de esos escritores raros, Shakespeare, Cervantes, Kafka, cuya obra ha cambiado tan a fondo lo que es posible en la literatura que los escritores que vinieron después de él no han podido trabajar en el territorio que exploró sin ser conscientes de su presencia.

Su influencia opera en varios niveles. Más directamente, influyó en escritores específicos que reconocieron haberlo leído y en quienes puede demostrarse que adoptaron sus técnicas, temas o actitudes en su propia obra. La lista de tales escritores es extraordinariamente larga y diversa: García Márquez en Colombia, Cortázar en Argentina, Vargas Llosa en Perú, Calvino en Italia, Eco en Italia, Pynchon en los Estados Unidos, DeLillo en los Estados Unidos, Rushdie en Inglaterra e India, y docenas más.

Más ampliamente, Borges influyó en el clima intelectual en que la literatura era leída y discutida en la segunda mitad del siglo XX. Los estructuralistas y posestructuralistas franceses, Foucault, Derrida, Barthes, Deleuze, leyeron a Borges y encontraron en su obra ilustraciones literarias de posiciones teóricas que ellos mismos estaban desarrollando.

Borges En la Era Digital

La llegada de Internet y la revolución digital han dado a Borges una especie de segunda vida que añade un nuevo capítulo a su legado literario. La Biblioteca de Babel se ha convertido, en la imaginación popular, en la suprema metáfora literaria para Internet: un vasto archivo de todo, que contiene dentro de su desorden las semillas del significado y la promesa del texto que lo explica todo.

El sitio web libraryofbabel.info, creado por el desarrollador de software estadounidense Jonathan Basile, es una realización digital del concepto de Borges: genera, bajo demanda, cualquier texto de una longitud especificada usando los caracteres que Borges especificó, y demuestra con inquietante literalidad las implicaciones de la premisa borgiana. El proyecto de Basile es un tributo a la precisión matemática de Borges, y la existencia de tal proyecto demuestra el grado en que la imaginación de Borges anticipó las posibilidades de la era digital.

Conclusion: el Arquitecto de Mundos Infinitos

Jorge Luis Borges murió a los ochenta y seis años en Ginebra, habiendo pasado toda su vida adulta al servicio de la literatura. Nació en una familia que le dio los regalos de dos idiomas y una biblioteca; pasó su juventud absorbiendo las tradiciones literarias de Europa y su madurez rehaciendo esas tradiciones en algo nuevo; pasó sus años posteriores al servicio de una institución estatal y bajo la limitación de la ceguera, encontrando dentro de esas limitaciones nuevas formas para su imaginación; y pasó sus últimos años en compañía de una mujer que compartía su pasión por las literaturas más antiguas de Occidente.

Lo que dejó atrás es un cuerpo de obra que perdurará mientras perdure la literatura: cuentos que son genuinamente distintos de cualquiera que hubiera existido antes de ellos, ensayos que promulgan la posibilidad de un compromiso intelectual apasionado y preciso, poemas que encuentran en la compresión del soneto y el verso libre una forma adecuada para el alcance de su percepción.

El escritor argentino que también era escritor inglés, el poeta de Buenos Aires que también era poeta de laberintos y espejos y bibliotecas infinitas, el director de la Biblioteca Nacional que no podía ver los libros a su cuidado, el escritor más célebre no celebrado del siglo XX, Jorge Luis Borges sigue siendo, décadas después de su muerte, una de las figuras esenciales de la literatura mundial, una mente cuyo alcance y precisión e inventiva aún no han sido igualados, y un cuerpo de obra cuya riqueza parece, con cada relectura, expandirse en lugar de disminuir.

Fuentes

https://www.loc.gov/item/n79007035/jorge-luis-borges-argentina-1899-1986/ https://poets.org/poet/jorge-luis-borges https://www.borges.pitt.edu https://fee.org/articles/jorge-luis-borges-the-argentine-author-who-opposed-collectivism-and-never-flinched/ https://www.countryreports.org

Borges y la Filosofia: el Pensador Literario

Una de las características más distintivas de la obra de Borges es su compromiso con la filosofía, no como filósofo profesional que trabaja dentro de una disciplina académica, sino como artista literario que usaba las ideas filosóficas como materia prima de su imaginación creativa. Estaba profundamente versado en la tradición filosófica occidental, desde los presocráticos hasta el siglo XX, y estaba igualmente bien familiarizado con las tradiciones filosóficas no occidentales, particularmente las filosofías idealistas de Berkeley y Schopenhauer y las diversas corrientes de la filosofía oriental que encontró a través de fuentes secundarias y traducciones.

Sus intereses filosóficos no eran sistemáticos: le atraían problemas específicos, argumentos específicos, pensadores específicos, en lugar de sistemas filosóficos comprehensivos. Estaba fascinado por el problema de la identidad personal: ¿qué hace que una persona sea la misma persona a lo largo del tiempo? ¿Hay un yo que persiste a través de los cambios que trae una vida? Su ensayo "Nueva refutación del tiempo" toma los argumentos de Berkeley, no hay mundo material independiente de la percepción, y de Hume, no hay yo independiente de la corriente de impresiones, y los sigue hasta sus conclusiones lógicas, llegando a la posición de que el tiempo es una ilusión generada por la memoria y la anticipación en lugar de ser una característica de la realidad objetiva. El ensayo se presenta con seriedad filosófica, completo con citas de fuentes y argumento lógico, pero termina con un movimiento que es característicamente borgiano: habiendo argumentado por la inexistencia del tiempo, el ensayo reconoce que el argumento no hace diferencia práctica alguna, porque la experiencia del tiempo es inevitable y la condición humana está definida por ella.

También estaba igualmente fascinado por los argumentos de los filósofos idealistas: la afirmación de Berkeley de que ser es ser percibido, de que el mundo material no tiene existencia independiente de las mentes que lo perciben; la afirmación de Schopenhauer de que el mundo tal como lo experimentamos es representación, un velo detrás del cual yace la cosa en sí misma, accesible solo a través de la experiencia estética o ascética; y las diversas tradiciones filosóficas hindúes y budistas que tratan el mundo fenoménico como maya, ilusión. Lo que Borges encontró emocionante en estas tradiciones no fueron sus afirmaciones metafísicas en sí mismas, no estaba comprometido con ninguna de ellas como verdades literales, sino más bien sus posibilidades literarias.

Su compromiso con la filosofía oriental fue menos profundo que su compromiso con la filosofía occidental pero igualmente genuino. Leyó extensamente en las traducciones de filosofía china disponibles en español, incluyendo textos sobre taoísmo y confucianismo. Estaba fascinado por el budismo Zen, particularmente por su uso del koan, la pregunta sin respuesta o afirmación paradójica destinada a romper con los hábitos ordinarios del pensamiento discursivo, como instrumento filosófico.

Su imaginación filosófica también estaba profundamente comprometida con las matemáticas y la lógica. Había leído en la historia y filosofía de las matemáticas, particularmente en el trabajo realizado a principios del siglo XX por Cantor, Russell y Whitehead sobre los fundamentos de las matemáticas y la teoría del infinito. La demostración de Cantor de que existen diferentes tamaños de infinito fue uno de los resultados matemáticos que más emocionó la imaginación de Borges, porque mostraba que el infinito no era una cosa única sino una jerarquía de cosas, y porque generaba el tipo de paradojas que a su ficción le encantaba explorar.

La Relacion de Borges Con el Idioma Ingles

La relación de Borges con el idioma inglés fue diferente a su relación con cualquier otro idioma: fue el primero que habitó verdaderamente, el idioma de su lectura más temprana, el idioma en que formó sus impresiones literarias más profundas. Escribió en español, el español era el idioma de su poesía, sus cuentos y sus ensayos, pero el inglés siempre estuvo presente como una especie de conciencia alternativa, un universo paralelo de lenguaje que coexistía con su yo español.

Tradujo textos en inglés al español a lo largo de su carrera, produciendo versiones en español de Whitman, Faulkner, Woolf, Hawthorne y muchos otros. Sus traducciones eran famosas por ser no meramente precisas sino genuinamente creativas: tomaba decisiones en sus versiones en español que eran defendibles por referencia al original pero que también reflejaban sus propias prioridades estéticas y sensibilidad. La versión de Borges de "Las palmeras salvajes" de Faulkner, por ejemplo, es una obra de prosa española de considerable belleza por derecho propio.

También dio conferencias en inglés, y sus conferencias en inglés, aunque gramaticalmente algo formales y anticuadas en estilo, eran notables por su fluidez y precisión. Impartió las Conferencias Charles Eliot Norton en la Universidad de Harvard en 1967-68, una serie de prestigio que anteriormente habían impartido T.S. Eliot, Igor Stravinsky y Leonard Bernstein, entre otros. Las conferencias de Harvard, publicadas más tarde como Siete noches y Esta artesanía del verso (2000), representan la meditación más extensa de Borges sobre la naturaleza de la poesía y su propia relación con la tradición literaria, y son algunas de sus obras en prosa más personales y reveladoras.

Su admiración por escritores ingleses específicos era intensa y de toda la vida. Amaba a Chesterton por su razonamiento paradójico y su seriedad moral. Amaba a De Quincey por la elaborada belleza de su prosa inglesa y sus exploraciones de la conciencia alterada por el opio. Amaba a Stevenson por la limpieza de su narrativa y la intensidad romántica de su imaginación. Amaba a Rudyard Kipling, en un momento en que Kipling era considerado vergonzoso por la opinión literaria progresista, por la precisión de su observación y el dominio formal de sus cuentos. Amaba a H.G. Wells por la imaginación científica y la voluntad de construir mundos ficticios gobernados por premisas hipotéticas y seguir sus implicaciones con total consistencia.

Las Obras Posteriores: Un Recorrido Por Su Universo Literario

Más allá de Ficciones y El Aleph, la producción publicada de Borges fue extensa y diversa. Sus obras completas, tal como se recogen en los varios volúmenes de sus Obras completas, incluyen no solo las colecciones de cuentos principales sino también las tres primeras colecciones de poesía, posteriormente revisadas, las colecciones de ensayos de los años veinte hasta los setenta, las colecciones de cuentos posteriores producidos en las décadas en que la ceguera lo obligó a cambiar su modo de composición y el trabajo colaborativo que produjo con Adolfo Bioy Casares y con su madre.

La colección El hacedor (1960) representa una transición significativa en su obra: es una colección mixta de piezas en prosa muy breves, poemas cortos y lo que podría llamarse poemas en prosa, demostrando la compresión que su ceguera exigía y las nuevas posibilidades formales que la compresión abría. Varias piezas de El hacedor se encuentran entre sus mejores obras cortas: "Borges y yo", la meditación sobre la división entre el yo privado y el público; "El hacedor", un poema en prosa sobre Homero descubriendo su vocación como poeta ciego; "Todo y nada", una meditación sobre la radical auto-borradura de Shakespeare.

El informe de Brodie (1970) representa otro cambio: después de los elaborados rompecabezas metafísicos de Ficciones y El Aleph, Borges intentó en esta colección una narrativa más directa, recurriendo a la tradición gaucha y a las convenciones de la historia de aventuras que había amado desde la infancia. Los cuentos son más cortos y más convencionalmente narrativos que su obra anterior, y los describió como un intento de escribir cuentos sencillos al modo de Kipling.

El libro de arena (1975) vuelve al modo más metafísico de Ficciones y El Aleph, con cuentos que exploran el libro infinito, el espejo que revela no un reflejo sino un mundo diferente, el disco que tiene solo un lado. Estos cuentos fueron compuestos en el período tardío de su ceguera, desde la memoria y el dictado, y tienen una calidad destilada y casi esquelética en comparación con la elaborada textura de los cuentos anteriores, pero esta destilación es un nuevo tipo de maestría en lugar de una disminución.

Su poesía, recogida en varios volúmenes desde Fervor de Buenos Aires hasta las colecciones posteriores La rosa profunda (1975) e Historia de la noche (1977) y La cifra (1981), constituye un cuerpo de obra paralelo e igualmente significativo. La poesía se movió, a lo largo de las décadas, desde la compresión imagista del período ultraísta hasta una forma más clásica: Borges regresó, en su poesía posterior, al soneto y a otras formas tradicionales, encontrando en su disciplina una estructura compatible con las demandas de la composición de memoria.

El trabajo colaborativo con Bioy Casares produjo no solo los cuentos de detectives de Bustos Domecq sino también una colección de cuentos fantásticos, Crónicas de Bustos Domecq (1967), y varios otros proyectos. Borges y Bioy Casares fueron de los amigos más cercanos en la historia literaria argentina, y su colaboración fue una genuina asociación creativa en la que cada uno sacaba en el otro algo que no habría emergido solo.

Borges y los Premios Internacionales

El Premio Formentor, también conocido como el Prix International des Editeurs, fue otorgado en 1961, y fue el acontecimiento que lanzó la reputación internacional de Borges. El compartir el premio con Samuel Beckett, una de las grandes figuras literarias del siglo XX, situó a Borges en el nivel más alto de la literatura mundial contemporánea, y los editores en Europa y América del Norte comenzaron inmediatamente a encargar traducciones.

Recibió doctorados honoríficos de Oxford, Cambridge, Harvard y muchas otras universidades. Fue condecorado con la Orden del Mérito por los gobiernos de Francia e Italia. Impartió conferencias en todos los países principales del mundo. Se convirtió, en resumen, en el primer escritor latinoamericano en lograr el tipo de celebridad literaria global que anteriormente había sido reservada para escritores de Europa y América del Norte.

En 1963, el gobierno argentino envió a Borges en una gira cultural oficial a varios países europeos y a los Estados Unidos, donde impartió conferencias en universidades y habló a audiencias ávidas por encontrar a la extraordinaria figura que habían leído. Borges demostró ser un conferenciante y sujeto de entrevistas brillante y convincente: su inglés era impecable, su humor era seco y preciso, su erudición era llevada con ligereza pero claramente inmensa, y su disposición para discutir su propia obra con genuino compromiso lo convirtieron en una presencia intelectual inusualmente satisfactoria.

El Legado Mas Amplio: Una Vida Dedicada a las Letras

Para evaluar el legado de Jorge Luis Borges es, en parte, enumerar las deudas que la literatura posterior le debe. Es el principal arquitecto de la ficción posmoderna en español y uno de sus principales arquitectos en cualquier idioma. Demostró, en un cuerpo de obra producida a lo largo de seis décadas, que el cuento podía ser el vehículo de los proyectos literarios y filosóficos más ambiciosos, que la brevedad no era enemiga de la profundidad, que la compresión podía ser una forma de generosidad en lugar de mezquindad.

También demostró, con su propio ejemplo, que la relación de un escritor con la tradición literaria no es de servilismo o rivalidad sino de conversación: que cada texto existe en diálogo con los textos que lo precedieron, que el escritor que reconoce este diálogo es más rico que más pobre por el reconocimiento, que la originalidad no consiste en ignorar la tradición sino en comprometerse con ella de maneras que producen algo genuinamente nuevo. Su "Pierre Menard" es la declaración más famosa de este principio en la ficción literaria, pero también se promulga en todo lo que escribió: los ensayos que leen a Chesterton y Wells y Kipling como si fueran colegas contemporáneos en lugar de figuras históricas, los cuentos que incorporan el cuento de detectives y la narrativa de aventuras y la entrada de enciclopedia como formas a ser simultáneamente habitadas y transformadas.

Su contribución a las posibilidades formales de la ficción en prosa es igualmente significativa. Inventó o desarrolló sustancialmente varios de los modos que se han vuelto centrales en la ficción contemporánea: el cuento que se presenta como un ensayo crítico, la entrada de enciclopedia ficticia, el engaño literario, la narrativa anidada, el cuento cuyo final revela que las premisas de la apertura eran falsas, la narrativa que se niega a elegir entre interpretaciones realistas y fantásticas de sus eventos.

Más allá de estas contribuciones técnicas específicas, Borges dio a la literatura mundial una sensibilidad: una combinación de erudición, ingenio, precisión formal, seriedad filosófica y contención emocional que se ha convertido en una opción estética reconocible, distinta de las alternativas del expresionismo lírico, el realismo social o la intimidad confesional. La sensibilidad borgiana premia la inteligencia sobre el sentimiento, la precisión sobre la abundancia, la sugerencia sobre la declaración.

También fue un lector magnífico de otros escritores, y sus escritos críticos han hecho más para moldear la recepción de ciertos autores, Chesterton, Kipling, De Quincey, Quevedo, Swedenborg, Schopenhauer, que la mayoría de los críticos académicos han conseguido. Sus ensayos sobre estos escritores no son análisis eruditos en el sentido convencional; son relatos de una poderosa imaginación comprometida con otra, de una sensibilidad que encuentra una sensibilidad afín a través del tiempo, y comunican un tipo de placer de lectura que es en sí mismo una forma de arte literario.

Jorge Luis Borges permanece, décadas después de su muerte, como una de las figuras esenciales de la literatura mundial: una mente cuyo alcance y precisión e inventiva no han sido igualados todavía, y un cuerpo de obra cuya riqueza parece, con cada relectura, expandirse en lugar de disminuir. Su vida, repleta de paradojas que habría reconocido con su característica humor seco, fue una historia auténticamente borgiana: el maestro de las bibliotecas que no podía leer, el poeta de Buenos Aires que murió en Ginebra, el escritor más influyente de su generación que nunca recibió el Nobel, el creador de mundos infinitos que vivió en el mundo finito y declinante de la ceguera y el envejecimiento. Todo ello, al final, constituye la materia de la que están hechas las leyendas literarias imperecederas.

Borges y el Cuento Policial: la Razon Como Laberinto

Aunque Borges es conocido principalmente por sus cuentos metafísicos y fantásticos, su relación con la ficción policial merece atención especial. Desde muy joven fue un admirador del género policial anglosajón, en particular de Edgar Allan Poe y de Arthur Conan Doyle, y consideraba que el cuento de detectives era una de las formas narrativas más perfectas inventadas por la literatura occidental. La razón era sencilla: el cuento policial, en su versión clásica, se construye alrededor de un problema de lógica que debe ser resuelto mediante el razonamiento, un problema en que todos los datos están disponibles para el lector pero cuya solución permanece oculta hasta el momento en que el detective la revela. Esta estructura era afín a la sensibilidad borgiana: la preferencia por el misterio intelectual sobre el misterio emocional, por la solución elegante sobre la catarsis sentimental.

En sus ensayos, Borges defendió repetidamente el cuento policial contra el desdén de los críticos literarios que lo consideraban un entretenimiento menor sin valor artístico genuino. Argumentó que el cuento policial clásico, en su exigencia de rigor lógico y economía narrativa, representaba en realidad un ideal literario más elevado que la novela psicológica o social de costumbres, en que los autores se permitían toda clase de digresiones e imprecisiones. Para Borges, Chesterton y Conan Doyle eran artistas más serios, en cierto sentido, que muchos de los novelistas realistas que los críticos admiraban.

La influencia del cuento policial en la propia ficción de Borges es profunda y visible. Muchos de sus cuentos más famosos, incluyendo "La muerte y la brújula" y "El jardín de senderos que se bifurcan", tienen estructura de cuento policial: hay un crimen o un misterio, hay pistas, hay un investigador que razona hacia una solución. Pero en los cuentos de Borges, la solución del misterio no cierra el problema sino que lo abre hacia otro nivel de significado. El detective que resuelve el crimen en "La muerte y la brújula" descubre, en el momento de la solución, que ha sido la víctima del misterio que creyó resolver. La lógica que conduce a la solución es también la lógica que conduce a la trampa; el laberinto intelectual es también el laberinto mortal.

Su colaboración con Adolfo Bioy Casares bajo el seudónimo H. Bustos Domecq produjo una serie de cuentos policiales paródicos que son a la vez un homenaje al género y una sátira de sus convenciones. El detective de estas historias, Isidro Parodi, resuelve crímenes desde la celda de una prisión, incapaz de moverse e investigar físicamente, dependiendo únicamente del testimonio verbal de los visitantes que le describen el crimen. La restricción es parodiada y a la vez llevada a su extremo lógico: si el detective clásico solo necesita su razón y las pistas que se le presentan, ¿por qué necesita salir de su silla? El detective preso es la reducción al absurdo del principio racional del género.

Los cuentos de Bustos Domecq son también sátiras de los tipos sociales argentinos: los visitantes que describen los crímenes a Parodi son una galería de personajes típicos de la Buenos Aires de mediados del siglo XX, con sus pretensiones, sus malos entendidos culturales, su jerga y sus mitologías personales. Borges y Bioy Casares usaron el marco del cuento policial para producir lo que en otras manos habría sido una novela de costumbres, una crónica social disfrazada de entretenimiento.

La Poesia de Borges: el Paralelo Olvidado

Aunque la prosa de Borges es lo que le dio fama internacional, su poesía constituye un cuerpo de obra de igual importancia e igual profundidad. Es también, quizás, la parte de su trabajo menos conocida fuera del mundo hispanohablante, en parte porque la poesía es el género más resistente a la traducción y en parte porque la narrativa breve tiene una capacidad de circulación internacional que los poemas individuales rara vez consiguen.

Los tres primeros libros de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929), muestran al poeta ultraísta aprendiendo su oficio y luego evolucionando más allá de las restricciones del movimiento. El Borges de estos primeros libros está obsesionado con Buenos Aires, con sus barrios, sus atardeceres, sus patios, sus leyendas locales. La ciudad aparece no como un espacio moderno y bullicioso sino como un espacio de memoria y nostalgia, un lugar donde el pasado está siempre presente y donde la luz del atardecer transforma lo cotidiano en algo más antiguo y más misterioso.

La vuelta al soneto en su poesía tardía fue una elección deliberada y reveladora. El soneto es la forma lírica que más exige de su practicante: catorce versos de extensión fija, con una estructura de argumento que debe desarrollarse y resolverse dentro de esos límites. Para un poeta que ya no podía leer ni revisar sus textos en el papel, el soneto ofrecía una estructura que podía mantenerse íntegra en la memoria durante la composición, y cuyas exigencias formales eran al mismo tiempo una disciplina y un apoyo. Los sonetos tardíos de Borges son algunos de los mejores en lengua española de la segunda mitad del siglo XX: técnicamente impecables, filosóficamente ricos, capaces de alcanzar en catorce versos la misma amplitud de reflexión que sus cuentos en muchas páginas.

Entre sus poemas más conocidos se encuentran "El poema de los dones", sobre la ironía de su ceguera; "Borges y yo", esa meditación de prosa poética sobre la dualidad entre el escritor privado y la figura pública; "Los espejos", sobre su horror fóbico a la imagen reflejada; "Otro poema de los dones", una lista de gratitudes que incluye desde "el hecho de que Balmes, antes de morir, meditara sobre el problema de la identidad" hasta "la amistad de una persona". Sus poemas son a menudo listas, catálogos, inventarios, formas en que la memoria puede organizar y celebrar su contenido sin pretender narrativa o argumento.

Borges y la Traduccion: el Texto Como Laberinto de Versiones

Pocos escritores han pensado tan profunda y públicamente sobre el problema de la traducción como Jorge Luis Borges. La traducción era para él no un tema secundario o técnico sino una de las cuestiones filosóficas centrales de la literatura: si el significado reside en las palabras o más allá de ellas, si una obra puede migrar de un idioma a otro sin transformarse fundamentalmente, si el original tiene una autoridad que la traducción no puede tener y, si la tiene, en qué consiste esa autoridad.

Su posición sobre la traducción era radicalmente no ortodoxa. En un famoso ensayo, "Las versiones homéricas", argumentó que no hay una versión definitiva de Homero, que cada traducción capta un aspecto del original que las otras versiones no capturan, y que la multiplicidad de traducciones es en sí misma una revelación de la riqueza inagotable del texto original. Esta posición contradice la intuición común de que hay una versión correcta del texto, la original, y que todas las traducciones son aproximaciones más o menos logradas a ese original. Para Borges, el original no es el texto supremo sino un texto entre otros, y la historia de sus traducciones forma parte de su significado.

Esta posición está relacionada con su concepción general de la lectura. Si el significado de un texto es siempre en parte el significado que el lector produce en su encuentro con el texto, entonces no hay versión del texto que sea absolutamente privilegiada sobre las demás. La Odisea que leyó Borges en la traducción de Andrew Lang es una versión diferente de la que leyó en la versión de Pope, pero no necesariamente inferior: cada versión revela algo que la otra oculta, y el lector que conoce múltiples versiones tiene acceso a un texto más rico que el que solo conoce una.

Sus propias traducciones al español de autores ingleses, incluyendo Virginia Woolf, William Faulkner, Franz Kafka y muchos otros, son ejemplos de traducción creativa en el mejor sentido: no meramente fieles a las palabras del original sino al espíritu y la sensibilidad, tomando libertades que un traductor más deferente no se permitiría pero que resultan en textos que funcionan con fuerza propia en español.

La Dimension Autobiografica En la Obra de Borges

Una paradoja interesante en la obra de Borges es que, siendo una obra de elaborada artificio y complejidad filosófica, está profundamente enraizada en la experiencia autobiográfica. Las referencias a Buenos Aires y al barrio de Palermo, a sus ancestros militares y a las calles de la ciudad que conoció de niño, a la biblioteca paterna y a los libros que marcaron su formación, son constantes en su obra. Más que eso: la experiencia biográfica de la ceguera, del miedo a los espejos, de la relación conflictiva con la identidad propia, de la admiración por los guerreros y la conciencia de no ser uno, deja rastros reconocibles en sus textos.

El cuento "El sur", que narra la historia de Juan Dahlmann, un hombre con doble ascendencia argentina y alemana que trabaja en una biblioteca y que casi muere después de golpearse la cabeza contra una ventana, es evidentemente autobiográfico en su punto de partida. La herida de la cabeza que sufrió Borges en 1938 es la herida de Dahlmann; la biblioteca es la de Borges; la doble ascendencia es la de Borges. Pero el cuento transforma estos materiales autobiográficos en algo que trasciende la anécdota personal: la experiencia casi mortal se convierte en el umbral de una visión alternativa de la existencia, y la ambigüedad del final, en que no queda claro si el protagonista está vivo o muere soñando una muerte heroica, refleja la ambigüedad que Borges sentía entre su vida real de lector y escritor y la vida mítica de acción que sus ancestros habían vivido.

"Emma Zunz", uno de sus cuentos más directamente narrativos, fue inspirado según se cuenta por una historia real que le contó una amiga. "La muerte y la brújula" incorpora elementos de la geografía de Buenos Aires y de la vida del detective en esa ciudad. Sus poemas sobre la ceguera son, por supuesto, directamente autobiográficos en su materia. Y el ensayo "Borges y yo" es, en su brevedad y su precisión, uno de los más honestos documentos sobre la experiencia de ser un escritor famoso que jamás se hayan escrito: la distancia entre el yo privado que lee y piensa y el yo público que firma libros y recibe premios, la sensación de ser desplazado por la propia reputación.

Esta dimensión autobiográfica no disminuye la complejidad filosófica de la obra: la refuerza, dándole el peso de la experiencia vivida. Los laberintos de Borges no son solo construcciones intelectuales; son también los laberintos de una vida específica, de una conciencia específica que navegó el mundo con las herramientas particulares que le habían dado su herencia, su educación y su temperamento.

Borges Frente a Sus Criticos

La recepción crítica de la obra de Borges ha sido amplia y diversa, abarcando desde la admiración entusiasta hasta la resistencia sistemática. Algunos de los más grandes escritores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX reconocieron su deuda con él mientras también expresaban sus reservas. Julio Cortázar, que fue quizás su sucesor más directo en el cuento fantástico latinoamericano, admitió haber aprendido enormemente de Borges mientras también construía una obra más explícitamente política y emocionalmente cargada. Gabriel García Márquez, que frecuentemente fue descrito como el heredero de Borges en la narrativa latinoamericana, reconoció la influencia mientras insistía en que su proyecto era diferente: enraizado en una geografía específica, en una historia específica, en una comunidad específica, en lugar de en el espacio abstracto del intelecto puro.

Las críticas más sistemáticas a Borges vinieron de la izquierda literaria latinoamericana, que lo acusó de esteticismo escapista, de preferir los juegos de ideas a la representación de la realidad social, de ignorar las condiciones materiales de la vida latinoamericana en favor de un cosmopolitismo de biblioteca. Este debate entre el compromiso político y la autonomía estética en la literatura latinoamericana tuvo a Borges y sus obras como uno de sus principales puntos de referencia, y la acusación de evasión sigue siendo parte del debate sobre su legado.

También hubo críticos literarios que, desde una perspectiva más formal, cuestionaron la profundidad de sus historias: argumentaron que su filosofía era amateur, que sus juegos con el tiempo y el infinito eran ingeniosos pero no rigurosos, que el efecto de sus cuentos dependía más de la ilusión intelectual que del argumento genuino. A estas críticas, Borges habría respondido quizás que no pretendía ser filósofo sino literato, y que la ilusión intelectual era, en manos de un artista, un fin legítimo en sí mismo.

Lo que permanece indiscutible, más allá de todos los debates críticos, es el hecho de que ningún escritor en lengua española del siglo XX ha generado más atención crítica sostenida, más traducciones, más estudios académicos, más discusión viva entre lectores de todo tipo que Jorge Luis Borges. Esa atención sostenida es la medida más fiable del valor de una obra literaria, y por esa medida la obra de Borges es, sin lugar a dudas, una de las más importantes que se han producido en cualquier idioma en el siglo pasado.

Fuentes: loc.gov, poets.org, borges.pitt.edu, fee.org, thedial.world, farmerofthoughts.co.uk

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