
Armenia: El Primer Reino Cristiano del Mundo y Una de las Civilizaciones Más Antiguas y Subestimadas del Planeta
Hay lugares en este mundo que llevan el peso de siglos sobre sus espaldas de piedra volcánica, lugares donde cada monasterio tallado en roca, cada khachkar labrado con infinita paciencia, cada melodía de duduk que se eleva en la madrugada fría de las montañas, cuenta una historia de supervivencia extraordinaria. Armenia es uno de esos lugares. Pequeña en extensión pero colosal en historia, esta nación enclavada en el corazón del Cáucaso Sur ha sobrevivido imperios, genocidios, terremotos devastadores y guerras recientes para emerger como uno de los destinos de viaje más fascinantes, más emocionalmente resonantes y más genuinamente únicos del mundo.
Armenia no es un destino para el turismo superficial. No es un lugar donde uno llegue, tome fotografías de monumentos iluminados y se marche satisfecho al día siguiente. Armenia exige del viajero algo más profundo: exige atención, exige que uno se detenga ante un monasterio de diez siglos y se pregunte cómo sobrevivió, exige que uno comprenda el peso del Genocidio Armenio de 1915 antes de caminar por Tsitsernakaberd, exige que uno escuche el llanto melancólico del duduk sin intentar apagarlo con conversaciones triviales. Los viajeros que llegan así, con esa disposición a recibir todo lo que Armenia tiene que dar, se marchan transformados.
El primer hecho que todo visitante debe conocer antes de poner un pie en el aeropuerto de Zvarnots es que Armenia fue el primer estado del mundo en adoptar el Cristianismo como religión oficial del Estado, en el año 301 de nuestra era. No fue Constantinopla, no fue Roma, no fue ninguna de las grandes potencias imperiales de la antigüedad. Fue Armenia, un reino montañoso del Cáucaso, once años antes de que el Edicto de Milán tolerara el Cristianismo en el Imperio Romano. Este acto fundacional, protagonizado por el rey Tirídates III y por san Gregorio el Iluminador, define la identidad armenia hasta el día de hoy y explica por qué este pequeño país alberga una densidad de monasterios, catedrales e iglesias que haría enrojecer de envidia a naciones diez veces más grandes.
El segundo hecho esencial es el del Monte Ararat. Cualquier armenio, en cualquier rincón del mundo, lleva en el corazón la imagen de ese volcán majestuoso de 5,165 metros que se levanta sobre las llanuras al suroeste de Ereván con una dignidad sobrecogedora. El Ararat es el símbolo nacional de Armenia, aparece en el escudo de armas del país, y sin embargo, cruelmente, geográficamente, el Ararat no pertenece a Armenia. Pertenece a Turquía, consecuencia directa del Tratado de Kars de 1921 y del genocidio armenio que reconfiguró las fronteras de toda la región. Cuando un viajero se levanta temprano en Ereván, en un día claro de primavera u otoño, y ve ese volcán nevado flotando sobre el horizonte como un sueño, está mirando la patria perdida, el corazón geográfico de una Armenia histórica que ya no existe en sus fronteras originales. Pocas vistas en el mundo contienen tanto dolor y tanta belleza simultáneamente.
El tercer hecho fundamental es la diáspora. En el mundo existen aproximadamente siete millones de armenios fuera de Armenia, una nación dispersa por los continentes que supera en número a los aproximadamente tres millones que viven dentro del país. Esta diáspora se concentra en Los Ángeles, París, Beirut, Buenos Aires, Moscú, Sídney, y docenas de otras ciudades. Es el resultado directo del genocidio, de las deportaciones masivas, de un siglo de expulsiones y persecuciones. La diáspora armenia mantiene viva la cultura, el idioma, la memoria colectiva. Cuando uno visita el barrio armenio de Los Ángeles en California, o el barrio armenio de Bourj Hammoud en Beirut, está viendo el resultado de una tragedia que empezó en Anatolia a principios del siglo XX. Para entender Armenia completamente, hay que entender que Armenia no cabe sólo dentro de sus fronteras actuales.
Ereván, la capital, merece una mención especial en esta introducción. Con más de tres mil años de historia continua como asentamiento humano, es una de las ciudades habitadas de forma ininterrumpida más antiguas del mundo. La Fortaleza Erebuni, construida en el año 782 antes de nuestra era por el rey urartiano Argishti I, dio su nombre a la ciudad que eventualmente se convertiría en Ereván. Pero la ciudad no vive sólo de su historia antigua. Ereván es también la Ciudad Rosa, apelativo que proviene de los edificios construidos con tuff volcánico, esa piedra de origen volcánico que en Armenia aparece en tonos que van del rosa cálido al beige dorado y al gris perla, y que da a la capital un aspecto visual único y elegante. Ereván es una ciudad moderna, llena de cafés, restaurantes y vida nocturna, pero con un corazón antiguo latiendo bajo sus amplias avenidas soviéticas y su arquitectura neoclásica.
Y luego está el vino. En el año 2007, arqueólogos que trabajaban en la Cueva Areni-1, en el sur de Armenia, descubrieron lo que se considera la bodega de vino más antigua del mundo: instalaciones de vinificación con más de 6,100 años de antigüedad, que incluían prensas de uva, tinajas de fermentación, tazas para beber y restos de semillas de uva Vitis vinifera. Armenia no sólo es posiblemente el lugar donde el vino fue inventado, o al menos uno de los primeros lugares donde se elaboró de forma sistemática, sino que sigue produciendo vinos de calidad notable en las mismas regiones donde se hizo ese descubrimiento arqueológico. El Areni negro, la variedad de uva autóctona de Armenia, produce tintos de carácter único que han comenzado a atraer la atención de los amantes del vino de todo el mundo.
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